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Valentina Quintero

El dilema de Morrocoy

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En Venezuela –aunque cueste creerlo– fuimos pioneros en la protección de la naturaleza. El primer Ministerio del Ambiente creado en Latinoamérica fue el nuestro, en 1977. Cuatro años antes se le dio forma al Instituto Nacional de Parques. Fue también en la década de los setenta cuando fueron decretados casi todos los parques nacionales, durante el primer gobierno de Carlos Andrés Pérez. Uno de ellos fue el Parque Nacional Morrocoy.

Somos tan conservacionistas en el papel, que 46% del territorio venezolano está resguardado por alguna figura que lo protege, ya sean parques nacionales, áreas de protección o zonas de reserva. Poseemos –por decreto y en Gaceta Oficial– 43 parques nacionales y 21 monumentos naturales. Entre ambos abarcan 16% de Venezuela. El promedio mundial de áreas protegidas en los países es de 5%. Ya en 1937, a un año apenas de salir de la feroz dictadura de Juan Vicente Gómez, decretamos nuestro primer Parque Nacional, el Henry Pittier, en el estado Aragua. Todos lo gozamos cuando vamos a darnos un buen baño de mar, ya sea en Ocumare de la Costa o en Choroní. Sus límites fueron ampliados en 1974.

Pero volvamos a Morrocoy. Su plan de ordenamiento y reglamento de uso está divinamente bien explicado en el decreto 675 del 10 de mayo de 1995, firmado por el entonces presidente de la república, Rafael Caldera. No pudo hacerlo CAP porque lo sacaron de la presidencia y Ramón J. Velásquez prefirió que fuera su sucesor quien se ocupara. Es justo recordar que fue CAP quien ordenó acabar con los palafitos en Morrocoy. Muchos pensaron que no se atrevería, porque se tocaban intereses importantes y familias pudientes. Pero no le tembló el pulso. Privó salvar la naturaleza. En dos ocasiones se hicieron nuevos planes de uso de Morrocoy, para adaptarlos a las necesidades y crecimiento de la población. Jamás fueron firmados por los presidentes de turno ni se publicaron en Gaceta. Eso significa que el único plan vigente es el de 1995. Entre otras menudencias indica que no está permitido que haya más de 300 personas en ningún área del parque, están prohibidos los equipos de sonido, ninguna embarcación puede medir más de lo que mide un peñero, los límites de velocidad son estrictos y las nuevas construcciones están radicalmente prohibidas. Es un reglamento que privilegia la conservación de los recursos naturales, como debe ser si se trata de un parque nacional.

 

Hablan los dolientes. Bertha Paula García es la dueña de la posada El Solar de la Luna, por los predios de Buena Vista, muy cerca de Sanare. Tiene más de 20 años en Morrocoy, primero como visitante y luego como posadera.

Le resulta inexplicable el tamaño de las embarcaciones, la velocidad a la cual se desplazan, la basura que dejan los visitantes en todas partes, los equipos de sonido, las rumbas que se arman en Los Juanes o en cualquier otro cayo. Enrique Hernández, dueño de la posada Los Cocos, cuenta que crearon un grupo de vigilantes del parque para controlar algunos de los desmanes.

Pusieron una garita de vigilancia en la entrada a las marinas. Declara con asombro que la visita no entiende que está en un parque nacional y no en playa Pantaleta en La Guaira. A estos sitios se viene a convivir con la naturaleza, a escuchar el mar, el viento, los pájaros. En temporada alta una familia puede quedarse varada en la vía a Las Luisas durante tres horas y verse obligada a devolverse sin ir a la playa. Nos escribía un viajero a quien le sucedió en diciembre. Le creemos.

En esa carreterita angosta han permitido que monten todo tipo de negocios, ventas de cocadas, hielo, refrescos, cavas y trajes de baño. Pero nadie tiene estacionamiento. Es un caos fatídico. A los cayos llegan muchedumbres. No se controla la capacidad de carga porque no está definida. Las lanchitas que venden cocadas, daikiris y jugos andan con plantas en la embarcación y ofrecen licor bajo la mirada complaciente de Inparques.

Si se acercan a La Cuevita verán el tamaño de los yates. Cuando anclan en cualquiera de los cayos no tienen el menor pudor en hacerlo en los corales. Y encima lanzan las deposiciones humanas al mar porque no hay marina que ofrezca el servicio de descarga de estos desechos.

La inseguridad se apoderó de Morrocoy. Las posadas dejaron de ser áreas abiertas y felices para convertirse en una especie de bunkers cuya oferta en sus páginas es decir que tienen cámaras de seguridad, rejas, vigilancia privada y cerco eléctrico. Los asaltos de comandos fueron numerosos, espantaron a muchos y obligaron a hacer grandes inversiones en este sentido. El día que llegamos a Morrocoy en la segunda quincena de diciembre pasado, rescatamos a una familia que habían lanzado en Mallorquina a las 5:00 de la tarde después de robarles su lancha en playa Country, en cayo Sombrero. De inmediato avisamos a la Guardia Nacional, se movilizaron y rescataron la lancha, pero no las pertenencias. Supimos que a fines de año detuvieron a los culpables. Pero este tipo de asaltos es frecuente. Siempre con armas.

 

¿Quién son los responsables? Hay una responsabilidad compartida. El Instituto Nacional de Parques está en la obligación de aplicar el reglamento. Si el de 1995 resulta excesivamente draconiano, o está desfasado de la realidad, tienen que hacer uno nuevo. El Ministerio del Ambiente debe velar por la salud del Parque Nacional Morrocoy. Es su competencia directa. Es poco lo que puede resolver el Ministerio de Turismo en este sentido, le toca presionar a Ambiente y lo hace sin mayores resultados. Si los sucesivos gobiernos se tomaran en serio convertir el país en una potencia turística, probablemente verían la conveniencia de adscribir Inparques al Ministerio de Turismo. Si vamos a ser un destino de naturaleza –que es nuestra innegable fortaleza– sería este ministerio el mayor doliente de mantener los parques en óptimas condiciones.

Los más grandes beneficiarios del parque son quienes prestan servicio: hoteles, marinas, posaderos, restaurantes, lancheros, concesionarios de kioscos, dueños de embarcaciones. El día que la contaminación y la anarquía obliguen a cerrar el Parque Nacional Morrocoy todos tendrán que cerrar su negocio, morirse de mengua o irse bien largo a la porra. Los visitantes son responsables de su comportamiento. Nadie sensible puede maltratar un paisaje tan generoso. Una playa que se presenta frágil y franca, con sus aguas transparentes y su arena blanca, montones de palmeras para que no se achicharren el cuero, temperatura ideal para que naden por horas, sol radiante y brisa cuando hace falta. Morrocoy sólo puede generar sentimientos amorosos. Ganas de cuidarlo. De oírlo. De sentirlo. ¿Por qué quiere alguien escuchar un reguetón en lugar de las olas? Y suponiendo que así sea, escúchenlo solitos con unos audífonos y dejen que el resto de la visita se dedique a la contemplación y el silencio.

Tiene que haber un acuerdo responsable de todas las partes para salvar Morrocoy. Los dueños de apartamentos deben velar porque sus edificios mantengan al día las plantas de tratamiento. Los dueños de lanchas deben bajar la velocidad. La visita debe regresar la basura a tierra firme. Cada quien que cumpla con su parte. El nuevo reglamento debe estar visible, ser conocido por todos y hacer que se cumpla. Vamos a ser cónsonos con nuestras leyes ambientales, con un país que tiene más territorio protegido que ningún otro en el mundo.