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Jorge Castañeda

Se los dije

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Lo único más odioso que alguien que dice “se los dije” es la falsa modestia de alguien que dice “todos nos equivocamos”, cuando no es el caso. Se los dije desde el verano del año pasado: Donald Trump iba a ser el candidato del Partido Republicano a la presidencia de Estados Unidos. Y así fue.

Con el resultado de Indiana y el retiro del senador Cruz de la contienda, ya no hay obstáculos para Trump en su camino a la postulación en la ciudad de Cleveland durante el mes de julio. Es el candidato, y va a ser un contendiente vigoroso, potente y con posibilidades reales de ganar. Ahora vamos a empezar de nuevo con la cantaleta de que no es posible que llegue a la Casa Blanca, que es un payaso, un ignorante, un deslenguado, etcétera. Ya veremos si todo esto sirve para impedir que pase a ser el presidente número 45 de Estados Unidos.

Las razones de su posible victoria en noviembre, o en todo caso, de su elevada competitividad como candidato, revisten 3 características. En primer lugar, que su electorado, de acuerdo con las encuestas de salida de las primarias republicanas, y del análisis al respecto que hizo la revista británica The Economist hace un par de semanas, reproduce casi de manera idéntica los rasgos principales del electorado republicano tradicional: la tercera parte gana menos de 50.000 dólares al año, otro tercio entre 50.000 y 100.000 y otro tercio más de 100.000; y por nivel educativo, los votantes de Trump se reparten también de manera equilibrada. Esto significa, entre otras cosas, que no es el candidato de los blancos, pobres, desempleados y apenas con una educación de preparatoria.

En segundo lugar, que Trump ha despertado una pasión entre sus seguidores que no ha provocado nadie en el ámbito republicano desde hace muchos años. Esto hace posible que la participación republicana en noviembre sea más elevada que de costumbre, neutralizando de ese modo, en su caso, la debilidad de Trump entre tres segmentos electorales decisivos: las mujeres, los afroamericanos y los latinos.

La tercera razón es Hillary Clinton, o la mandíbula de cristal. Simplemente no conecta, ni con el tradicional electorado demócrata, blanco, y no está claro que movilice a los afroamericanos y los latinos con la intensidad necesaria para garantizar una participación elevada. De nada sirve que obtenga 90% del voto negro, o 70% del voto latino, si votan pocos negros y pocos latinos. Pero sobre todo, como se vio también en Indiana antenoche, con demasiada frecuencia alguien le mete un gancho izquierdo a la quijada y se cae: si Sanders le ha colocado varios de estos, Trump le va a colocar muchos más, aun cuando ella no fuera imputada como resultado de la investigación en curso del FBI, a propósito de sus correos electrónicos.

Ojalá ahora sí las élites mexicanas, empresariales, políticas, intelectuales y diplomáticas despierten. Abandonen la política del avestruz, y entiendan que el país enfrenta un muy serio peligro de aquí a noviembre, y tal vez a partir de enero. Se los dije.