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César Pérez Vivas

La dignidad de un pueblo

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El Táchira está herido en su dignidad. Somos un pueblo pacífico, familiar, trabajador, con un gran sentido de pertenencia a la tierra, sencillo y religioso. Ha sido y es un pueblo orgulloso de su tradición, de su entorno natural y de su forma de ser, ello le ha fraguado una elevada valoración como sociedad, una autoestima significativa.

Ha sido también, el nuestro, un pueblo rebelde. Su apego a la paz y sana convivencia, no quiere decir que soporte hasta el infinito las injusticias y los atropellos. Soporta por mucho tiempo las iniquidades, pero llega un momento en el cual revienta su malestar. Así ha sido a lo largo de la historia.

Rechazando los abusos de los representantes de la corona, con el estanco del tabaco, el Táchira primigenio, marcó huella con la Revolución Comunera de La Grita, produciendo una protesta sin precedentes en aquellos tiempos coloniales. 

Obstinados del yugo colonial, se levantaron para apoyar a Bolívar en la Campaña Admirable de 1813. 

Desesperados por el aislamiento y el desprecio caraqueño a la región, se alzaron con Cipriano Castro a la cabeza, dando nacimiento a la Revolución Liberal Restauradora de 1899.

Ahora, hartos de la humillación y el desprecio que nos ha impuesto el socialismo del siglo XXI, se ha producido todo un estallido social en nuestra región.

No otra cosa ha ocurrido en este febrero de 2014, en tierra tachirense, un estallido social, una verdadera rebelión popular que cubre todos los sectores sociales del centro neurálgico del Táchira.

Han sido quince años de paciente espera. De justos reclamos hechos por el pueblo de manera directa, o formulados a través de las diversas organizaciones, sociales, sindicales, gremiales, económicas, o políticas.

El Táchira ha reclamado la marginación de que ha sido objeto en la época de mayor bonanza petrolera de la historia. No tuvimos en todo este periodo de hegemonía socialista, ninguna inversión significativa que mostrara  un avance en su infraestructura física y social. Tal cual paño de agua tibia para hacer propaganda. 

A la par que se nos marginaba como pueblo, en las posibilidades de desarrollo, los gobernantes rojos se dedicaron a implantar un paquete “socialista” de restricciones al quehacer diario del tachirense; y a insultar de manera permanente su dignidad humana.

De modo que no solo han sido las múltiples restricciones materiales a que se nos ha sometido, sino la forma humillante y despectiva como se ha tratado a nuestro pueblo, lo que ha producido este estallido.
En efecto, somos el único estado de Venezuela al que se le implantó un sistema discriminatorio de racionamiento y acceso al combustible. Vivir en Táchira significa hacer una larga cola cada vez que requieres gasolina, y aceptar el pequeño cupo que se nos ha asignado. El gobierno lo justifica por la salida del mismo a la vecina Colombia. Pero cabe preguntarse, es solo por la frontera tachirense que se está extrayendo el combustible? Sabemos que por la frontera norte y oriental, vale decir por la frontera marítima del país, se extrae tanto o más combustible del que sale por la nuestra. Porque no se ha aplicado la misma política de racionamiento al resto del país?

Este razonamiento se lo hace a diario nuestro pueblo, quien internaliza de inmediato, que dicha política es una retaliación y una discriminación contra el Táchira.

El modelo de estatización de la economía ha producido efectos demoledores en nuestra gente. Ha caído el empleo de calidad y ha disminuido la oferta de bienes. La más afectada es la actividad agropecuaria. Las invasiones y confiscaciones de unidades de producción agrícola y pecuaria, han generado desmoralización e irritación en nuestros productores del campo. La falta sistemática de insumos para la actividad productiva, luego de la confiscación de Agro isleña, se ha convertido un problema crónico del sector.

A todo ello se suma la política de racionamiento de alimentos y otros bienes que el gobierno nacional le ha impuesto al pueblo tachirense.

Con la excusa del contrabando de extracción, y buscando tapar los niveles de desabastecimiento creciente, existentes en el resto del país; el gobierno le impuso al Táchira, desde hace unos cinco años, un programa de racionamiento, controlando a través de las guías de movilización de productos, y de las alcabalas de la GN en la frontera del Táchira con Barinas y Mérida, la entrada de productos a la región.

Dicha política, igualmente discriminatoria, manejada por el gobierno nacional, limitó la entrada de alimentos y otros bienes al Táchira, como si se tratase de una nación extranjera.

Durante largo tiempo, el Táchira vivió primero que el resto de los venezolanos, la escasez de alimentos básicos y de otros bienes. Nuestra gente gastaba parte del día en recorrer establecimientos comerciales de todo tipo, para abastecerse. Las colas para hacer las compras se hicieron recurrentes.

A tales condiciones, se les sumó el discurso oficialista de ofensa a los ciudadanos.

A diario, los voceros de la cúpula roja, no se ahorran adjetivos para descalificar a nuestra gente. Contrabandistas, fascistas, paracos, apátridas y otros más, forman parte del elenco de expresiones ofensivas que se le rezan a nuestra gente.

Todo ese conjunto de elementos ha tocado muy hondo el sentimiento de un pueblo. Todo ello ha lesionado profundamente su dignidad. Todo ello explica su malestar y su protesta generalizada. Todo ello ha producido este estallido.

En ese marco, se presenta la protesta de los estudiantes, reprimida con saña por el capitán Vielma. Esa fue la chispa que encendió la pradera. La cúpula roja definitivamente no entiende la dignidad de un pueblo que vuelve a expresarse, esta vez a través de una protesta generalizada. La cúpula roja no quiere oír los justos reclamos del Táchira.