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Orlando Luis Pardo Lazo

¿Una dictadura igualita a la cubana?

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Hay sociedades que nunca se recuperan del totalitarismo. Quedan arrasadas antropológicamente, aunque terminen siendo países del Primer Mundo, tras una transición más o menos traumática de la dictadura a la democracia.

Se les muere la fe en sí mismas en tanto sociedad. Se siembra una soledad desolada en el alma de sus ciudadanos sobrevivientes, hayan sido víctimas o verdugos. Se les enferma toda esperanza. Hasta Dios termina siendo sospechoso de tanta debacle de lesa divinidad. Huyen de su pasado como de la peste. La palabra nunca recupera su brillo de cosa humana y queda devaluada, como un puente permanentemente en peligro de colapso. Dejan de ser una sociedad para convertirse en algo muchos más silente y siniestro. Ese, el trascendente triunfo de los totalitarismos: una vez instaurados, son irreversibles a perpetuidad.

Eso ocurrió en mi patria, Cuba, aunque casi ningún cubano sea capaz de reconocerlo, acaso para esquivar su cuota de culpa.

Eso está ocurriendo en tu patria ahora, Venezuela, y medio mundo parece aceptarlo con una complicidad criminal.

Cuando la maquinaria del Estado se asume portadora de un dogma que hay que imponer a cualquier precio —sea Mahoma o Marx—, cuando el gobierno secuestra los resortes de equilibrio que van resolviéndose y evolucionando dentro de una sociedad moderna, cuando el individuo vale menos que la masa amorfa, cuando la vida toda deviene en un teatro vodevil donde los aparatos de inteligencia van manipulando su guión de marionetas y muertos, entonces el daño civilizatorio termina siendo constitucional. Genético, generación tras generación. El ser humano es aniquilado de un balazo en la cabeza, o condenado a décadas de cárcel o a un exilio perpetuo.

El despotismo paternalista es así de simple, medio infame y medio infantil en su simpleza radical. Como el niño que abre a sangre fría las entrañas de una lombriz o de una lagartija que atrapó en el jardín. Infancia fascistoide, edén de todos los extremismos —y exterminios.

Hay algo casi santificable en estos asesinos en serie a nombre del socialismo y únicamente del socialismo, vengan del siglo XXI o de la antigüedad: no hay un totalitarismo que no haya justificado sus genocidios en el sagrado nombre de un Bien social, con o sin Dios metido en esta ecuación de cadáveres sobre cadáveres sobre cadáveres. Geología grosera.

El que se cansa (de matar), pierde. Esta es la lógica sin límites de las mafias de Estado, sean mahometanas o marxistas.

Y eso ocurrió en mi patria, Cuba, que en unos meses pagó con miles de muertos —y con un exilio de millones— la belleza bárbara de una revolución que fue aplaudida por toda Latinoamérica.

Y eso está ocurriendo en tu patria ahora, Venezuela, que por desgracia aplaudiste el festín fidelista de los muertos anónimos de Cuba, los que medio siglo atrás se murieron en las montañas o en el patíbulo también por ti, intentando —incluso con el magnicidio de la comandantada en jefe— evitarte esta masacre que hoy sigue emocionando a la izquierda inicua internacional.

Ninguna dictadura es igualita a la cubana. Sólo el castrismo es igualito a todas las dictaduras.