• Caracas (Venezuela)

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Alexander Cambero

La dictadura analfabeta

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El régimen sabe resistir las crisis. Siempre consigue un salvavidas que lo hace maniobrar sobre las tempestuosas aguas. El diálogo es su carta maestra para desactivar la calle y lograr lavar su imagen sangrienta ante la atónita comunidad internacional. Una habilidad que aprendió de manos de Cuba, la vieja instructora de la estrategia que teje con hilos de tarántula. El debate es más un ‘show’ propagandístico que una rectificación; es el mismo libreto de los acuerdos del 2003, que terminaron en una frustración que todavía atormenta a nuestra sociedad.

La dictadura corroe la poca democracia que nos queda. Para regímenes tiránicos silenciar la voz disidente es un recurso de quienes buscan la perpetuidad de en el poder. La morbosidad de sus actuaciones siempre encuentra un obstáculo en las leyes de la república. Con astucia la burlan hasta desacreditada bajo el estruendo de la represión, que va convirtiendo la vida en un festín de horrores. La Constitución se convierte entonces en un instrumento inútil. Un zurcido de párrafos emperifollados con el equilibrio jurídico, pero que no funcionan cuando gobierna la tiranía analfabeta. La Carta Magna, reducida al triste papel de testigo con la lengua trabada y las manos atadas. Cuando el totalitarismo acciona, solo entiende el lenguaje de la violencia. Estorba todo aquel que defiende principios democráticos. Solo existe la historia oficial que siembran sobre el cadáver de la libertad.

En Venezuela, la valerosa presencia estudiantil en las calles los desenmascaró, hizo que el planeta conociese la verdad de lo que ocurre en la patria ultrajada. Al quedar al descubierto como auténticos impostores, se lanzaron en contra de todo aquel que sueña con vivir en democracia. Para un proceso que duró más de una década maquillando nuestras realidades en los escenarios internacionales, es sumamente costoso dejar que se noten las costuras de una administración absolutamente paleontológica. Un espécimen de la era prehistórica, que encuentra placer haciendo daño.

Hugo Chávez se encargó de construir no solo un proyecto político de largo alcance, sino una especie de relevo generacional para la menguada imagen del totalitarismo internacional. Siempre encontró la manera de ocultar lo que acontecía en la casa. Para ello compraron gobiernos con la renta petrolera, crearon medios de comunicación mientras dinamitaban a otros. El plan siempre estuvo marcado por mantener una imagen de paz en Venezuela. Cuando se inicia esta rebelión social y caen las caretas, arden en cólera, ya que sus argumentos son aplastados por una realidad que horroriza al mundo. Es tan grave la situación que muchos de sus aliados han mantenido cierta distancia para no salir salpicados. Se han cuidado de aparecer como cómplices del gorilato.

La arremetida brutal tiene dos orientaciones. La primera es tratar de mantenerse en el poder al precio que sea, y la segunda, vengarse de aquellos que hicieron que la imagen internacional del régimen quedara deteriorada, con la correspondiente mancha imborrable en el testamento imaginario del legado de su comandante eterno. Su revolución bañada en sangre, mostrada al mundo tal como es: un proceso decadente, en donde las peores cosas suelen ocurrir…