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Pedro Llorens

El dictador fufurufo

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El Bigotón empieza sus peroratas diarias (cuando no está en La Habana entregando cuenta y cargando vergüenza) conciliador, cristiano, proclive al diálogo y al entendimiento… mientras se convierte en Corazón de Mi Patria, “¡pajarito aquí estoy!”, y se alebresta, se las da de macalacachimba y se pone fufurufo, como el “gigante”… todo un César, representación del pueblo y la voz de Dios, capaz de desafiar instituciones, códigos, normas (morales en primer lugar), con desdén absoluto hacia el resto de los mortales.
Psiquiatras de su entorno y otros del lado de afuera coincidieron en presentar a Corazón de Mi Patria como hiperquinético e imprudente, impuntual, que sobrerreaccionaba a las críticas, guardaba rencores, era políticamente astuto y manipulador y poseía un vigor físico tremendo… entre otras características que configuraban una personalidad maníaco-depresiva.  

A estos diagnósticos habrá que agregar uno (estuvo extraviado largo tiempo y reapareció en estos días como por arte de magia), enviado por el profesor de bioquímica jubilado de la UCV Carlos Augusto González, que aclara muchas cosas sobre el personaje y también sobre su discípulo Bigotón pío, pío, pío, el más fiel de todos (además favorito de los regentes cubanos). “Resulta que no padece (padecía) enfermedad bipolar y es mucho más probable que sufra (sufría) un trastorno de la personalidad que se denomina narcisismo maligno”, afirmaba el doctor González, a quien, aunque tarde, doy las gracias por su aporte.

La clínica sobre el tal narcisismo maligno aparece en numerosos trabajos recogidos en Internet con algunos de los siguientes síntomas: falta de empatía, almacenamiento de puntos débiles de otra persona para sacar máximo provecho en beneficio propio, adaptación del mundo al narcisista y a sus normas, el desenmascaramiento de algún fracaso provoca mortificación, bochorno y deseo de esconderse (algunas veces a través de la muerte), actos de crueldad, violencia con  patología grave del superyó, lo que explica la ausencia de culpa ante conductas destructivas, tendencias bordeline de gravedad extrema, que se manifiestan con irascibilidad, impulsividad, mitomanía, suspicacia y sensibilidad, ausencia de conciencia de culpa y autocrítica respecto a su conducta, presencia de vínculos inestables sin soportar otra perspectiva de la realidad que la propia, siendo esta la que rige su existencia.      

Ángel Custodio Loyola cantaba el “Pajarillo”: Vuela, vuela pajarillo / vuela si puedes volar / yo te recorté las alas para verte caminar…”.