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Leopoldo Tablante

La diáspora política

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La jurisdicción consular de Nueva Orleans, que sirve a los venezolanos dispersos en los estados de Alabama, Arkansas, Luisiana, Kentucky, Misuri, Misisipi y Tennesse, se ocupaba antes de la última elección presidencial de no más de seiscientos votantes. Si recibían doscientos, los funcionarios consulares estaban dispuestos a celebrarlo con whisky y bailongo. El cierre del consulado venezolano en Miami le añadió a la Crescent City el mayor volumen de venezolanos políticamente movilizados del mundo, gente suficiente como para armar colas de dos kilómetros: todos los que, para manifestarse contra Chávez, atravesaron la madrugada en sesenta autobuses fletados para la ocasión, o en más de siete vuelos de la campaña Aerovotar.

Desde febrero, los voluntarios del Comando Venezuela en Nueva Orleans se unieron con los organizadores de Florida para armar el templete criollo más ruidoso que haya visto esta ciudad desde que al venezolano Narciso López se le ocurriera invadir Cuba con la bandera de ese país. Más de 60 voluntarios (entre ellos quien suscribe) se ocuparon de administrar las ansiedades de un grupo que rozó las 9.000 personas. Las elecciones presidenciales congregaron en Nueva Orleans a casi la mitad de los 19.542 electores inscritos en Miami. El dato me lo dio Joe, mi jefe en el departamento de reclamos, un contador público cubano, casado con una maracucha, que llegó a Miami en 1961, cuando tenía 11 años.

Desde las 6:00 de la mañana del domingo 7 de octubre hasta el final de la jornada sólo hubo tres quejas, la primera presentada por una antigua vecina de las Quintas Aéreas de la urbanización El Paraíso, en Caracas, quien dijo vivir en Miami desde hace veinte años y haber votado en elecciones anteriores. Escéptico, Joe se olió enseguida un caso clásico de despiste. La doña, impaciente como una venezolana de estirpe, rezongó tres minutos, pero pronto se abandonó a su suerte. Su conformismo contaba con el respaldo de una multitud tan abrumadora que justificó la presencia de Mitch Landrieu, el alcalde de Nueva Orleans, quien, vestido con mono deportivo y con la ayuda de un intérprete, conversó con el cónsul de Venezuela en Nueva Orleans, Jorge Guerrero Veloz, encargado de evacuar del pabellón A del Ernest N. Morial Convention Center a los viajantes que ya habían sufragado.

Probablemente Guerrero Veloz nunca imaginó el embrollo en el que el mismo presidente Chávez lo metió con la orden de cierre del consulado en Miami. No obstante, todo discurrió de un modo relativamente normal hasta las 7:00 de la noche, cuando a los últimos votantes –un grupo compuesto por personas ancianas y discapacitadas– les fue negado el acceso al centro de votación, lo que generó un enfrentamiento verbal. El cónsul resolvió cerrar las puertas del centro electoral y no permitió el conteo público de los votos. La decisión no alteró el curso de la naturaleza: Capriles arrasó con 8.449 votos sobre los irrisorios 51 que obtuvo su rival, un mazazo antibolivariano que apenas fue un estornudo insuficiente para doblarle la tendencia a Venezuela.

Tres días más tarde, Joe me llamó para agradecerme mi trabajo de voluntario, lo mismo que hicieron el resto de los organizadores de las presidenciales de 2012. “¿Por qué, siendo cubano, viene usted de Miami para colaborar con las elecciones venezolanas?”, le pregunté, forzando los límites de la obviedad. “Porque no quiero que a Venezuela le pase lo mismo que a Cuba”, me dijo con énfasis. Es un gesto loable volar desde Miami, pagar tres noches de hotel y trabajar cerca de doce horas ininterrumpidas en unas elecciones ajenas, pienso; pienso también que esos miles de votantes motivados por el deseo de deshacerse de un presidente deplorado son la prueba viva de que la motivación de Joe es, por desgracia, un tanto anacrónica.

A pesar de que la oposición ha cobrado forma, la fractura sociopolítica venezolana sigue siendo contundente. Porque hoy las multitudes (unas más que otras) siguen rebotando entre la resaca del desengaño y las ansias de la estampida.