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Julio Bolívar

Dos días fuera de la tierra

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i.m a Inocente Carreño

 

 

La relación que tengo con la música es casi la misma que con el aire o el agua. Todos los días en las mañanas, mientras preparo el café, la escucho para salir a la calle. Es como tomar un vaso de jugo energizante. Todo depende del estado de ánimo con el que me levante. Hace unos 20 años atrás, cuando dirigía el museo de Barquisimeto, era costumbre tener en aquel extraordinario lugar festivales de música ejecutada por corales, allí también ensayaba la Orquesta Sinfónica del Estado Lara. Trabajábamos con música de fondo. Una experiencia inolvidable. Por estas fechas de junio se invocaba a san Antonio y a los tamunangueros para recibir las promesas pendientes de los creyentes del santo buscador de las cosas perdidas, o los cantos a la Cruz de mayo cuando entraban las lluvias de invierno y el Valle de las Damas reverdecía. 
Hace tres semanas atrás, me esperaba un par de días en medio de un Festival Coral de Música Sacra que se celebraría aquí en Caracas. No sé si era la música que necesitaba, pero como venían desde Margarita la Coral Inocente Carreño, que dirige mi amigo Roki Viscuña, me dije que iba a escuchar algo bien hecho. Además debo confesarlo, allí cantan mis hijos morochos, desde hace tiempo. Es un coro que viene de haber sido, de la peor manera, olvidado y suplantado de la UDO de Margarita (esas cosas de la burocracia universitaria y el poder). Pero eso es otra guitarra, como dicen en Carora. 
Estos festivales tienen un apoyo muy exiguo. Dependen de la decisión, de sus integrantes y de generosas instituciones modestas, que prestan sus espacios para que se pueda realizar. Algún museo como el de la Estampa y el Diseño, la casa de Estudios de Historia de Venezuela, que mantiene Polar, la parroquia El Buen Pastor en Bello Campo, la capilla santa Micaela en Dos Caminos y el colegio E. Friedman. 
De las diferentes estructuras de organización de música que existen, los coros son como algo menor, son los que están allá atrás en las orquestas sinfónicas. Puede que me equivoque, pero así se ven. De hecho en uno de los días del evento una de las directoras de uno de los coros, en una especie de declaración pública, solicitó, antes de iniciar su perfomance, apoyo a la Escuela Superior de Música José Ángel Lamas, una de las instituciones legendarias de la formación de músicos en Venezuela. Evidencia brutal del estado de abandono en el que está este sector (salvando el sistema de orquesta que creó Abreu, que con sus artes particulares mantiene bien al sistema). La música no es solo el sistema de orquestas, son muchas otras cosas. Esta situación de las escuelas de música y las corales, que dependen más de la voluntad de personas empeñadas en mantenerlas, me recordó una frase de la poeta polaca Wislava Simborska sobre la poesía. Ella escribió en su discurso de aceptación del Nobel, en aquel texto memorable, que la poesía era la menos fotogénica de las artes. Así pasa con la música coral. Sin embargo lo que yo escuché en estos dos días, habla de un estado superior de la música y el canto. 
Trece agrupaciones corales llenaron cinco salas en varias partes de Caracas, de las 13 escuche 7. Tuve la oportunidad de conocer a algunos de sus directores. Asombra conocer de corales con más de 30 años. Grupos de donde han salidos cantantes muy importantes de nuestra historia cultural. 
Fueron dos días fuera de la tierra. No tanto por la música sacra, que te lleva a niveles de sublimación, casi etérea, sino por lo que de universal tiene. Se crearon espacios instantáneos de reconciliación y gozo para encontrarnos con nuestra fe católica, pero también para escuchar los sonidos sagrados de otras creencias como una impactante canción que por cierto la ejecutó la Coral margariteña Inocente Carreño, casi impronunciable su título, Jalakamaladala de N. Wadia. Sentimos cómo la letra y el sonido, poseída por una energía y espiritualidad sobrecogedora, nos llevó al norte africano o a la India y sus comunidades nómadas, que en algún momento hemos escuchado en el cine. Aparte de otra pieza llamada Naoa ishabam, de un español desconocido para mí,  J. P. de Juan. La ejecución de estas dos piezas le agregó al evento una sensación de globalidad y tolerancia. Creo que es el Papa Francisco el que ha insistido en esto del diálogo con otras religiones. Estas dos piezas, un canto al dios musulmán, y la otra, un canto nómada berebere, surgieron de un mismo cielo y un mismo creador. Me gustó escucharlas en un espacio de formación católica como el Auditorium del colegio Emil Friedman.
En una ciudad con muchas protestas diarias, y en un país que reclama un cambio urgente, este festival agregó un grano de paz a la paz que todos buscamos. Dos tardes benditas. En la tierra como en el cielo.