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Alexander Cambero

Los días finales de Nicolás Maduro

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Para este proceso caudillista el poder viene siendo su esencia; carecen de ideas para construir una nación sólida en sus perspectivas económicas; su interés es perpetuarse en el solio presidencial para obtener fortunas que transformen sus historias. Las revoluciones tienen un componente que las vinculan con los errores clásicos de los que se creyeron perpetuos, se imaginaron que la órbita universal gira en torno a sus locuras, ese craso error hace que en la medida que el tiempo ejerce presión, las mismas se derrumban como castillo de naipes. Van muriendo las grandes ilusiones, mientras sus banderas quedan congeladas. Los ejemplos universales atiborran páginas enteras de episodios que son un fiel reflejo de las cosas de la contemporaneidad. Los caudillismos nacen en sociedades a las que les son fáciles, por la naturaleza de sus mismos pueblos. América tiene en sus genes la capacidad de fertilizar esos procesos torcidos; creemos en liderazgos de espantapájaros, somos hijos de leyendas que crecieron en las riberas de la venganza. Fueron los indómitos viajantes de ilusiones, quienes llenaron la canasta con las creencias en rebeliones; que se alimentaron de querer aguijonear al otro, fue sumamente fácil, entonces vender la idea de la necesidad de un semidiós que nos redimiera. Un gigante de espada redentora que colocara la cabeza de los enemigos en las estacas que antes atravesaron sus vísceras. El socialismo supo explotar este rencor incubado en la noche de los tiempos. Se alzaron por encima de la racionalidad para generar su idea primitiva y funesta. Arrasaron con las divisas con la misma diligencia con las que destrozaron las ilusiones de millones de incautos que fueron tras la celada.

En los intríngulis de estos procesos históricos, observamos cómo el trono del monarca nacional es un resbalón constante. Nicolás Maduro es un prisionero de su mediocridad, el rechazo espeluznante que posee es proporcional a la huérfana solidaridad de sus compañeros; muy pocos se ofrecen para meterle el hombro a su desastre. Sin mucho dinero que repartir, con poco seso para ingeniárselas. Solo espera que un viento huracanado del tiempo pueda ayudarlo a llegar a puerto seguro, sin embargo sus posibilidades son ínfimas. Seguramente amanecerá mirando al calendario; y ante la certeza de no haber sido traicionado, acariciará la banda presidencial, que todavía sostiene, con la debilidad propia de quien fracasó estrepitosamente. Son los momentos dolorosos cuando nadie recibe órdenes, cada quien busca saltar del barco que se aproxima al desastre. Muchos de sus compañeros tiran puentes con el futuro que se asoma; paulatinamente han ido desapareciendo los cuadros del presidente Hugo Chávez, su liderazgo intergaláctico quedó navegando como la luz deslumbrante de Alpha Centauri, suspendida en una dimensión en donde su influencia es cada vez menos decisiva. Días contados sin la opción de un más allá de posibilidades para sostenerse en el tiempo, un liderazgo que solo existe en el triste papel de quienes impusieron en los instantes cumbres de un moribundo. Una presidencia irresoluta que terminará en el basurero de la historia.

 

 

alexandercambero@hotmail.com

@alecambero