• Caracas (Venezuela)

Opinión

Al instante

Tomás Straka

Sobre diálogos y acuerdos

autro image
  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

El pasado 10 de abril los venezolanos –y por lo que sabemos, muy significativamente también los cubanos– se desvelaron siguiendo las incidencias del diálogo entre el gobierno y la oposición, transmitido en cadena nacional y por algunas emisoras internacionales, como CNN y Telesur (que fue por donde lo vieron en Cuba). Coincidimos con Ramón Guillermo Aveledo en que tanta atención revela un déficit en la democracia. Que lo cubanos, como señala Yoani Sánchez en la crónica que escribió al respecto (http://lageneraciony.com/dialogo-venezuela-desde-una-mirada-cubana/), quedaran atónitos, se puede entender. Aunque Cuba no es Corea del Norte ni la “Generación Y”, de la que ella forma parte, ha tenido que vérselas con los fusilamientos y los campos de reeducación de los primeros años de la Revolución, en la isla es perfectamente inconcebible que unos opositores critiquen al gobierno frente a sus principales figuras y que, además, lo hagan por televisión. Pero que en Venezuela sea motivo de conmoción es preocupante. “El diálogo debería ser lo normal”, ha dicho una y otra vez el líder de la Mesa de la Unidad Democrática. En efecto, la deliberación como forma de llegar a acuerdos es –o debería ser– la norma en las democracias y una en la que esto sea visto como algo excepcional tiene problemas, graves problemas. Por eso lo notable no ha de estar en las diferencias a ambas orillas del “mar de la felicidad”, sino en lo que en ellas hay de similitud.

Por cuarenta años los venezolanos tuvimos una cotidianidad definida por los acuerdos. Aunque no todas sus consecuencias resultaron positivas, al menos no a la larga, es un antecedente que es necesario recordar –y acaso reivindicar– en estos momentos en los que dialogar genera asombro y, para muchos, desconfianza. Un mes antes de la reunión televisada, el 6 de marzo, se habían cumplido cuarenta años de la firma del Convenio entre el Estado Venezolano y la Santa Sede, conocido como modus vivendi. Pero por diversas razones es un dato muy importante para entender dónde estamos parados el día de hoy. La efeméride, que en medio de las guarimbas pasó inadvertida, marca el fin amistoso de más de un siglo de conflictos, pero también el apuntalamiento de una democracia que había hecho del acuerdo entre los distintos sectores su base de sustentación. La idea de establecer diversos modus vivendi entre empresarios y obreros, los partidos opuestos, estudiantes, medios de comunicación y, a partir de marzo de 1964, la Iglesia, revelan una idea de convivencia y, hasta cierto punto, deliberación, que resultaron muy auspiciosos para un régimen que entonces terminaba su primer y tumultuoso quinquenio, el de Rómulo Betancourt, y que estaba haciendo el prodigio de entregarle el poder a otro presidente civil y electo en sufragios libres, Raúl Leoni.

Por supuesto, eran unas reglas de convivencia a la que se le pueden hacer muchas críticas, sobre todo en sus últimos años. El gobierno de Betancourt tuvo que enfrentar grandes conspiraciones y alzamientos armados, de izquierda y de derecha. En un ambiente que se aproximó a la guerra civil hubo excesos en todos los bandos que no se pueden ocultar. Pero lo importante es que para enfrentarlos –y sobre todo para evitar otro cuartelazo que diera al traste con la democracia, como en 1948– se abrió un esquema de acuerdos para garantizar el régimen de libertades cuyo primer y más famoso ejemplo, es el del Pacto de Puntofijo. Pero también hubo un pacto de avenimiento obrero-patronal y un pacto estudiantil en 1958, una Comisión de Defensa del Sistema Democrático que en 1960 integró partidos políticos, sindicatos, estudiantes y organizaciones como Pro-Venezuela, el Bloque de Prensa y Fedecámaras; el citado convenido con la Santa Sede y, finalmente, el Pacto Institucional de 1973. “Democracia pactada”, “sistema populista de conciliación de élites”, “sistema político venezolano”, “venedemocracia”, “puntofijismo”, han sido algunos de los calificativos que se han usado para definir al modelo. Algunas veces con sentido elogioso, en otras con carácter peyorativo. Aunque hay motivos para las dos actitudes, el hecho es que desde los acuerdos de 1958 los venezolanos sentamos las bases de un régimen caracterizado por la paz y el consenso, más allá de los lunares que en ambos aspectos podemos (y debemos) acusar.

Fue un sistema, como señala Diego Bautista Urbaneja, que se caracterizó por una lógica del maximin (máximo consenso, mínimo conflicto) que a la larga impidió atajar las falencias que a mediados de la década de los años ochenta del siglo pasado comenzaron a evidenciarse, y que generaron la impresión, no del todo justa pero sí muy poderosa, de que los “políticos arreglan todo entre ellos”, pensado más en su supervivencia que en el bienestar de las mayorías.   Una sucesión de escándalos de corrupción, junto con el empeoramiento de los servicios públicos y de la situación económica como parte de una crisis estructural del modelo económico, avalaron estas ideas ante los ojos de un sector mayoritario de los venezolanos que, no en vano, en la década de los años noventa se dejó seducir por la antipolítica. A esta guisa, Hugo Chávez representó la ruptura de todos estos pactos con el objeto de refundar la República sobre nuevas bases, cosa que incluía acabar con los “pactos”, ahora desvirtuados a prácticamente ser sinónimos de “cohecho”, casi agavillamiento.  Además, las revoluciones –y Chávez ofrecía una revolución– no están hechas para pactar con nadie, sino para imponer un nuevo orden, a la fuerza si es preciso.

Los eventos de 2002 fueron el final de lo que quedaba del sistema de acuerdos: empresariado, sindicatos, ejército, medios, Pdvsa, lo que quedaba de los partidos y hasta un sector de la Iglesia chocaron entre sí. El triunfo de Chávez y una facción del ejército, marcó el inicio de una nueva etapa en la que la hegemonía revolucionaria –y sobre todo la de su líder– habrían de envolverlo y dominarlo todo. No desapareció la oposición, pero a lo sumo era tolerada, como quien tolera un inconveniente que no se puede evitar. En el discurso del poder no parecía legítimo ser opositor. Apátridas, traidores, fascistas, eran los cognomentos con la que se le catalogaba (y, en realidad, aún se cataloga). Entre el referéndum de 2004 y las elecciones de 2006, la revolución tuvo una cadena de victorias que no hizo sino afianzar la tendencia.  En el marco de la creciente polarización el diálogo y el reconocimiento al otro se hizo cada vez menor en los dos bandos (aunque en esto más responsabilidad tiene, obviamente, quien detenta el poder). Hubo de esperarse el desplome económico, el crecimiento sostenido de la oposición, la muerte de Chávez y los disturbios que han hecho de Venezuela una noticia internacional para que se rescatara, como una novedad, casi como si no hubiera ocurrido nunca, la nuevas muestras de deliberación que, con avances y retrocesos ha emprendido el gobierno de Nicolás Maduro. En sí mismo, es un buen signo para quienes soñamos con mantener lo que queda de democracia y aspiramos a su expansión (y eso contempla, según las encuestas, 80% de los venezolanos, de ambos bandos), aunque habrá que ver en qué desemboca todo.

Que tengamos tantas aprehensiones y que estemos tan impresionados, como dice Aveledo, demuestra hasta qué punto se han puesto mal las cosas, sobre todo la salud de la democracia. Que por una vez “Venecuba” sirva a la democratización poniendo de evidencia los contrastes entre los dos países, remarca la dimensión de lo que está en juego en el país y en la región. Pero que, por las razones que sea, acá impacte casi tanto como allá, habla de lo mucho que hemos avanzado hacia un sistema en el que la deliberación casi no existe. Un tema urgente para la reflexión en el cincuentenario del Convenio con la Santa Sede. Hoy, como entonces, estamos en la búsqueda de un modus vivendi, de unas reglas mínimas para convivir. Hay que pujar para que sean las de la democracia y su deliberación, y no de aquellas en las que criticar puedan terminar llevándote a un paredón.

 

Coda: entre el 6 y el 8 de mayo se darán cita en la Universidad Católica Andrés Bello un conjunto de especialistas –entre ellos Germán Carrera Damas, Juan Carlos Rey, Ángel Álvarez, Naudy Suárez– para reflexionar sobre los acuerdos y la democracia en Venezuela a partir de 1958. Se trata de las decimocuartas jornadas de historia que organiza la universidad. Para más información, escríbanme a tstraka@ucab.edu.ve. ¡Los esperamos!