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Freddy Lepage

El diálogo, ¿tropezar dos veces con la misma piedra?

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Mucho se ha dicho y especulado sobre el famoso diálogo entre el gobierno y los sectores de oposición representados en la MUD, que da sus primeros pasos en el marco de una profunda crisis en todos los órdenes de la vida nacional. En la oposición las contradicciones sobre los que están a favor o en contra son más visibles, mientras que en el oficialismo los radicales como Diosdado Cabello disparan desde la cintura para entorpecerlo y sacarle mayor provecho a su favor dentro de los radicales del venido a menos –como lo demuestran las encuestas– chavismo fanatizado.

Sabemos que en el exterior –sobre todo en los gobiernos afectos y beneficiarios de la revolución bolivariana– hay serias preocupaciones y dudas sobre la capacidad de Maduro y su grupo para sortear con éxito el mar de fondo en el que están inmersos, que parece tragárselos en la medida en que aumentan los problemas económicos y sociales en estado de ebullición. De allí el interés manifestado por la Unasur que, diligentemente, ha enviado una comisión de cancilleres para facilitar y estimular el llamado diálogo, que comenzó con un debate televisivo que puso de bulto las grandes carencias intelectuales y discursivas de los cancerberos del régimen ante una audiencia integrada por chavistas y opositores.

De otra parte, Maduro tiene la experiencia de haber participado en la Mesa de Negociación y Acuerdos de 2002-2003, cuando Hugo Chávez se encontraba con el agua al cuello, tutelada por la OEA (a este organismo le quedaba algo de prestigio) coordinada por su secretario general el expresidente Gaviria. Esa mesa estuvo integrada por representes del gobierno y la Coordinadora Democrática de entonces y miembros de la sociedad civil. Sin embargo, la experiencia no fue buena porque Chávez se lavó el paltó con los acuerdos que hablaban –al igual que hoy– de garantizar la paz en Venezuela, de actuar con total apego a los principios democráticos establecidos en la Carta Interamericana Democrática, del respeto a la convicciones de cada venezolano y a la Constitución y al Estado de Derecho, de la independencia de los poderes, del compromiso con la libertad de expresión, de la tolerancia y convivencia democráticas, del desarme de la población civil, de la constitución de un árbitro electoral confiable y de la integración de una Comisión de la Verdad que aclarase los sucesos de 2002 y otras tantas cosas que, al final, resultaron puras pamplinadas; total, el papel aguanta todo... ¡Ah!, en otro aparte también se señalaba que ningún cuerpo de seguridad del Estado debería utilizarse “como instrumento de represión arbitraria o desproporcionada, así como tampoco para ejecutar acciones que impliquen intolerancia política”.

De tal manera que se repiten las mismas exigencias en un contexto diferente, con una oposición mucho más fortalecida y con más experiencia y madurez políticas y un gobierno más debilitado e inestable, no solamente porque Maduro no es Chávez, sino también porque como lo expresó ese exégeta del socialismo del siglo XXI, Hans Dieterich (que conste, no es santo de mi devoción), el modelo económico de Chávez ya se había agotado antes de que el líder único abandonara el mundo terrenal, por lo tanto es insostenible. Además, la mediocridad e incapacidad manifiesta de sus herederos hacen que el régimen esté en aprietos, lo que quizás los obligue a hacer algunas concesiones cosméticas para lograr la gobernabilidad perdida o, por el contrario, incrementar el desmedido uso de la fuerza y la violencia. 

Muchas discusiones, esfuerzos y tiempo se ahorrarían si existiera la verdadera voluntad política de los enchufados para aplicar buena parte de los compromisos convenidos aquel 23 de mayo de 2003. El país no puede seguir teniendo memoria de paja y, mucho menos, sus dirigentes.