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Sumito Estévez

El diálogo de la sardina

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¡Llegaron sardinas a Pampatar!, contenta decía mi vecina asomándose en la puerta con una bolsa llena de ellas. Cinco minutos después estábamos mi esposa Sylvia y yo en el carro rumbo al puerto de playa Juventud. Eran las diez de la mañana de un Lunes de Carnaval y, siendo honestos, juraba que en asueto los pescadores no se hacían a la mar. El puerto de playa Juventud es apenas una calle de cemento de cincuenta metros, que se escapa de la vía principal para morir a orilla de playa, con unas pocas rancherías de pescadores a cada lado y la clásica postal de los peñeros coloridos, reposando en el vaivén de las calmas aguas de este mar Caribe de azules infinitos. Es un lugar muy particular porque divide geográficamente a los habitantes tradicionales de la zona de aquellos que se han instalado en una de las calles ciegas codiciadas de la isla por su vista envidiada. De un lado el margariteño de siempre con sus casas de siempre, y del otro novísimos edificios que alojan a una clase media que ha optado por Margarita como nuevo proyecto de vida.

Ya a media cuadra del pequeño puerto pesquero artesanal resultaba evidente que la excitación flotaba en la normalmente bucólica Punta Ballena, que es como llaman la zona. Muchas personas caminaban a paso apurado. Algunos con pequeñas bolsas plásticas en la mano, otros llevando cavas de playa entre dos, todos viendo con desconfianza al de adelante por si acaso la captura de sardina no había sido lo suficientemente generosa para suplirlos a todos. A orilla de playa el frenesí era embriagador. De los peñeros de madera bajaban y bajaban cestas plásticas llenas a rebosar de sardinas y, en la orilla, sentados en equilibro sobre los muros exteriores de las rancherías de pescadores, con pericia los hombres manipulaban una montaña creciente de sardinas, grandes y brillantes, con los tonos azules y plateados que solo puede tener una sardina recién salida del mar.

El hombre curtido veía al dueño de la bolsa y si se sabía su nombre, si lo reconocía, si era vecino pues, le llenaba gratis la pequeña bolsa de supermercado y de paso le mandaba saludos a la familia. Si, por el contrario, quien llegaba con la bolsa era un lejano como yo, que se había acercado por suerte o por información privilegiada, le llenaban la bolsa igual y luego te cobraban una cantidad que parecía broma. ¡A mí me dieron 5 kilos por 100 bolívares, que es la mitad del promedio de lo que vale un solo kilogramo de pescado en la isla! Parecía que me cobraban no por dinero sino para que quedara claro que aún tenía que trabajar para ganarme el derecho al condumio común.

Todo el mundo sin excepción hablaba de cómo iba a hacer las sardinas. ¡Asadas en un rato en la playa! ¡Encurtidas! ¡Friticas pa’ comérmelas mañana con arepa! Era el canon musical que iba y venía como si fuera una de esas olas humanas que hacen en los estadios. La isla de Margarita está profundamente ligada a sus sardinas y tenían tiempo sin verse. Unos dicen que el cambio climático ha afectado y otros dicen que comienzan a recogerse los frutos de haber prohibido ese horror ecológico que era la pesca de arrastre. Seguramente hay algo de ambas razones, pero el caso es que esas tornasoladas sardinas que brillaban al sol pusieron de fiesta a una calle.

Cuando en la tarde me comía las mías en casa, resultó inevitable que pensara que todas esas personas que vi en playa Juventud estaban más o menos en lo mismo. Todos en comunión alrededor del fuego. Todos alrededor de nuestras tradiciones. Y estoy absolutamente seguro de que, así como ningún pescador me preguntó ideología para regalarme el fruto de su faena, ni ninguno de los hombres que se intercambiaban recetas dejó de explicarme por mi cara de “navegao”, de haberme acercado a alguna de las playas en donde ese lunes se asaban sardinas sobre láminas de zinc me hubiesen invitado a comer y hubiésemos gozado un mundo sin nombrar una vez a esta división que nos está comiendo las entrañas.

En estos días escribía mi amiga, la periodista Rosanna Di Turi, en su cuenta de Twitter: “Encarnemos cada uno el país que anhelamos. Tengamos valor para exigirlo, sensatez para sumar. Solidaridad para quien lo necesita”; y la frase que tenía guardada, por bonita, cobró vigencia contundente al olor de las sardinas. Si los venezolanos queremos paz de verdad y no de palabra deberemos aprender a reconocer al otro. No existe diálogo ni paz posible sin reconocimiento. No hay forma posible de destrancar este atolladero en donde nadie parece querer sentarse a entender al otro si no es entendiendo que no se convence jamás apelando al choque sino apelando a lo que tenemos en común. A lo que nos une más que a lo que nos desune.

No soy político; de hecho, a estas alturas me declaro incompetente para entender lo que pasa, pero sé cocinar. Quizás en esas sardinas está la punta del hilo de Ariadna en este laberinto. Quizás, la mesa es un comienzo.