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Armando Durán

El diálogo (im)posible

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En la madrugada del 14 de abril de 2002, cuando Hugo Chávez regresó a Miraflores de sus 47 horas de cautiverio, crucifijo de buen cristiano en la mano, prometió en cadena de radio y televisión rectificar el rumbo de su gobierno. Los sucesos del 11 de abril habían colocado a los venezolanos de cara a la maldad absoluta y el país, envuelto ahora en la bandera de esa rectificación y del diálogo, recuperó el aliento.  

Chávez aprovechó esta circunstancia en su favor; la oposición, en cambio, prefirió caer en la trampa. Cierto, no nos matamos, pero tampoco hemos conseguido entendernos. Ni con la llamada Comisión para el Diálogo, convocada entonces por el propio Chávez para devolverle al país un cierto aire de normalidad democrática después de su derrocamiento y rápida restauración. Ni un año más tarde, fracasado el paro petrolero, con el acuerdo del 29 de mayo en el que gobierno y oposición se comprometieron a respetar todas las normas constitucionales habidas y por haber.

Gran triunfo de la revolución hasta el día de hoy, porque los adversarios de Chávez, al aceptar sus condiciones y firmar aquel acuerdo, reconocían expresamente el desempeño democrático del gobierno. La pieza que le faltaba al rompecabezas bolivariano para desarrollar de inmediato, sin perturbar a la comunidad internacional, trampas mucho peores: demorar la fecha del revocatorio hasta el momento oportuno, convertir el referéndum en plebiscito, construir la fraudulenta victoria del No, elaborar la infame lista Tascón. Como advirtió The New York Times en su editorial del 17 de agosto, a la oposición sencillamente le faltó “eficacia y realismo” para encarar el desafío que le presentaba Chávez.

Nelson Rivera resumió por aquellos días esta dramática situación en dos artículos publicados en El Nacional. En uno sostenía que “la intoxicación del cuerpo social no se limita a la acción del régimen, tiene también suscriptores y beneficiarios entre quienes se reclaman sus adversarios”. En el otro metía el dedo en la llaga. “Los etólogos –escribió– han descrito el comportamiento de ciertos animalillos ante la inminencia de una desventaja. No luchan, tampoco huyen. Se adaptan a vivir con el depredador para postergar lo inevitable”.

El régimen ha utilizado desde entonces esta concepción opositora de la lucha para ir conduciendo implacablemente al país hacia donde Chávez quería. Razón por la cual, el 13 de febrero del año siguiente, en La Victoria, él se sintió en condiciones de amenazar a sus adversarios con una frase terrible: “Sangre que no se derrama no es sangre”. Solo que ciertas situaciones imponían pasajeros altos en el camino, operaciones de distracción, fulminantes maniobras por el flanco. Así que cuando hiciera falta, debió exhortar a sus lugartenientes, hablemos de diálogo y reconciliación, pero teniendo muy en cuenta que se trata de simples retiradas tácticas para confundir al enemigo. Objetivo que se logró con la Mesa de Negociación y Acuerdos y con la posterior celebración de innumerables eventos electorales de muy dudosa transparencia. ¿No es eso lo que ocurre estos días con la invitación de Maduro a gobernadores y alcaldes de oposición a analizar juntos aspectos concretos de la crisis venezolana?

Ahora bien, el invariable carácter tramposo del régimen no implica que la oposición rechace de plano esta iniciativa de Maduro. Todo lo contrario. El ser democrático se define precisamente por el compromiso a escrutar el pensamiento discrepante de los otros y tratar de alcanzar con ellos algún acuerdo en beneficio del colectivo. Aun a sabiendas de que el diálogo, tal como lo plantea el régimen desde el 14 de abril de 2002, no es diálogo ni nada que se le parezca. También a sabiendas de que ofertas como estas, a pesar de ser tan engañosas como las de antes y solo responder a la urgente necesidad de apagar a tiempo las chispas que puedan poner en peligro la salud futura del régimen, contradicciones sin duda desalentadoras, no reducen las opciones de la oposición a dialogar o no hacerlo, sino a un dilema mucho más complejo y trascendente. Acudir a esta ficción del entendimiento para sacarle a Maduro algunas castañas del fuego sin recibir nada a cambio, o aprovechar su debilidad creciente para tratar de satisfacer requisitos irrenunciables de ese dando y dando que a fin de cuentas constituye el fundamento básico de cualquier negociación. En fin, seguir siendo aquellos “animalillos” que hace años mencionaba Rivera, o al fin ponernos de pie, resueltos a luchar, sin vacilaciones ni pendejadas, por los derechos del ciudadano a vivir en paz y libertad. Eso es todo.