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Elías Pino Iturrieta

El diálogo y la guerra

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La comunicación de la oposición con el gobierno se ha considerado como un acto de complicidad. Cuando un vocero de la MUD se acerca a los representantes del oficialismo para tratar asuntos relativos al bien común, no tardan las acusaciones de colaboracionismo y acuerdo turbio. No hay reputación que valga ante la arremetida de los impacientes, no hay intentos honorables frente al reproche súbito de los talibanes. Y, como hacen mucho ruido, especialmente en la trinchera de las redes sociales, o porque tampoco conviene echarle más leña a la candela a través de debates internos, los ataques más aventurados ganan espacio en el seno de la opinión pública.

¿Qué proponen a cambio? Una batalla campal, un combate cruento que no debe considerar treguas hasta desalojar al gobierno de sus posiciones. Han abundado los campeadores que enarbolan la bandera de la Guerra a Muerte proclamada en mala hora por Bolívar, como si no fuera suficiente la memoria de un genocidio sin paliativos para que a alguien en sano juicio se le ocurriera resucitarlo en la actualidad. Pero el sano juicio es lo que menos abunda cuando las pasiones de la sociedad se encrespan. Es reemplazado por los cálculos que consideran hacedero e inmediato lo que es complicado en esencia y renuente a convertirse en realidad debido a sus espinas intrínsecas. Siempre alguno las quiere afilar, mientras otros pocos se empeñan en podarlas sin tener la tijera adecuada. Siempre ha sucedido así, desde el principio de los tiempos, a menos que los extremistas y los acelerados salgan ahora con una novedosa historia de hazañas fantásticas.

Tienen un argumento que parece imbatible: no se debe dialogar con un régimen represivo que no cesa en sus ataques contra la ciudadanía protestante mientras simula conversaciones con el enemigo. Precisamente los ataques contra la ciudadanía son los que deben provocar las conversaciones y, ojalá, acuerdos inmediatos a través de los cuales se alivie la suerte de los perseguidos. De lo contrario, continuarían los desmanes sin que nadie se los restregara en la cara a los responsables. El régimen no puede ahora negar la existencia de unos insistentes procuradores de benevolencia que no se cansan de abogar por los oprimidos, ni dejar de atenderlos sin que su credibilidad, cada vez más arrinconada, desaparezca del todo. La oposición está ensayando el camino de los remiendos sin mirar hacia los problemas de fondo, también dicen porque apenas se detiene en casos inmediatos, pero no hay otra forma de buscar avenimientos si se considera la fortaleza que todavía mantiene el régimen y el convencimiento de verdad única que acompaña sus pasos. Lidiar con la esquizofrenia de un autoritarismo desenfrenado no es trabajo sencillo, a menos que uno se conforme con llevarla a cabo en la jaula abierta de los tuiteros.

El otro derrotero sería el de la hostilidad generalizada, el ataque frontal de los cuarteles del oficialismo hasta sofocarlo en sus posiciones. No sé cómo se puede pensar en semejante desafío cuando la hegemonía reinante cuenta con gentes, armas y bagajes de sobra para repeler la acometida del adversario transformado en manejable enemigo; cuando ha jugado a su antojo con guarimbas y barricadas, o cuando sigue pistas suficientes para prever los pasos adivinables que le depare el futuro pensado por estrategas de maletín. Curiosos estrategas, por cierto, no solo por sus insistentes llamados a una guerra sin destino, sino también por la ubicuidad de sus bélicas trompetas. Parecen música paga, debido a la persistencia y a la heterogénea aparición de unos ejecutantes no identificados cuyo objetivo no es otro que una fraternal escabechina tipo 1813.

Ejecutantes no identificados, se supone, pero solo porque parece aconsejable quedarse en la superficie que ponerse a buscar, en la cúpula de las organizaciones políticas, a quienes no solo quieren una conflagración de difícil pronóstico sino también el fracaso de la unión partidista. Pudiera ser una búsqueda provechosa, si lo que conviene es toparse con la verdad que hace falta para el encuentro de la clave de muchos entuertos encubiertos, pero también un espeluznante hallazgo que dejaría a muchos títeres sin cabeza. Los que hablan de deshonor y complicidad se solazarían ante su abundancia. En consecuencia, de momento prefiero a los dirigentes sometidos al escarnio público cuando acuden sin careta a la incomodidad de una mesa de diálogo con el madurismo.