• Caracas (Venezuela)

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Demetrio Boersner

Día del trabajo en libertad

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A lo largo de mi vida he marchado en muchos desfiles de Primero de Mayo. Mi instintiva solidaridad con los “parias de la tierra” tiene que ver con los orígenes humildes de mis abuelos, con el odio al nazi-fascismo que conocí en mi infancia, y con mi percepción intuitiva del orden cósmico como proceso evolutivo que fluye de abajo hacia arriba y no al revés. Por una inmutable identificación con los intereses obreros y populares a escala mundial, soy y seguiré siendo socialista democrático, apegado a la tradición de los mártires de Chicago. El calificativo de “democrático” agregado al de socialista hace que yo mismo y centenares de miles de otros venezolanos nos sintamos llamados hoy a celebrar el Día Internacional de los Trabajadores bajo las banderas de la libertad, enarboladas por los auténticos trabajadores organizados, conscientes y unidos contra todo patrono explotador, incluido el falso “socialismo” oficialista que encubre la realidad de un capitalismo de Estado militarista y autoritario.

Por encima de todos los cambios socio-históricos, guardan vigencia perenne los tres grandes principios, ya esbozados por los pensadores de la antigüedad y luego formulados con precisión por la Revolución Francesa: libertad, igualdad y fraternidad. La experiencia histórica mundial, regional y venezolana nos enseña que, de estos tres valores fundamentales, el de la libertad es prioritario y que, sin ésta, ni la igualdad (o justicia social) ni la fraternidad (solidaridad nacional e internacional) son realizables. Burguesías y clases populares tienen igual interés primordial en la existencia de un marco pluralista y tolerante que les permita formular sus respectivos proyectos y competir por la realización de los mismos. La existencia de un régimen bonapartista (sea de corte fascista o estalinista) significa en todo caso el retorno a una situación de absolutismo preliberal, premoderno, preburgués y, por ende, presocialista.

Un ensayo político-social como el chavista, que pretende (con sinceridad o sin ella) elevar el bienestar y la dignidad del pueblo llano, está condenado a fracasar y a convertirse en factor de opresión y de retroceso histórico por el mero hecho de centralizar al máximo el poder político en las manos de un caudillo supremo rodeado de (y cada vez más manipulado por) una gavilla de grupos sociales reaccionarios y opresores: ideólogos oficiales transformados en “nomenklatura” burocrática, “boliburgueses” corruptos y gorilas militares igualmente corruptos. Cada vez más disminuidos en influencia se encuentran en el seno del oficialismo los socialistas sinceros, que de verdad creyeron que el centralismo y el culto a la personalidad eran males “necesarios” y “temporales”. A estos últimos los invitamos a un diálogo franco y reconciliador.