• Caracas (Venezuela)

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Sergio Monsalve

El diálogo enriquece

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En El sueño de Walt, el fundador de la Disney negocia los derechos de explotación de Mary Poppins con la autora del libro original, P. L. Travers, dama británica de trato difícil y pasado oscuro, reencarnada por la versátil actriz Emma Thompson. El papel del creador del Ratón Mickey recae sobre los hombros del patriarca bonachón de Hollywood, Tom Hanks, arquetipo de la corrección política al rescate de valores tradicionales como la familia, el emprendimiento personal y la supuesta integración de las diferencias.

La película hace un esfuerzo digno por manifestar las ambivalencias y debilidades de los dos protagonistas. Sin embargo, al retrato del hombre le sobra una pizca de dulce, cortesía de la casa productora, así como le falta el sabor amargo reservado para contar la vida de la escritora. El filme, en última instancia, le limpia un poco la imagen y la leyenda negra al Rey Midas del principal estudio de animación de la meca, obviando cualquier detalle incómodo, desde su colaboración con la cacería de brujas hasta sus eternos problemas sindicales.

De todos modos, la película sabe sortear los obstáculos de la autocensura, para proponer una mirada crítica y satírica del reino artificial instaurado por el caballero del bigote. Entonces son evidentes las divergencias entre el simulacro kitsch del Pato Donald y la fuente de inspiración de sus fantasías. La realidad es amenazadora, mortuoria y trágica. En cambio el cine del viejo Walt aspira a conciliar las ilusiones y colores de las utopías musicales. Por tanto, hay un choque de trenes, de visiones, de enfoques en la estructura de la cinta. De manera inteligente, el director de la pieza logra conjugar ambos perfiles hacia el desenlace, dándoles un justo reconocimiento a cada uno. A través del diálogo se entienden los polos apuestos y logran echar adelante una obra maestra del séptimo arte.

Cabe señalar un vínculo con varios largometrajes dedicados a investigar y reconstruir los agudos procesos de su elaboración: Hitchcock  y My Week with Marilyn. La nostalgia, o el miedo a crecer, sigue siendo un nicho importante para la industria. En el mismo sentido, Philomena aborda un suceso, basado en hechos verídicos, y además estelarizado por una pareja dispareja, formada por una madre tras la pista de su hijo y un profesional caído en desgracia. La veterana Judi Dench y el mordaz Steve Coogan lideran el reparto. El agudo Stephen Frears coordina las decisiones de la puesta en escena, abriéndole espacio a la sobriedad del relato de cámara.

Como en el caso anterior, surgen las discrepancias para dar cabida a los acuerdos, los consensos, los afectos compartidos. De Irlanda a Estados Unidos, Philomena descubre el origen de sus traumas y el lugar  de sus raíces genealógicas. De nuevo se enfrentan pensamientos y caracteres disímiles. Él es ateo, escéptico, neurótico, académico. A la inversa, la anciana deposita su fe en la religión, lee folletines de autoayuda y nunca pierde la esperanza. Juntos aprenderán a convivir y a perdonar. En el camino un negocio de tráfico de niños será denunciado, como un pecado oculto de la Iglesia. Tampoco quedará impune la homofobia del Partido Republicano. Las ficciones de la semana abogan por la tregua, la sana discusión y el derecho a la disidencia.