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Arnaldo Esté

El diálogo en la educación

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Hay un viejo y extendido mito en la comunicación y en la educación según el cual la palabra, por sí sola, transmite conocimientos y aprendizajes. De este mito se alimenta la abundante prédica y el encadenamiento al que somete el gobierno a todos estos pobladores.

No, los que hemos trabajando un poco estos temas sabemos que los conocimientos y aprendizajes se logran en un complejo proceso de construcción social en el cual interviene, pero no determina, la palabra.

Así que por muchas lecciones políticas que se den no se va a lograr el hombre nuevo.

Los sistemas educativos en casi todos los países están en crisis y profunda revisión. Aquí también lo está, pero la superación no se puede lograr sino con el aporte de todos. Una señal en esa dirección la da el llamado a consulta que hace el ministerio. Pero es tan confuso el discurso gubernamental y son tan frecuentes sus mentiras e infundios, que no puede uno sino estar malicioso y preguntarse ¿no está ese nuevo currículo ya cocinado?

Los sistemas educativos son, en virtud del mito mencionado, fundamentalmente informativos. Profesores y textos dan lecciones para cumplir con programas atiborrados de unas cápsulas que llaman contenidos.

Hay que pasar de esa educación mayormente informativa a una educación formativa, en el entendido de que formar es llevar a la persona a lograr valores y competencias. Valores y competencias que se logran en su ejercicio cotidiano y significativo y no por prédicas o sermones. Valores como la dignidad, la participación, la solidaridad, la diversidad, la continuidad con la naturaleza. Competencias que supongan saberes y habilidades para ser desempeñados en contextos, actividades o trabajos específicos, más que la simple memorización o repetición, en eventuales exámenes, de los ya mencionados contenidos.

Ese ejercicio es una pedagogía que deberá ocupar la mayor parte del estudio y trabajo de profesores y maestros. Pedagogía que debe estar no solo en su interés profesional sino en los reclamos de los estudiantes por la calidad educativa y que, con frecuencia, aparecen extraviadas como reivindicaciones puramente cuantitativas.

Esta pedagogía, en la cual hemos trabajado durante décadas y ahora promovemos y aplicamos en varios países latinoamericanos, transforma las clases, las aulas, en ambientes de aprendizaje, en los cuales la actividad individual y grupal, la discusión y la investigación son cursos permanentes. Actividad individual y grupal que supone así una profundización de la democracia.

Las actuales relaciones sociales imperantes en las aulas dominadas por el monopolio ya mencionado, monopolio verbal por el docente, le debe ceder  lugar a los estudiantes que en una interacción constructiva participen intensa y continuamente a partir de problemas que les son pertinentes o inmediatos.

Estos cambios, así de complejos y sustanciales, ahora resultan muy favorecidos por lo digital. La presentación de problemas, las reflexiones, las interacciones, el acopio de lo investigado, la evaluación continua y de proceso. Todo ello se intensifica al sumergir al conjunto en su fuerza comunicativa y en el espíritu creativo que ello estimula y facilita. Lo digital, más que una tecnología, es un valor emergente, un gran referente para saberes, comportamientos y toma de decisiones.

El gobierno ha distribuido un número considerable de computadoras portátiles (Canaimitas), no conozco si se ha evaluado la calidad y efecto de las aplicaciones e informaciones que en ellas se han instalado o si ha sido pura pantalla. Pero hay que decir que las máquinas, por muy buenas que sean, no dejan de ser máquinas. Lo que está instalado en ellas y el uso que se les da es y será siempre de origen humano. El ser humano siempre irá más adelante de los instrumentos que crea, ellos siempre se incorporan a su acervo y, por tanto, a sus productos.