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Germán Carrera Damas

Yo dialogo, tú no dialogas; soy demócrata, tú no lo eres

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Recordando mi 41º Mensaje histórico, enviado el 1º de junio de 2009: “...Los demócratas vivimos el diálogo. Por esto mismo los no demócratas, sean seudosocialistas, sean pura y simplemente militaristas, no practican el diálogo, ni pueden practicarlo sin dejar de ser lo que son.”

41º Mensaje histórico

La frecuencia con que se menciona el término diálogo. Las virtudes que se le atribuyen. Las esperanzas que se cree representa y que ciertamente despierta. Los discursos pro diálogo, tan diversos en sus términos como crudamente contrarios entre sí, y en cuyo favor se invoca la realización del diálogo. Todo pareciera indicar que se trata de un concepto diáfanamente percibido, a la par que de una panacea política recién descubierta. No obstante lo fundado que puedan resultar estos motivos y sentimientos, quizás vengan al caso algunas precisiones, tanto conceptuales como históricas.

Advierto, de inmediato, que como producto intelectual que soy de la hoy asediada democracia venezolana, solo alguna vez me he sustraído –más que negado– a dialogar. Un elemental respeto por mi oficio de historiador, y un absoluto acatamiento del sentido histórico y del ejercicio del espíritu crítico aplicado al estudio y comprensión de la Historia, me han prevenido, por ejemplo, de dialogar con alguno de los monosabios de la oficina del ministerio del poder popular para la policía interior, denominada Centro Nacional de Historia –encargada de minar la conciencia histórica de los venezolanos–, acerca de los méritos del cacique “Guaicaipuró” como defensor de la nacionalidad venezolana. Respecto de ellos, he defendido y defiendo su derecho de decir torpezas; pero igualmente defiendo mi derecho de calificar de tales sus desatinos ideológicos.

No es nueva para mí la preocupación sobre el significado del concepto de diálogo, puesto que el ejercicio de la docencia activa, la investigación sobre temas y cuestiones sensibles, y la expresión escrita de mi pensamiento no han sido tibios en propiciar el diálogo  ni en suscitar  polémica.

Valgan estas advertencias para ayudar a situar críticamente lo que sigue sobre mi concepto de diálogo y sobre su papel en la historia contemporánea de Venezuela.


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El diálogo ha sido definido como una discusión o trato en busca de una avenencia. De no ser así, en lugar de diálogo se trataría de una conversación, de una confrontación de puntos de vista o de pareceres; o, pura y simplemente, de una controversia sin trascendencia razonable admisible por las partes que la escenifican.

Por esto los demócratas vivimos el diálogo. Por esto mismo los no demócratas, sean seudosocialistas, sean pura y simplemente militaristas, no practican el diálogo, ni pueden practicarlo sin dejar de ser lo que son.

Así, mientras el demócrata se realiza en el diálogo, porque este es consubstancial con la práctica de la democracia, tanto el régimen seudosocialista como el militarista se escudan tras su adoctrinamiento totalitario para apartar de sí todo contagio de diálogo, por considerarlo propicio al fomento de la disidencia. 

El régimen seudosocialista teme al diálogo porque tiene razones históricas para temer toda fisura del totalitarismo, por la cual pueda colarse la disidencia. Del totalitarismo socialista del siglo pasado han sobrevivido los regímenes que se han resistido a toda modalidad de diálogo con sus respectivas sociedades, como lo han hecho las antediluvianas dinastías fidelista y norcoreana.

El régimen militar-militarista teme al diálogo porque sus jefes han sido amaestrados en le relación mando-obediencia; y por lo mismo temen, tanto o más que los del régimen seudosocialista, la disidencia delatora del para ellos detestable prejuicio denominado autonomía de pensamiento.

 Como a esas mentalidades abstrusas no les cabría concebir un diálogo sin que este fuese portador de la justamente temida disidencia, ahogan la sola posibilidad de esta última en el pantano de servidumbre del que nutren su prepotencia.

En consecuencia, visto el diálogo, en democracia, como un despliegue de razón regido por el propósito de avenencia, ello supone el ejercicio, en primer lugar, de una voluntad de convenio o de transacción; y en segundo lugar, de conformidad y hasta de grados de unión. Por consiguiente, el que sea viable un genuino diálogo depende de que sean satisfechos los siguientes supuestos básicos:

-La identificación de los dialogantes: tanto en su condición de individuos, de grupos o de partidos, como en su representación, individual o colectiva.

-La igualdad de los dialogantes: fundada en un respeto básico, que pone a un lado las respectivamente reconocidas jerarquía y ubicación institucionales.

-La identificación de las cuestiones sobre las cuales dialogar: lo que requiere una agenda establecida; salvo que se convenga en una fase de agenda abierta, generalmente una vez terminado el diálogo, propiamente dicho, y le siga una conversación, eventualmente propiciatoria de un nuevo diálogo.

-La formulación de objetivos: por considerarse que el solo enunciado de áreas o cuestiones no felicitará la eventual realización del propósito de avenimiento. Los objetivos deben ser reconocidos por los dialogantes como amplios, evidentes y comunes, aun cuando difieran los procedimientos para lograrlos.

-El acuerdo sobre la necesidad o la urgencia de tomar medidas: democráticamente concebidas y acordadas de manera transparente, y formuladas en términos precisos y accesibles al entendimiento común.

Es obvio que el cumplimiento de estos requisitos para el diálogo compromete no solo la buena disposición de las partes, sino también la legitimidad de su respectiva actuación, tanto en la concertación del diálogo como en su realización y producto final; y tal legitimidad solo puede provenir, en la República, del pleno respeto de la soberanía popular.


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En Venezuela contemporánea la experiencia del diálogo, así concebido, ha sido parte necesaria y fructífera de la transición desde la República liberal autocrática, en su fase degenerativa: la dictadura liberal regionalista, hacia la República liberal democrática. Ello es prueba de que la noción de diálogo –así concebida, lo subrayo– es consubstancial con la vigencia de la democracia.

En un Mensaje histórico sólo es posible mencionar, muy sucintamente, tres ejemplos de diálogo particularmente significativos: uno de diálogo político circunstancial, otro de diálogo político institucional y otro de diálogo político global.

Fue un significativo diálogo político circunstancial el realizado entre el último representante de la dictadura liberal regionalista, el presidente general Isaías Medina Angarita, y la surgente oposición democrática, representada por el partido Acción Democrática y su fundador Rómulo Betancourt. El temor compartido de que pudiese retornar al poder el ex presidente general Eleazar López Contreras –apreciado por ambos como retorno al gomecismo, y por la opinión democrática como un acto del denominado continuismo alternativo–  propició  un diálogo en el cual los enunciados supuestos esenciales fueron resumidos en la procurada instauración de un gobierno civil comprometido en rescatar la soberanía popular y reconocerla como el único criterio de legitimidad en la formación, el ejercicio y la finalidad del poder público. Este diálogo condujo a la candidatura concertada del doctor Diógenes Escalante a la Presidencia de la República.

El más trascendental ejemplo de diálogo político institucional retomó los objetivos del diálogo político circunstancial frustrado. Corrió en el lapso 1946-1948, y consistió en la participación amplia y diversa, en el proceso de formación del poder público correspondiente a la instauración de la República liberal democrática. Tanto la convocatoria de una Asamblea Nacional Constituyente, bajo la conducción de un organismo electoral ampliamente representativo y autónomo, como la ampliación insuperable del universo electoral y el desenvolvimiento mismo de la Asamblea, dieron testimonio de una voluntad de diálogo demostrada por todas las fuerzas civiles.

El tercer ejemplo, el de diálogo político global, partió de la designación de la Comisión Presidencial para la Reforma del Estado (Copre), durante la presidencia de Jaime Lusinchi, por decreto de 17 de diciembre de 1984. Integrada por la más diversa pluralidad, sin predominio de corriente alguna, política o ideológica, sus 35 miembros dimos una altísima demostración de capacidad de diálogo al formular el Proyecto de Reforma Integral del Estado, orientado hacia la modernización del Estado y la profundización de la democracia; cuyos primeros logros en el fortalecimiento de la soberanía popular padecen hoy vanos intentos de destrucción de parte de un régimen militar-militarista que reúne lo atávico con lo arcaico y que, por lo mismo, subestima el arraigo de lo históricamente adquirido por las sociedades.


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El reclamo de diálogo, actualmente presente y en forma creciente, se corresponde con nuestra experiencia histórica en el rescate de la soberanía popular, y en la garantía de su plena vigencia. Esta legitimidad histórica le da al reclamo de diálogo el respaldo obligante requerido para que sean respetados los requisitos del diálogo, consubstancial con el ejercicio de la democracia.

*Escuela de Historia. Universidad Central de Venezuela