• Caracas (Venezuela)

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Vladimir Villegas

El diálogo congelado

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El diálogo sigue en el congelador. Petrificado. Duro como una piedra. Sin perspectivas de que en lo inmediato comience el proceso de deshielo y se retome lo que a mi juicio es la única vía conveniente para entrarle con fuerza y decisión a la solución de los graves problemas que vive Venezuela.

Cuando se instaló en Miraflores la Conferencia de Paz, el pasado 26 de febrero, en medio de un clima de protestas pacíficas y violentas, varios venezolanos tomamos la palabra para apostar al diálogo,  y en mi intervención expresé mi deseo de que no estuviéramos perdiendo el tiempo con esa reunión. Desde entonces hasta la fecha se han producido pequeños avances en el diálogo político, que culminaron en el retroceso que significa que las partes, gobierno y oposición, poco o nada hagan para salvar los obstáculos que hoy impiden la continuidad y, sobre todo, el éxito de este intento por acercar a los venezolanos. Y en lo económico no hay mucho de qué alegrarse, salvo en asuntos de orden administrativo.

A lo mejor perdimos el tiempo ese día que fuimos a Miraflores, y  quizás hoy también lo estamos perdiendo al insistir en la necesidad de deponer actitudes, de retomar la búsqueda de ese espacio para lograr acuerdos que las próximas generaciones de venezolanos van a agradecer, si actuamos con responsabilidad y sentido de grandeza y patriotismo, o van a reclamar, si nos dejamos llevar por los extremos que ven en el diálogo una entrega de principios, una venta al “enemigo” o un inaceptable acto de traición.

Hoy, a diferencia de lo que ocurría en febrero, no existe un clima de violencia política y confrontación en la calle, pero han aflorado diferencias internas tanto en el chavismo como en la oposición. En el caso del  PSUV y sus aliados, surgen contradicciones de índole diversa. Unas asociadas a los efectos de la carta de Jorge Giordani,  otras relativas al curso del gobierno, si éste va por el camino del socialismo o en sentido contrario a la propuesta política de Hugo Chávez, y una tercera relacionada con la vida interna del partido. En el caso de la oposición, comienzan a aflorar en toda su magnitud las divisiones que provoca la llamada “Salida”.  Ahora surgen con fuerza las voces que cuestionan los efectos negativos de esa política y la unidad de la Mesa comienza a dar señales de crisis.

Mientras esto ocurre, continúan  su curso los graves problemas del país. Se esperan decisiones económicas duras que el gobierno no termina de anunciar, la inflación golpea duro el bolsillo de todos, especialmente el de los más pobres. No se revierte la escasez de productos esenciales y el hampa sigue con el moño suelto. En algunos sectores,  más que descontento hay una gran desesperanza, que puede ser transformada en optimismo y en buenas noticias, siempre que el gobierno y la oposición vean más allá de la coyuntura. De lo contrario ese sentimiento se profundizará y será caldo de cultivo para peores opciones.

Desde nuestra perspectiva mientras más se cierren los caminos al diálogo, éste se hace más necesario. Hay que volver a sentarse sin otra condición que la de estar dispuestos a llegar acuerdos por el bien del país. Para construir la confianza que tanto se necesita, para meter en agenda  las grandes decisiones económicas y políticas que son inevitables. 

El viernes pasado vimos una pequeña  muestra de cómo podemos abrir una nueva etapa. El presidente Nicolás Maduro y el gobernador del Estado Lara; Henri Falcón, estuvieron juntos en el inicio de las obras de un gran monumento a la Divina Pastora. Es una muestra en pequeño de cómo podemos hacer las cosas de otra manera en el país, sin que cada quien deje de ser lo que es y pensar como piensa. Pero el diálogo es mucho más que una foto y un monumento. Es un acto de voluntad política, que no puede ser relegado a la categoría de retórica inservible.