• Caracas (Venezuela)

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Marianella Salazar

El diálogo chucuto

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En la oposición nadie debería jugar al fracaso del fulano diálogo o debate  con el gobierno, porque nadie en su sano juicio quiere que continúe el derramamiento de sangre ni los graves problemas que aquejan al país, todos clamamos regresar a la normalidad; sin embargo, es lógico que sigamos escépticos por la falta de resultados, a no ser la ventaja que significó para Nicolás Maduro el seguir ganando tiempo, sentirse legitimado por los concurrentes y hasta felicitado por socios y gobiernos afines por acceder al diálogo con una oposición a la que continúan tildando de fascista y golpista.

Transcurridos trece días de la reunión celebrada en Miraflores y transmitida en cadena nacional –la única condición que fue aceptada y después del pobre papel hecho por los oficialistas, donde salieron trasquilados y demostraron su ineptitud para gobernar, no quisieron continuar sino a puertas cerradas–, ya es hora de que el gobierno se digne a tener a tener un gesto humanitario, aunque sea con los presos políticos. Pero ha sido todo lo contrario. Ni siquiera aprovecharon los días santos, que les hubiera venido como anillo al dedo a los fariseos que se dan golpes de pecho y predican amor y más amor sin haber dado muestras de uno solo, un único gesto de piedad y anunciar en consecuencia la esperada liberación del comisario Simonovis, antes de que su salud se deteriore más.

La Pasión que se vivió fue la brutal represión policial. Irrespetaron las creencias religiosas de los cristianos e impidieron las procesiones que debían salir el Sábado de Gloria por el casco de Chacao, cuando las detonaciones, los gases lacrimógenos y perdigonazos contra los feligreses impidieron el tradicional ritual. Es tal el ensañamiento de los cuerpos represivos del Estado contra la comunidad de Chacao que el cese de su intervención debería ser una de las condiciones para sentarse de nuevo a dialogar. Hay mucha gente trabajadora, estudiantes, sobre todo niños y ancianos, que están siendo afectados por el efecto de los gases tóxicos y se encuentran traumatizados viviendo en medio de una batalla campal.

Las tropelías de los vándalos infiltrados en las protestas opositoras, que actúan con el propósito de justificar los desmanes de la Guardia Nacional Bolivariana contra una comunidad indefensa y unos estudiantes que acampan pacíficamente en las plazas o en un sector de la avenida Francisco de Miranda no tienen otro fin perverso que el de amedrentar al resto de la población que disiente. Nada distinto que no se haya practicado en Cuba y que es puesto eficientemente en práctica por el ministro del Interior y Justicia, mayor general Miguel Rodríguez Torres, que tiene muchos asuntos pendientes y tendrá que rendir cuentas públicas en algún momento, como en el caso del extraño secuestro y liberación de la periodista Nairobi Pinto, perpetrado en el marco de la conflictividad política provocada durante las protestas estudiantiles, sin que hasta hoy  se conozca el móvil ni la identidad de los captores.

 

La tabla de salvación

La Mesa de la Unidad Democrática, aunque haya ganado un éxito político  aprovechando la cadena nacional para cantar verdades, debería mantener su respetabilidad exigiendo como condiciones para nuevos debates –en un terreno verdaderamente neutral como la Nunciatura Apostólica que funge de mediadora–, la liberación inmediata de los estudiantes detenidos en ejercicio legítimo del derecho a la protesta pacífica consagrado en la Constitución bolivariana; el cese de la represión feroz contra el movimiento estudiantil y la sociedad civil; la libertad de los alcaldes y dirigentes políticos presos arbitrariamente –Leopoldo López, Ceballos y Scarano–; la reincorporación inmediata de la diputada María Corina Machado a la Asamblea Nacional y juicio para los responsables de los casi setenta casos de torturas inaceptables que tiene documentadas el Foro Penal Venezolano.

Si estas exigencias mínimas no son satisfechas, no será sino otro diálogo chucuto entre una “oposición útil” y un gobierno que parece haber encontrado su tabla de salvación.