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Asdrúbal Aguiar

El diálogo, según Bergoglio

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Ahora resulta que hasta Nicolás Maduro apela al papa Francisco y lo cita para justificar su invitación a una Conferencia de Paz; luego de haber bailado -celebrando Carnavales- sobre la tumbas de casi dos decenas de jóvenes asesinados, un centenar de heridos y torturados, y los varios centenares de detenidos a que diera lugar la política de represión de Estado que construyó junto a su antecesor durante los últimos 15 años, orientado por Cuba. “Nuestra revolución es pacífica, pero armada” ha sido la consigna y su rostro ominoso se hizo presente el Día de Juventud, en una hora de profundas carencias sociales y económicas para los venezolanos.

Acepto que cabe reparar en las enseñanzas de quien a lo largo de su vida religiosa prefirió le llamasen cura Bergoglio o padre Jorge, a fin de encontrar, en un momento de tanta turbación y violencia para los venezolanos, luces que nos permitan la reconstrucción de nuestros lazos de identidad y el restablecimiento de la paz de la nación. Pero una cosa -lo recuerda San Pablo en su Carta a Tito- es citar una enseñanza como Maduro y otra distinta exhortar en la sana doctrina. A los falsos maestros hay que “taparles la boca”, dice el apóstol de Tarso.

El papa Francisco nos invita a dialogar, a crear espacios de encuentro fundados en la verdad. Es lo que llama el “diálogo ético”, que no es simulacro de conferencia entre aliados para confundir a quienes se quiere mantener excluidos, persiguiéndolos, encarcelándolos, justamente para que la verdad no florezca.

De modo que, quienes se ocultan tras el pensamiento del padre Jorge a fin de disfrazar fariseísmos, han de saber que el diálogo no significa ni es lo que se le ha presentado al país en esta hora nona. Bergoglio cree en la necesidad de una ética común, a fin de que pueda florecer una verdadera patria de hermanos, excluyendo, sí, el “sincretismo de laboratorio”. Es una cuestión que repite en distintas de sus homilías hasta 2013, marcando su desencuentro con el Gobierno de los Kirchner. De modo que, para ser auténtico, el diálogo demanda, como hecho previo, un examen de conciencia de parte de cada ciudadano pero sobre todo en las “instituciones de la patria”, mediante gestos y testimonios, todos a uno en actitud de grandeza. Pero lo visto hasta ahora ha sido la pequeñez, el atrincheramiento del régimen para defender por las buenas o por las malas su cosmovisión extranjerizante, cuestión que igualmente molesta al padre Jorge.

Pone el dedo sobre la llaga, así, recordando que nunca podremos enseñarle a un joven –pensemos en los estudiantes vilipendiados y masacrados por el poder del Estado y sus paramilitares– el horizonte de grandeza de la patria, si usamos nuestra condición de dirigentes “para nuestro trepar cotidiano, para nuestros mezquinos intereses, para abultar la caja, o para promover a los amigos que nos sostienen”.

Agrega, en tal orden, que un “proyecto común” impone trabajar por la Justicia, que no ocurre cuando algunos tiran “para su lado, como si uno pudiera tener una bendición para él solo o para un grupo.

Eso no es una bendición sino una maldición”, dice. Y es exactamente lo ocurrido durante los últimos 15 años: o aceptamos el socialismo marxista, o morimos bajo las balas, en la cárcel o exilados.

Tampoco entiende el hoy papa Francisco la posibilidad del convivir cotidiano allí donde se tiene “el poder como ideología única”, pues el prejuicio ideológico deforma, en su perspectiva, “la mirada sobre el prójimo...” y erosiona la confianza social. Superar el acostumbramiento a lo anterior y erradicar de raíz la corrupción son desafíos para todo diálogo sincero y constructivo.

Según Bergoglio, la corrupción -lo prueba la experiencia venezolana- “lleva a perder el pudor que custodia la verdad, el que hace posible la veracidad en la verdad”. Empuja a lo que ocurriera hace poco y tuvo como protagonista al teniente Diosdado Cabello, “la desfachatez púdica”, que refiere Francisco; misma que llevó al primero a ofender la memoria de una de las víctimas de su violencia forjando pruebas y presentándolo como paramilitar.

En conclusión, para construir a la nación y ponerse a la patria sobre el hombro, Jorge Mario Bergoglio invita al diálogo, pero a un diálogo ético, pues “de lo contrario, se convierte en un eticismo, en una ética aparente y, en definitiva, en la gran hipocresía de la doble vida”.

En tiempos difíciles, dice, jamás se debe “favorecer a quienes pretenden capitalizar el resentimiento, el olvido de nuestra historia compartida, o se regodean en debilitar vínculos, manipular la memoria, comerciar con utopías de utilería”. Y sugiere evitar “la fatiga y la desilusión que no permiten ver el peligro principal” e impiden “afirmar el sistema democrático superando las divisiones políticas”.