• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

Al instante

El día oficial

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

El día oficial de la muerte de Hugo Chávez (recordemos que existen tantas y tan disímiles versiones sobre la fecha) nuestro editor adjunto para la época era Simón Alberto Consalvi y pidió expresamente escribir el editorial que El Nacional publicaría el día siguiente.

Nadie mejor que Simón Alberto Consalvi para asumir esa tarea, pues su larga e impecable carrera como político, su pasión por la historia y su experiencia en los laberintos del poder lo colocaban en una posición inmejorable para ubicar a Chávez y su largo mandato en una perspectiva equilibrada.      

Decía Consalvi en el editorial titulado “Un voto por la paz” que la noticia de la muerte del presidente de la república había sacudido “a todos los venezolanos, sin distingos políticos”, y que lo mismo sucedería “fuera de nuestras fronteras”.

Más adelante advertía a los venezolanos que esta era una hora de reflexión. “Este debe ser un momento de solidaridad y de tolerancia. Un momento para la paz y la convivencia. Y por consiguiente, todos, sin distingos, debemos esmerarnos en que esa paz se traduzca en un estado permanente de reencuentro y reconciliación, como ocurrió antes en nuestra historia, cuando el país se vio ante dificultades que pusieron a prueba nuestra condición de venezolanos”.

Lamentablemente estas palabras certeras no fueron objeto de atención de los burócratas del alto gobierno que, sin haber concluido las exequias, llamaban a la guerra contra el resto de los ciudadanos que no comulgaban con las orientaciones oficiales. Pareciera que en su fuero interno culpaban a los venezolanos de la larga agonía y muerte de su líder, cuando en verdad si alguien era responsable de lo que había sucedido era el gobierno rojito en su conjunto.

La comandita de militares y civiles que revoloteaban alrededor del presidente Chávez sabía perfectamente bien que llevárselo a Cuba era, en la práctica, condenarlo a muerte porque allá en La Habana no contaban con la experiencia ni con los equipos médicos que garantizaran por lo menos una cierta posibilidad de éxito. Pero para operarlo en Estados Unidos se necesitaba la bendición y la autorización de Fidel y eso era poco menos que imposible. Los cortesanos chavistas enviados a la isla no tenían estatura, ni valor ni fuerza para enfrentarse a los hermanos Castro.

Desde La Habana y de la manera más cínica y desconsiderada con los militantes del PSUV y sus simpatizantes en otros sectores sociales, el gobierno y sus voceros autorizados se dedicaron a dar declaraciones y emitir boletines oficiales llenos de falsedades, de burdas aseveraciones en el sentido de que Chávez se estaba recuperando, de que estaba haciendo ejercicios de rehabilitación, que firmaba decretos y tomaba decisiones de suma importancia para el país cuando en verdad era sabido que ya la enfermedad lo había devorado y que su muerte era cuestión de días.

No sólo los venezolanos le faltaban el respeto a un hombre que estaba agonizando y no podía desmentirlos y ordenarles que no convirtieran su muerte en un montaje teatral de baja estofa, sino que también los cubanos levantaron un muro de Berlín para que nadie en Venezuela, ni siquiera sus eternos seguidores o los venezolanos en general –que, al fin y al cabo, tenían todo el derecho (y que Fidel Castro y su grupito le habían expropiado–, se enterara de la enfermedad del mandatario.

Hoy, con la presencia de presidentes y representantes de otros países, con el alto mando militar, los embajadores acreditados en Caracas y decenas de  “invitados especiales bien pagados”, se llevará a cabo un desfile que en la historia de Venezuela jamás se había hecho para conmemorar el primer aniversario de la muerte de un presidente de la república.