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Graciela Melgarejo

El día en que todos nos entendamos mejor

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A veces, uno se pregunta si seguirá soplando el cierzo sobre los peligrosos acantilados de Cumbres borrascosas (Wuthering heights, la famosa novela de Emily Brontë). En realidad, quizá no fuera el cierzo, sino algún otro viento más impiadoso, pero para esta columna será el cierzo. Porque cierzo, con un simple cambio de letra en la página escrita, puede transformarse en ciervo. Ese animal tan bello -que indefectiblemente nos remite a la película Bambi y a su protagonista, el ciervo de cola blanca de Walt Disney-, por otro simple cambio puede transformarse en un siervo, ese esclavo de un señor que también puede ser la persona que adora a Dios.

En fin, trampas del lenguaje, que con sus embelecos nos hace trastabillar más de una vez. Es por esa "asociación por semejanza" de la que habla la psicología asociacionista, basada en una aparente similaridad, y que ha servido de base para tantas cosas, hasta concursos de televisión.

Aunque no parezca directamente relacionado, este tema estuvo presente también en el panel de periodistas reunidos para hablar sobre Cómo comunicar efectivamente: periodismo de concientización”, realizado el viernes pasado, en la primera jornada del III Congreso Internacional del Agua, en Villa Mercedes, San Luis. Uno de los participantes del público, un joven estudiante de geología, expuso sus problemas para hacerse entender por los estudiantes de Ciencias Sociales y explicarles por qué hay métodos mejores que otros para extraer minerales (obviamente, se refería al fracking, cuestión candente en las provincias mineras).

También asistente al debate, el ingeniero Víctor Pochat, asesor de las Naciones Unidas -y que después, ese mismo día, integró otro panel, éste sobre “Agua y planificación”-, comentó las propias dificultades en su profesión para que los que no son técnicos comprendan el discurso de los ingenieros: “Como nosotros estamos más acostumbrados a las líneas y las curvas, se nos da mal explicar con palabras”.

Alguien del panel recordó entonces que en los años 80, el doctor Enrique Belocopitow, discípulo y compañero de trabajo del doctor Luis Federico Leloir, había creado una agencia de periodismo científico, para que los periodistas se especializaran en ese lenguaje y los científicos argentinos pudieran, por fin, dar a conocer sus investigaciones sin miedo a que sus palabras fueran involuntariamente tergiversadas por desconocimiento.

Compartir las mismas palabras, o semejantes, no nos lleva siempre a comprendernos mejor. En los 70, cuando Salvador Bucca era el titular de Lingüística en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA, les enseñaba a sus alumnos que los términos técnicos eran unívocos, es decir, tenían un solo significado y, por ende, un contexto muy preciso. Pero hoy, tanto científicos como no científicos parecen tener más dudas que antes, y el lenguaje general y el técnico también reflejan esa situación.

En tanto esperamos ese momento luminoso en el que entenderse mejor no será una utopía, podemos compartir esta frase de la escritora polaca y premio Nobel de Literatura Wislava Szymborska: “Las cosas que no se saben son las que convierten la vida en algo fascinante”.