El Nacional

• Caracas (Venezuela)

Opinión

Ignacio Ávalos

Un día para el disimulo

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I. Desde hace tiempo, los terrícolas decidieron reservar casi todos, si no todos, los 365 días del año para refrescarse la memoria y tomar conciencia, añadido cierto remordimiento, con relación a asuntos en los que la sociedad muestra desacomodos o injusticias más o menos graves.

Inventaron, entonces, el día del preso, el del refugiado, el del ambiente, el del cáncer, el de la paz, el del anciano y paremos de contar, con el propósito de recordar, la mayoría de las veces, aunque no siempre, un déficit civilizatorio.

Así, la semana pasada, el 9 de marzo, se celebró el Día de la Mujer, establecido, según se supone, para no olvidar que a la mitad de la población mundial se la mira desdeñosamente como si fuera el "sexo débil" y, de paso, disimular en alguna medida el machismo, nunca muerto, en todo caso de parranda. Avances ha habido, cierto, pero todavía hay mucha agenda pendiente.

Diversos organismos ocupados en el tema -y cuya mera existencia debiera ser, de por sí, un bochorno- no paran en su necesidad de reiterar el derecho de las mujeres a una vida libre de violencia y de atropellos de variado calibre.

Cierto, hasta ahora en todos los ámbitos de su vida y en casi cualquier lugar, la mujer aún vive en condiciones de inferioridad con respecto a las posibilidades de realización de los varones de su propio entorno, injusticia que anida en las estructuras de una organización social en la que el papel de reproductora que la naturaleza le encomendó pareciera privar por sobre el ejercicio de sus derechos más básicos, los que le tocan como persona.

En todos lados se cuecen habas, incluso en espacios que presumen de más pulidos e ilustrados, el de la ciencia, por ejemplo, en donde, según leo en una revista especializada, se persiste en la búsqueda de diferencias en los cerebros masculinos y femeninos que expliquen y justifiquen la desigual presencia de hombres y mujeres en ciertos áreas académicas, justificando para ello un importante programa de investigación en biología y psicología que pretende analizar, entre otras cosas, los condicionamientos genéticos, hormonales y de la estructura cerebral que ocasionarían disímiles actitudes y disposiciones en los dos sexos para distintas tareas.

II. En esta porción tropical del mapamundi, en la que últimamente nos ocupamos más de ver cómo se dicen y nombran las cosas que en mirar cómo están, hemos puesto énfasis en el lenguaje, tratando de manejarlo conforme mandan los cánones vigentes en la política correcta.

Se habla ahora en masculino y femenino, puntualizando la distinción de género en las frases que se dicen, a pesar de que da flojera y de que ciertas exageraciones les dan un semblante artificioso. Pero, como digo, la realidad no se deja intimidar por las palabras y porfía en sus intenciones.

En consecuencia no es de extrañar, entonces, que las ONG que se ocupan del tema denuncien retardos y omisiones, prueba de que no todo anda bien. El Código Penal mantiene, según alegan, normas que contradicen los tratados internacionales firmados por el país en esta materia e igualmente lo dispuesto en la propia Constitución y en la Ley Orgánica sobre el Derecho de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia, aprobada en el año 2007.

Todo ello a pesar de la existencia de una prolija institucionalidad, la cual incluye al Ministerio del Poder Popular para la Mujer y la Igualdad de Género, entre varios organismos más, circunstancia que no evita, sin embargo, que la impunidad por la violencia contra las mujeres coquetee con 90%. Es que, como se sabe, la realidad no se deja doblegar, así como así, por el voluntarismo.

Harina de otro costal

Hay cosas que hay que decir, aunque hayan sido dichas antes. Hay que decir, entonces, que por los lados del 23 de Enero se está incubando una bomba de tiempo. Que por allá asoma una situación que niega todas las reglas, hasta las más básicas, de la convivencia ciudadana.

Que, bajo pretextos que se arropan con razones políticas, se privatiza el poder a un grado que ríete tú del neoliberalismo salvaje, mientras el Estado se vuelve casi un espejismo, por lo engañoso e inútil. Y decir, en fin, que no está bien que, como en otras cosas, los venezolanos nos habituemos a lo que ocurre en esa zona tan entrañable de Caracas.

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