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Eli Bravo

Todo lo que hay detrás de esos gritos

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Hace días pegué cuatro gritos. Bueno, ocho quizás. Me sentía tranquilo, disfrutando una pausa entre las grabaciones de Inspirulina radio, cuando repicó el celular. No reconocí el número, pero atendí. Apenas escuché la voz supe que había caído en la trampa. Era una llamada de telemercadeo ofreciéndome un paquete de larga distancia internacional.

Con tono amable (pero molesto por la interrupción) decliné la oferta y pedí ser retirado de esa lista de contactos. Inútil, al otro lado el hombre proseguía su discurso como si no me escuchase. Con mayor firmeza repetí la demanda, pero el tipo subió el volumen y continuó embalado. Entonces exploté y lancé una mentada de madre que se escuchó en Pekín.

Los instantes que siguieron sirvieron para pensar en otros insultos mucho más creativos y acordes con la ocasión. Sin embargo, como esto no me resultaba de mucha utilidad, cerré los ojos y respiré (asunto que podría haber hecho antes de gritar). Reconocí que estaba rabioso, quizás porque estas llamadas de telemercadeo siempre me han parecido invasivas. Sin duda, mi reacción fue desproporcionada: me había catapultado de la emoción a la acción sin freno.

Esta llamada no solo me sacó de mis casillas. También me ayudó a observar el cortocircuito que me hizo saltar de la molestia al grito en segundos.

“Un estado emocional es tu acción interna y una conducta es tu acción externa”, escribe Elijah Nisenboim en su libro ¿Qué hay en tus raíces? “Sentir hostilidad hacia alguien es un estado, mientras que lanzarle una piedra es una conducta. Muchas personas en el proceso de controlar su conducta niegan su estado emocional. Pero negar tu estado es negar tu realidad”.

Las emociones siempre nos comunican algo, pero a veces no somos conscientes de ellas y así desarrollamos conductas poco saludables. Es el caso de la gente irascible, ansiosa o conflictiva. Prisioneras de patrones de pensamientos y creencias, reaccionan de forma automática sin detenerse a entender lo que sucede (o mejor dicho, lo que están sintiendo). Si lo hacen es para culpar a los demás. Muy pocas veces se toman el tiempo de mirar hacia adentro.

Nisenboim sugiere que para romper estos patrones hay que trabajar la emoción de tres formas: observar, experimentar y aceptar.  Lo primero es prestar atención a lo que nos está sucediendo en el momento para entender que esa emoción está ahí independientemente del suceso que la hizo aflorar. O sea: que todos cargamos dosis de rabia, alegría, tristeza o confusión, y que si bien los eventos o las personas pueden actuar como detonantes, lo cierto es que esas emociones son nuestras y somos responsables de ellas.

Experimentar significa sentirlas sin juzgarlas o reprimirlas. Ojo, recuerda que una cosa es sentirlas y otra es actuar. Al sentir las emociones nos conectamos con ellas y podemos explorar con mayor profundidad en sus orígenes. Así podemos conocernos mejor y ejercer la libertad, o la capacidad de elegir, la mejor forma de proceder.

Aceptarlas es dejar de resistirlas y comprender que las emociones están allí para enseñarnos algo. En la medida en que integramos esas emociones a nuestra vida, podremos manejarlas mejor, incluso, cambiarlas. Así, podemos aceptar, por ejemplo, que la rabia existe para decirnos algo. En mi caso, para aprender a fijar límites y crear relaciones casa vez más sanas.

Esto jamás podría habérselo explicado al caballero que recibió mis gritos, pero le agradezco la llamada, al igual que le pido disculpas por mi reacción.

Claro, espero que me hayan retirado de la lista de telemercadeo porque si vuelven a llamar…