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Antonio Ledezma

¿Cómo la detenemos?

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¡A la inflación! Sí, de eso es lo que hablamos. No de María Corina, que se abre paso como una tromba desafiando la más feroz persecución que se haya desatado contra una mujer en estos últimos 50 años en Venezuela. A María Corina le allanan su inmunidad, para arrebatarle de un plumazo la diputación, esa curul que le asignó el pueblo en elecciones celebradas en medio de un ventajismo inocultable.

A María Corina la golpean, la arrastran por el piso, la denigran, la difaman, la calumnian, la persiguen dentro y también cuando viaja, y no precisamente a turistear, sino a defender la democracia venezolana en cuanto organismo internacional consigue que le den la palabra para llamar por su nombre, directa y firme, la tragedia que sobrellevamos los ciudadanos de un país secuestrado por la yunta Castro-madurista.

Mientras escribo esta crónica María Corina, valientemente, se presenta en la fiscalía general de la república, planta cara a otra maniobra. Esta vez el guion la señala como magnicida, algo que no podrán probar jamás porque sencillamente nunca eso ha pasado por la cabeza de una mujer que ha dado la pelea con su rostro expuesto al sol. 

La ruta es transparente, avanza defendiendo sus ideas, transitando por la vía democrática y constitucional. Pero hay que pararla de alguna manera, esa es la orden, por eso montan esa patraña. Pero el régimen sabe que tiene una “papa bien caliente entre sus garras”, porque María Corina no solo es valiente, sino que tiene unas convicciones muy aceradas, y eso cuenta muchísimo cuando se brega contra un régimen autoritario como este que resistimos los venezolanos. Ella no quiere facturar ni como heroína ni como santa venerable, pero sí como una ciudadana resuelta a permitir que brote de su alma lo más excepcional de la mujer venezolana: la determinación. La fe en lo que se hace. La razón de una lucha que tiene destino y propósitos nobles.

Solo el tiempo dictará la sentencia que habremos de aceptar sin regateos y sabrá evaluar a cada uno de los que hemos gritado consignas para advertir esta calamidad. Para juzgarnos a los que sabiendo la dimensión de los riesgos que se corren nos hemos atrevido a acompañar a los estudiantes en una épica batalla por la libertad, por la justicia y la auténtica paz que desde el gobierno proclaman pero termina siendo el gran embuste del siglo. Porque no podrá florecer la paz del callejón oscuro donde entre penumbras se reparten como un botín de Alí Babá lo que queda de un país fusilado a mansalva con la metralla de la corrupción, el despilfarro, la incapacidad y la indolencia. Un país cuyas instituciones han sido devastadas en la molienda instalada en los centros de poder que sin contemplación alguna han triturado los órganos que deberían  ser sólidos y solventes, si de verdad se aspira a vivir en democracia.

La verdadera causa de los desequilibrios que hoy ya no podemos ocultar, por más que maquillen lo que ocurre en Pdvsa y en el Banco Central de Venezuela, es que no hay justicia, y mal puede haberla en un país donde los tribunales, los entes llamados para controlar a los gobernantes y servirles de contrapeso a los ciudadanos de a pie han sido trastocados en herramientas manipuladas por simples “comisarios políticos” comprometidos con los intereses políticos del régimen. Pero los encopetados del gobierno saben que los líderes contestes con esta situación y decididos a luchar por nuestros ideales “somos duros de matar”, parafraseando aquel título que definía a una película de Hollywood.

No detendrán a María Corina, como tampoco, lamentablemente para los venezolanos, detendrán –por lo menos con las políticas de este gobierno– la inflación, la devaluación ni la inseguridad.