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Ricardo Hausmann

La desmesura de la tecnología

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No hay nada mejor que un lenguaje poco claro para sembrar el caos –o facilitar el consenso–. Según Ludwig Wittgenstein, los problemas filosóficos no son más que una consecuencia del mal uso de las palabras. Por el contrario, el arte de la diplomacia consiste en encontrar una forma de expresarse que oculte el desacuerdo.

Una de las ideas que hoy los economistas comparten de manera casi unánime es que, más allá de la riqueza mineral, la mayor parte de la enorme diferencia de ingresos entre los países ricos y los pobres no se puede atribuir ni al capital ni a la educación, sino a la “tecnología”. Entonces, ¿qué se entiende por tecnología?

La respuesta a esta pregunta explica un inusual consenso entre los economistas, puesto que la “tecnología” se mide como si fuera “ninguna de las anteriores” en un examen de opción múltiple. Es decir, es un residuo –al que el Nobel Robert Solow denominó “productividad total de los factores”– que permanece inexplicado aún después de dar cuenta de otros insumos de la producción, tales como el capital físico y el humano. En las acertadas palabras dichas por Moses Abramovits en 1956, este residuo es poco más que “una medida de nuestra ignorancia”.

Por ello, estar de acuerdo con la idea de que la “tecnología” explica las diferencias en la riqueza de las naciones suena más significativo que confesar nuestra ignorancia, pero en realidad no lo es. Y, es esta ignorancia la que debemos resolver.

En una importante obra, W. Brian Arthur define la tecnología como la colección de aparatos y prácticas de ingeniería de las que dispone una cultura. Dado que los aparatos se pueden poner en un contenedor y enviar a cualquier parte del mundo, y que las recetas, planos y manuales de instrucción se pueden poner en línea y así ser fácilmente accesibles, sería lógico concluir que el Internet y el libre comercio deberían hacer que las ideas y los aparatos que llamamos “tecnología” estuvieran disponibles en todo el mundo.

De hecho, gran parte de la teoría moderna del crecimiento, que arranca con los estudios de fines de los ochenta del siglo pasado de Paul Romer, proviene del concepto de que las ideas son las que causan el crecimiento, pero estas son difíciles de crear y fáciles de copiar. Por eso es que se requiere proteger a los creadores de ideas con patentes y derechos de autor, o subsidios fiscales.

Entonces, dado que es fácil copiar ideas y fácil enviar aparatos, ¿por qué persisten las grandes brechas tecnológicas entre los países?

Cuando algo perturba un orden natural benévolo, es natural querer escuchar historias de buenos y malos. Por ejemplo, el argumento que defienden Daron Acemoglu y James Robinson en su libro ¿Por qué fracasan las naciones? es esencialmente que la tecnología no se difunde porque las élites gobernantes no desean que se difunda. Dichas élites imponen instituciones extractivas (malas) en lugar de adoptar instituciones inclusivas (buenas), y como la tecnología podría debilitar su control sobre la sociedad, prefieren prescindir de ella.

Como venezolano preocupado por el colapso que sufre mi nación en estos momentos, no tengo dudas de que ha habido numerosas instancias en la historia de la humanidad en las cuales quienes detentan el poder han impedido el progreso. Pero al mismo tiempo, me sorprende la frecuencia con que los gobiernos que adoptan como meta el crecimiento compartido no la logran –como la Sudáfrica post-Apartheid, por ejemplo.

Dichos gobiernos promueven la escolaridad, el libre comercio, los derechos de propiedad, los programas sociales y el Internet. Sin embargo, las economías de sus países siguen sin despegar. Si la tecnología es el secreto del crecimiento y es solo un conjunto de aparatos e ideas, entonces ¿qué les impide progresar?

El problema reside en que un componente clave de la tecnología es el knowhow o saber-hacer, es decir, la capacidad de llevar a cabo una tarea. Y, a diferencia de las ideas, este knowhow no involucra la comprensión ni puede adquirirse a través de ella.

El campeón de tenis Rafael Nadal en realidad no sabe lo que hace cuando se anota un punto al devolver un saque. Sabe cómo hacerlo, pero ponerlo en palabras le sería imposible y, aunque lo hiciera, ello no haría que los demás fuéramos mejores jugadores de tenis. Sobre este conocimiento tácito, el científico y filósofo Michael Polanyi diría: “Sabemos más de lo que podemos expresar”.

Por lo tanto, no es necesario recurrir a las élites extractivas ni a otras fuerzas malignas para explicar el motivo por el cual no se difunde gran parte de la tecnología. Ello sucede porque la tecnología mayormente requiere de knowhow, o sea, de la habilidad para reconocer patrones y responder a ellos mediante acciones efectivas. El knowhow es un cableado del cerebro que se logra solo a través de años de práctica y, por eso, la difusión de la tecnología es muy lenta. Como lo he sostenido en columnas previas, el knowhow se desplaza geográficamente cuando se mueven los cerebros que lo contienen. Y solo cuando esto ocurre es posible capacitar a otras personas.

Más aún, como el knowhow se ha ido haciendo cada vez más colectivo en lugar de individual, su difusión se hace aún más lenta. El knowhow colectivo se relaciona con la capacidad de realizar tareas que no se pueden llevar a cabo de manera individual, como tocar una sinfonía o distribuir el correo: ni un violinista ni un cartero es capaz de hacerlo por su propia cuenta.

Asimismo, una sociedad no puede simplemente imitar la idea de Amazon o de eBay a menos que muchos de sus ciudadanos ya cuenten con acceso a Internet, tarjetas de crédito y servicios de correo. Dicho de otra forma: implementar nuevas tecnologías requiere que otras tecnologías se hayan difundido previamente.

Es por esto que ciudades, regiones y países pueden absorber la tecnología solamente de manera gradual, generando crecimiento a través de la recombinación del knowhow que ya tienen, quizás añadiéndole algún componente, como un contrabajista para completar un cuarteto de cuerdas. Pero es imposible pasar de golpe desde un cuarteto a una orquesta filarmónica porque faltarían muchos instrumentos y, más importante aún, muchos músicos que supieran tocarlos.

El progreso se produce penetrando en lo que el biólogo teórico Stuart Kauffman llama el “adyacente posible”, lo que significa que la mejor manera de descubrir lo que pudiera ser factible en un país es teniendo en cuenta lo que ya existe allí. Es posible que en algunas ocasiones haya causas políticas que impidan la difusión tecnológica, pero en gran medida, la tecnología no se difunde por la naturaleza misma de la tecnología.

 

*Ex ministro de Planificación de Venezuela y ex economista jefe del Banco Interamericano de Desarrollo, es profesor de economía en la Universidad de Harvard, donde también es director del Centro para el Desarrollo Internacional.

 

Copyright: Project Syndicate, 2014