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Antonio López Ortega

Los desheredados

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En esta América hispana visitada por jefes de grandes potencias, honrada por cancilleres foráneos que intervienen en la cumbre del Caricom, abierta hacia los mercados orientales a través de la Alianza del Pacífico; en esta América civil que se estabiliza políticamente y cerca a la pobreza con programas novedosos como los de Brasil, Chile o Perú; en esta América de grandeza cultural que convoca a 200 especialistas en Panamá para debatir en un congreso sobre el futuro de una lengua que hablan más de 500 millones de personas; en esta América diversa que huye de crisis económicas y apuesta al crecimiento sostenido que reflejan todos nuestros países vecinos, ¿qué lugar ocupa Venezuela? Se diría que ninguno.

País olvidado, menospreciado, incómodo, todas sus señales son las del desatino, la mediocridad, el extravío. Un país que no se halla, que es sistemáticamente torpe, que ha involucionado, que ha perdido las formas de relacionarse, que ignora su tradición institucional. Su liderazgo es el peor en mucho tiempo: sin formación, sin inteligencia, sin programa; apenas primario cuando sus andanzas no superan los gritos, las amenazas, los chantajes.

Un país sin voz, sin personalidad, sin cultura; apenas una horda de exaltados que por toda respuesta recurren a la cartilla doctrinaria en la que tampoco creen. “La herencia de la tribu”, para usar una frase de Ana Teresa Torres, no podía ser otra: como el difunto supremo no dejó epitafio alguno, pues entonces estamos en manos de los desheredados.

Son los desheredados los que permiten, incluso, la expoliación de la nación. Veamos un ejemplo en las palabras del catedrático y economista cubano Carmelo Mesa-Lago, profesor de la Universidad de Pittsburgh y, para más señas, enemigo histórico del embargo norteamericano. Entrevistado por El País, afirma Mesa-Lago que Venezuela le asegura a Cuba: a) el 42% del intercambio comercial, b) el 44% de la balanza comercial, c) el 62% del petróleo que consume.

Adicionalmente, los llamados “servicios profesionales cubanos” (misioneros del siglo XXI) representan ingresos de 4.000 millones de euros al año. Esta “ayuda” equivale al 21% del PIB isleño, similar al que generó la Unión Soviética en el mejor momento de la relación binacional.
Son también los desheredados unos seres sin memoria: nada saben de diplomacia, de economía, de agricultura, de producción.

Tampoco los que han pasado por la Academia Militar parecen haber aprendido nada: salvo el arte de enriquecerse con las arcas públicas o con las industrias ilícitas. Parecería que sólo una guerra, para la que suponemos están preparados, los podría sorprender en su precariedad infinita. Intuimos que el arte de la fuga, por ejemplo, se les impone como una asignatura pendiente.

Nadie visita, ni piensa, ni convoca, a nuestra pobre comarca de desheredados. Sólo tocan a la puerta los vendedores, los acreedores y los que buscan petróleo a precios de gallina flaca. Nuestro desiderátum de país minero llega a su cota más alta, con la sola diferencia de que esta vez nos hemos quedado sin mineros, pues no hay quien extraiga la riqueza.

La América hispana se desenvuelve por otros rumbos, anima otras visiones, renueva sus imaginarios, aprende de sus errores; con los mismos legados (idioma, riquezas, paisajes), construye otros destinos. Pero no son esos los derroteros que nos mueven o conmueven, sino ir a contracorriente o barranco abajo. Qué pena honda reconocer que después de 180 años de construcción republicana, la frase de Bolívar –moral y luces– tenga tanta vigencia.