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Maximiliano Tomas

El deseo de que cada lectura vuelva a ser la primera

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Ojalá pudiéramos evitar lo que solo unos elegidos podrán: la llegada de ese momento en el que envejecemos y dejamos de hablar la lengua del presente. Cuando eso le sucede a un escritor, o al menos a uno al que solíamos admirar, el hecho es doblemente lamentable. Hace algún tiempo, antes de anunciar su esterilidad creativa y la renuncia a volver a escribir, Philip Roth se quejaba en una entrevista: “La concentración, el foco, la soledad, el silencio, todas esas cosas tan necesarias para una lectura seria ya no están al alcance de la gente”. Pasemos por alto la evanescente categoría de “lectura seria”. ¿Es que acaso en la actualidad ya nadie lee, señor Zuckerman? En una línea de razonamiento similar, el ensayista y traductor inglés Tim Parks acaba de publicar en The New York Review of Books un artículo al que tituló “Leer: esa lucha (Reading: The Struggle)”, en el que se pregunta cómo la literatura contemporánea podrá adaptarse a estos tiempos, ya que ninguna forma de arte puede desarrollarse al margen de las condiciones en que es creada y difundida. “Me refiero al estado de constante distracción en el que vivimos y cómo afecta eso la capacidad de sumergirnos en una obra de ficción (...) Porque en la actualidad, cuando leemos, hay cada vez más interrupciones y distracciones. Y no es solo que nos interrumpan; es que estamos inclinados a la interrupción”.

Parks imagina que esta forma de leer, salteada e intermitente, dejará huella en la literatura del futuro: que los textos deberán modificar la manera en que se ofrecen a este lector inconstante y distraído, si es que quieren sobrevivir. Pero Parks parte de una idea por lo menos discutible, ya que da por sentado que todo autor reflexiona sobre estas cuestiones a la hora de sentarse a escribir, lo que no es así. Es más, por fortuna hay muchos autores que ni siquiera se preocupan por satisfacer los anhelos de aquel hipotético lector. ¿Que hay menos tiempo para el ocio y la lectura en la actualidad que hace treinta o cincuenta años? ¿Que las maneras de leer adoptan un carácter menos reposado? ¿Es todo esto tan nuevo como nos quieren hacer creer? Por otro lado, si uno tiene ganas de leer sin ser molestado, el asunto no parece tan difícil: debe agarrar un libro, sentarse en medio de una plaza y apagar el teléfono celular.

Un lector frecuente de literatura (como el que imaginan Roth o Parks) se enfrenta hoy a otros problemas, y más complicados de resolver. Por ejemplo: todos recordamos la primera vez que descubrimos la obra de algún escritor fundamental (Flaubert, Proust, Kafka, Borges, Cheever, Faulkner, Hemingway), y la sensación de novedad que esa lectura trajo aparejada. Como se dice que sucede con los consumidores de heroína, se trata de un efecto inaugural tan poderoso que nos condena a buscar su repetición (“chasing the dragon”), si no en el mismo autor, lo que suele ser imposible, al menos en los que nos quedan por descubrir. Y por lo general, se trata de una búsqueda infructuosa. El historiador suizo Jean Starobinsky cree que esta acechanza es la que define la tarea de un lector profesional: “El crítico debe permanecer en un estado de insatisfacción siempre inaugural”. Inaugural. Esa es la clave ¿Pero cómo?

No existe una fórmula, o cada uno tendrá la suya. Se podría empezar por leer a todo autor prescindiendo de cualquier información accesoria: recomendaciones, críticas anteriores, publicidades, contratapas y fotos de solapa. Lo más importante sería lograr una disposición mental adecuada para enfrentarse al libro como si fuera, otra vez, el primero. O el último. Dejarnos sorprender por la propuesta del autor y evitar nuestra peligrosa zona de confort: evitar leer (como muchas veces lo hacemos con los libros, pero también con el cine, la música o el teatro) para encontrar lo que de antemano estábamos buscando. Pensar que las mejores obras no solo reclaman nuestra atención, sino que nos exigen otras formas de pensar, el desarrollo de una nueva sensibilidad.

Un buen lector debería poder enfrentarse a cada libro por descubrir en un estado de relativa inocencia, debería aceptar el desafío de volver a aprender a leer con cada nuevo autor. Claro que para eso debería existir una contrapartida: que del otro lado haya un escritor que a la vez haga su trabajo. Es decir, un autor interesante que hable la lengua del presente, evite repetirse, envejecer y escribir una y otra vez el mismo libro. No son muchos, pero algunos quedan.