• Caracas (Venezuela)

Opinión

Al instante

Sergio Dahbar

Así desaparecen los mitos

autro image
  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

Aquel hombre arriesgado sorprendió al mundo con el mayor robo de tren de la historia de Inglaterra, el 8 de agosto de 1963. Se llamaba Ronald Biggs y falleció en los últimos días de diciembre pasado, cincuenta años después de protagonizar el robo del siglo.

En minutos se llevaron el botín que trasportaba el Correo Real Glasgow-Londres: 120 bolsas que contenían 2.631.748 libras esterlinas (cerca de 60 millones de dólares de hoy).

Todo salió demasiado bien, pero los quince hombres dejaron huellas. La policía tenía el mandato de atraparlos. Y lo hicieron. Pero ningún interrogatorio logró violar el pacto de silencio que habían sellado. Nunca se encontró el dinero. Esa actitud fue castigada, aun cuando no hubo víctimas, con penas de 15 y 30 años.

Biggs estuvo preso en la cárcel de Wandsworth dos años, hasta julio de 1965. Un día de ese mes se acercó a una ventana, rompió el vidrio y se lanzó al vacío. Cayó sobre unos colchones en un camión que lo ayudó a escapar. La huída fue aparatosa, como si hubiera pensado en escribir el guión de su propia película.

Escapó a Francia, donde cambió de cara y documentos. De París comenzó un largo peregrinaje hacia Australia y de ese país, que comenzó siendo una enorme cárcel para delincuentes ingleses en el siglo XIX, huyó por el Pacífico hacia Chile y Bolivia, para residenciarse en Brasil.

Cumplía así el mito de los hombres que deseaban escapar con mucho dinero ajeno hacia el exótico Brasil, para retratarse con un trago y una mulata sandunguera. Las autoridades inglesas finalmente dieron con el paradero del Biggs, pero no pudieron extraditarlo porque esperaba un bebé de una brasileña llamada Raimunda. La ley de Brasil lo protegía y lo anclaba en Río de Janeiro.

En 1980 un grupo parapolicial lo secuestró en la calle. Al advertir lo que ocurría, se encontraba en un avión que haría escala en Barbados (un país que sí tenía extradición a Inglaterra) antes de dirigirse hacia Londres. Pero una vez más la suerte, la ayuda de abogados y la prensa hicieron el trabajo a favor de Biggs. Fue devuelto a su paraíso carioca por una orden judicial.

Una historia como la de Biggs tenía que ingresar en el cine. Y así lo hizo en 1967 con El gran robo, del realizador Peter Yates. La cinta utiliza nombres de mentira y cambia algunos de los aspectos del asalto. La adaptación más verosímil fue Buster (el gran robo), de 1988, protagonizada por Phil Collins. El director David Green utilizó la versión de Buster Edwards, otro de los asaltantes.

El personaje de Biggs aparece en Mrs. Biggs, cinco episodios británicos que narran la vida de Charmian Powell, pareja de uno de los ladrones más famosos de Inglaterra. Allí se cuentan los años previos al atraco y las vivencias posteriores, incluyendo Río de Janeiro.

La más reciente de las adaptaciones de este histórico robo se estrenó el pasado 18 de diciembre, en la BBC, y curiosamente coincidió con la muerte de Biggs: The Great Train Robbery. Esta serie de dos películas resalta la versión de otro de los asaltantes, Bruce Reynolds.

Lo que no logró Scotland Yard, ni sus sabuesos a sueldo, pudo hacerlo la vejez y la melancolía. Biggs sintió nostalgia por su país de origen, se cansó de interpretar el papel del ladrón que daba entrevistas, y las amantes que buscaban dinero comenzaron a desaparecer.

Se entregó a las autoridades británicas el 7 de junio de 2001. Regresó a Albión en un avión alquilado por el periódico sensacionalista The Sun, que montó un espectáculo como si se tratara de una estrella de rock.

Aunque los oficiales ingleses recibieron a Biggs como si hubieran atrapado al ladrón del siglo, con una parafernalia espectacular, encontraron un cuerpo inservible que se había gastado todo el dinero que les había robado a los bancos de la corona. Ya no había forma de castigarlo como querían. Carecía de verdadero interés.

Pero nunca perdonaron que este trabajador inglés, educado con un notable respeto por el esfuerzo, los haya timado en público. Como no le perdonó jamás uno de los operadores del tren de 1963, James Mills, que lo hayan golpeado para asumir el control de la locomotora.

Mills dejó de trabajar por las secuelas del golpe que recibió en la cabeza. Y sobrevivió con un rencor incurable cada vez que veía a Biggs en televisión, fotografiado con un famoso, bronceado, en una playa brasileña, con una morena al lado.