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Carlos Delgado Flores

Al derecho y al revés

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El otro día, conversaba con Luis Lauriño, colega y amigo, investigador en la UCAB, a propósito de su artículo “Estado total, trabajadores y empresarios”, publicado recientemente. En el texto, Lauriño argumenta la inviabilidad del desmontaje de la revolución a partir de los acuerdos que puedan alcanzarse en la Conferencia Económica de Paz, puesto que el régimen ha apelado a la movilización total (guerra total) para subordinar la política a la guerra; cita a Ernest Jünger y a Erich Lundendorff (teóricos de la guerra) para explicarse: “Cada campo penetra en los otros y como no puede ser de otra forma en la guerra total” para luego concluir: “ El concepto de guerra total concebía así la completa subordinación de la política a la guerra, y con ello al Estado total”.

Recuerdo que le comenté dos cosas, a partir de este texto: 1) puesto que la lógica del gobierno es bélica, amparada subrepticiamente en la doctrina de seguridad nacional, pareciera un despropósito plantearse una mesa de diálogo para encontrar una solución política al conflicto venezolano, especialmente porque 2) el postulado de Carl von Clausewitz, de que “la guerra es la continuación de la política por otros medios” no parece ser reversible, es decir: no luce lógico suponer que “la política es la continuación de la guerra por otros medios”. Sin embargo, el gobierno ha hablado con tanto desparpajo y por tanto tiempo, de cosas como la “ofensiva económica”, el “golpe de Estado continuado”, la “guerra contra el imperialismo”, que ya nos va resultando, si no lógico, común, el pensar estos cinco quinquenios como los capítulos de una guerra que transcurre a mitad de camino entre lo simbólico y lo real.

El gobierno en función de Estado ha ejercido el autoritarismo electoral, ha hegemonizado los espacios de autonomía y ha movilizado recursos, tiempo y gente para cerrarles el paso a las opciones de los adversarios; si ha sido negligente hasta el punto de la criminalidad pasiva con el tema de la seguridad ciudadana, lo ha hecho, acaso, por considerar como “el enemigo” a toda forma de disidencia, sea esta la oposición, los estudiantes, los trabajadores o incluso los antiguos correligionarios. Organizó las cosas para que hubiera siempre elecciones y clientela, hasta que no hubo ni citas comiciales ni divisas. Aceptó incorporar a la MUD como statu quo en la denominada mesa de diálogo cuando vio, acaso más erguidos que de costumbre, sobre sí, a los dedos acusadores de la comunidad internacional, confiando en podía congelar el tiempo en su favor.

Pero a poco más de cien días de conflicto, con una ley norteamericana que golpea a los jerarcas de la burocracia mandante en el bolsillo (que no en el corazón); con los signos inminentes de una recesión, con un ciclo de protestas que alterna su expresión en la calle, con un fragor subterráneo que poco a poco les va aumentando su volumen, con un costo de tolerancia aun más alto que el costo de represión; cabe preguntarse por las razones para apelar nuevamente a los guiones exitosos, al uso de la telenovela latinoamericana, que favorecida por la audiencia, incorpora los formulismos adecuados, debidamente asentados en el manual: el sabedor del secreto se queda mudo y parapléjico, el muchacho de la película pierde la memoria, aparece la hija perdida del potentado, entre otras lindezas del melodrama.

Y así van las preguntas: ¿No fue correcta la estrategia de la oposición de participar en una elección tras otra hasta convertirse en statu quo? ¿Es posible negociar con quien tiene todo por perder en un tablero electoral? ¿Es posible negociar con quien tiene todo por ganar en un conflicto bélico, alegando hasta la náusea, la subversión? ¿Es posible negociar con alguien que convierte la negociación en un juego suma cero? ¿Es posible negociar con alguien sin reconocerle sus posiciones? ¿Es posible negociar sin buscar intereses comunes?… ¿Es posible negociar sin poder? ¿Qué clase de poder es el más eficaz para negociar? ¿El poder de coacción, que suele medirse en calibre? ¿El poder monetario, coactivo según el número de ceros que se sumen a una cuenta? ¿El poder de convicción que suma voluntades a conciencia? ¿Qué poder tiene cada quien?

Ya el lector estará persuadido de que hago preguntas cuando debería estar diciendo cosas que le generen preguntas, o le hagan sentir que puede formularse algunas respuestas, ¡qué bueno fuera! Pero no es tan simple, a veces nos pasa como en la frase atribuida a Benedetti: “Cuando creíamos que teníamos todas las respuestas, de pronto, cambiaron todas las preguntas”.  Los latinos tenían un proverbio: Si vis pacem, para bellum (si quieres la paz, prepárate para la guerra), alguna vez se lo escuché decir a Hugo Chávez, en alguna de sus innumerables cadenas. ¿Debemos decirlo también nosotros? Creo que no, a menos que creamos que, efectivamente, lo que dijo von Clausewitz sí puede estar al revés.