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Plinio Apuleyo Mendoza

Una democracia sin salvavidas

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La caída del Muro de Berlín permitió a Francis Fukuyama anunciar algo inesperado: nada menos que el fin de la historia. El politólogo norteamericano quería decir con ello que, liquidado el comunismo, desaparecía para siempre el litigio entre sistemas políticos y económicos opuestos y solo quedaba como única alternativa para Occidente la democracia liberal. Ninguna otra ideología quedaría en pie para oponerse.

Hoy vemos que tal pronóstico encerraba solo una ilusión. Como bien lo ha señalado Guy Sorman, formas antiguas del pensamiento autoritario han renacido en Europa: el nacionalismo, la xenofobia y hasta ciertos esbozos de autarquía económica. Tales son los brotes que se advierten hoy en España –especialmente en Cataluña y el País Vasco–, en la Lombardía italiana y en Bélgica por cuenta de los flamencos. La xenofobia ha permitido en Francia el auge del Front National, el partido de Le Pen y ahora de su hija.

En América Latina, de su lado, el pronóstico de Fukuyama pareció florecer en las postrimerías del siglo XX. Reinaban como única alternativa la apertura y el modelo de economía liberal. Con excepción de Cuba, que al lado de Corea del Norte aparecía entonces como un agónico rezago comunista del pasado, la democracia en el continente había acabado con las viejas dictaduras.

Lo que nos trajo el nuevo siglo fue algo muy inquietante y totalmente inesperado: la reaparición del caudillo que, con todos los poderes en su mano, apareció en Venezuela y luego en Bolivia, Ecuador y Nicaragua. Su llamado socialismo del siglo XXI unía viejos genes castristas y fascistas a los de un neopopulismo. Por cierto, la fórmula “caudillo, ejército, pueblo” se la dio a Chávez el argentino de extrema derecha Norberto Ceresole.

En este socialismo del siglo XXI, como bien lo señala Enrique Krauze, el Poder Judicial pierde toda su independencia, el Legislativo se ajusta a los deseos del Ejecutivo y los procesos electorales no garantizan la libertad del sufragio. Su mito, en el campo económico, son las expropiaciones que arruinan a la clase empresarial y empobrecen a la clase media. Inflación, déficit fiscal, escasez, desempleo e inseguridad son los funestos resultados de este experimento.

¿Cómo se llegó a semejante desastre? ¿Qué riesgo tiene de extenderse a otros países, incluso a Colombia? Pues bien, la reaparición de los caudillos y la resurrección del socialismo en América Latina bajo la directa influencia cubana tienen sin duda como origen el desprestigio absoluto de los partidos y el divorcio entre el mundo político y la sociedad. Y, como consecuencia de ello, la búsqueda de un outsider que ofrezca una ilusión de cambio.

El clientelismo y la corrupción que genera los estamos viendo aparecer en Colombia. Político es para la gente del común un rótulo que inspira desconfianza. A tal punto se ha llegado que, según las encuestas más recientes para las próximas elecciones presidenciales, el treinta por ciento de los electores prefiere votar en blanco. Ante semejante desánimo, el dinero se ha convertido en el verdadero agente electoral. Reinan los caciques. La mermelada, y ella en primer término, va a asegurar la reelección de Santos. También lo serán, cómo no, el tema de la paz y un posible acuerdo con las FARC, sin importar las peligrosas exigencias que estas formulan.

¡Pero cuidado! Cuando en el segundo gobierno de Santos comience a cundir el descontento y nos demos cuenta de que la clase política sigue con las mismas prácticas, una tercería de izquierda, guiada ahora por las FARC y por el poder que han adquirido en muchas regiones, le abrirá las puertas, inevitablemente, al socialismo del siglo XXI. Lo sucedido con Petro en Bogotá es un peligroso anticipo de tal fenómeno.