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Freddy Carquez

El músculo social (II)

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Hace unos meses abordé el tema, cuando en el seno de la MUD la comprensión sobre la importancia del protagonismo de la sociedad continuaba ausente; incluso me permití contradecir opiniones de Ramón Guillermo Aveledo y señalar la debilidad de la política electoral desarrollada por la alianza frente a la coyuntura de las elecciones municipales, resultados exitosos finalmente, pero como producto del surgimiento del músculo social en su expresión local y de base, sobrepasando ampliamente el electoralismo y la exclusión partidista.  

Los resultados municipales de 2013, aun careciendo de una sustancial democratización de sus representantes, al negarse la elección en primarias de los concejales, dejando a la arbitrariedad y discrecionalidad partidista su selección, colocando además la importancia de ellas en un segundo plano al insistirse en el dilema presidencial. Aun con esa carga de errores, los resultados sobrepasaron ampliamente los cálculos, dejando por fin en el escenario de la política venezolana la emergencia de las fuerzas de la comunidad en teatros urbanos de acción política de extraordinaria importancia.

El asombro producido en Miraflores, frente a la reaparición del movimiento estudiantil en franca oposición a las políticas públicas del gobierno, ahora de la mano de los ciudadanos tachirenses, merideños, valencianos, barineses, barquisimetanos, marabinos, maracayeros, margariteños, guayaneses o caraqueños, no es otra cosa que cinismo de las “cúpulas podridas” del PSUV.

Por favor, Nicolás, Diosdado, Merentes, Ramírez, Jaua, Bernal, Cilia, Jorge, Blanca, Delcys, Adán, Rodríguez Torres, Aristóbulo, esa es una conducta obscena, como lo es la responsabilidad de los gobernadores Ameliach o del inefable Vielma Mora en los asesinatos cometidos en sus respectivas regiones durante las protestas recientes.    

En los resultados electorales presidenciales de abril de 2013 quedó al desnudo la franca erosión de la legitimidad del poder chavista, no solo por la pírrica diferencia de votos, sino por la existencia de todo un bloque político de franca oposición social a las políticas económicas del gobierno, cuyo progresivo crecimiento es consecuencia de los graves errores y horrores cometidos durante años, en la administración del Estado, gestándose al interior de nuestras comunidades un franco y parece que irreversible deterioro de la credibilidad del otrora poderoso movimiento chavista.

Invocar hoy en el planeta, siglo XXI, la legitimidad de origen como el único argumento para apoyar o respetar un gobierno es un verdadero pecado capital, es ser cómplice de las peores conductas en la dirección de los poderes del Estado, es admitir que los ciudadanos solo somos escaleras para el usufructo de la renta por los cogollos, o borregos listos para digerir la basura que nos sirven; es definitivamente admitir que las ciencias sociales son una quimera y la política un engaño y una trampa constante.

Y es esa y no otra la discusión a plantearle a Dilma Rousseff, Cristina Kirchner, Michelle Bachelet o José Mujica, polémica falsificada por los hermanos Castro, Daniel Ortega o Evo Morales, porque no es admisible en el campo de la discusión de principios éticos, morales o de la valoración del humanismo que debe inspirar cualquier proyecto que invoque el progreso del ser humano, que se anteponga la formalidad electoral a la realidad del comportamiento, del ejemplo y las realizaciones.

Entonces ¿a quién le sirven los “nuevos conductores”?, ¿es que todo el esfuerzo de décadas solo ha sido para disfrutar de los inmensos privilegios del poder, compartidos ahora con los nuevos intereses económicos nacionales y transnacionales? ¿Y es esa entonces la discusión con los nuevos brujos de la “democracia revolucionaria” o “revolucionaria” suramericana?

Ese es, con todo el respeto que me merecen investigadores y periodistas que de buena voluntad han terciado en el debate “pacificador”, creo que la definición a tomar es indispensable para superar la confusión y el engaño; me resulta imposible pasar por debajo de la mesa hipotecando nuestra autonomía intelectual y los compromisos políticos para con el ciudadano venezolano,  error cometido de buena fe por centenares de nuestros combatientes inmolados en las calles, cárceles y campos de Iberoamérica, atrapados en la confianza acrítica a los antiguos, sectarios y dogmáticos brujos del “cambio social”, atrapados en los falsos dilemas de la Guerra Fría, al margen desgraciadamente de los verdaderos intereses de nuestras sociedades.

No, no puede ni debe ser. De lo que se trata es de que el poder está obligado a respetar a la sociedad, a protegerla y a servirle; de lo contrario, debe pensar en corregir pronto su error, salvo que su decisión sea castigarla porque no lo apoya, pero en aquellos casos en los cuales una sustancial mayoría de la comunidad demanda activamente esos cambios y el gobierno los rechaza,  pensar en la  renuncia a su condición dirigente es una salida no solo posible sino necesaria, y solicitarlo es un derecho inalienable para cualquier sociedad.

Y regresando al terreno, a los hechos, a los innegables y aleccionadores hechos, es evidente que ellos han creado un panorama en el cual protestar las políticas económicas y sociales del Estado, que conducen desde el gobierno Diosdado y Nicolás, se ha convertido en una necesidad; no hay escape, salvo que estemos dispuestos a que la escasez, la pobreza y la violencia generada por el estatismo corrupto que ellos dirigen nos devore.

En la medida de lo posible, sin demagogia pero sin ingenuidad, construyendo soluciones conjuntamente con la población en sus centros de trabajo o de reunión, apoyados en los sindicatos, gremios, centros de estudiantes, juntas comunales o de vecinos, debemos proponer soluciones al gobierno y a las diversas instituciones del país, en los diversos niveles de interlocución, alcaldías, gobernaciones, Ejecutivo, Asamblea Nacional, Iglesia, FANB, universidades, programas progresistas que deben ser difundidos y defendidos por los ciudadanos en forma organizada y unitaria, pero  en la calle.