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Ildemaro Torres

El delito entronizado

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Es el universitario un mundo de especial significación, que contiene en sí mismo tantas historias llenas de sentido, que entre nosotros ha sido esencial en el desarrollo de una conciencia democrática. De allí lo absurdo de pretender negar la validez del estudio, del empeño y el esfuerzo personales; bloquear el futuro y tramar el descrédito de nuestros profesionales; así como exaltar resentimientos y un ansia revanchista. La formación de un estudiante debe ser integral, en una época en la que se espera que el egresado además de tener la información curricular, cultive la reflexión crítica y conozca los aspectos que conforman la vida del país, unido a un sentido de universalidad. Pero padecemos una cáfila gobernante que adversa el conocimiento como tal, que fomenta el asalto a las instituciones universitarias y la destrucción sistemática de cuanto represente valores éticos, académicos, culturales y de toda forma de espiritualidad, porque para tal malandraje oficial esos valores significan privilegios con los cuales hay que acabar. Con su larga lista de agresiones cual castigo, el gobierno parece cobrarle a la cultura el carácter insumiso de la misma.

El régimen es dado a la agresividad y a subvalorar la sangre y la vida humanas, suponiéndonos manejables por el terror, y creyéndonos aptos solamente para seguir instrucciones y cumplir órdenes, en ausencia de ideas propias. Sus usuales ofensas no son simples manifestaciones de ordinariez, ni de la conducta soez de militares de escasa formación, sino actitud deliberada con el propósito calculado de reducir la significación personal de cada quien.

Aunque he comentado que no vale la pena hacer de Maduro un tema, por no haber ya ninguna revelación que agregar a sus conocidas perversiones e ignorancia, y he señalado asimismo cómo a un jefe de Estado le corresponde ser un ente que reúna en su formación y actitud una suma de virtudes, ver de nuevo que el inepto usurpador del poder representa exactamente lo contrario, me ha hecho sentir la necesidad de la reiteración de sus rasgos, como lo son el gusto de ofender y humillar, el apego a la mentira y el engaño, la inclinación delictiva, narcisismo y otros que lo llevan al delirio. Un buen caso para Aquiles Nazoa que detestaba la manipulación populista y la ignorancia ensoberbecida.

La mención de Nazoa y por asociación más que de ideas, de admiración, me lleva a recordar justo al cumplirse 91 años (abril 1923) de la fundación del semanario Fantoches, a Leoncio Martínez-Leo, el incansable promotor de ideas y acciones de bien para nuestra cultura, como la creación del Círculo de Bellas Artes y la de hacer de la redacción del periódico un centro de convergencia y proyección de noveles artistas y escritores, que contaban con ese apoyo suyo. Más que un humorista festivo fue un fiscal y señalador histórico de nuestros males, de la miseria en que agonizaba el pueblo, razón adicional para recordar su obra. Siempre estuvo del lado de los oprimidos, enfrentado al despotismo, nunca del lado de un sátrapa adueñado del poder, ni de los saqueadores de la nación.        

Leo y sus dibujos bien podrían ser hoy, dada su absoluta vigencia, un autor y una obra que con plena fidelidad retratarían nuestra realidad. Además, con el país militarizado y con el espionaje y las delaciones devenidos en normas, se justifican caricaturas que muestran botas, armas y grotescos sapos soplones. Una eventual fealdad en los dibujos sería determinada por las circunstancias, y los humoristas entienden como su deber político y sobre todo humano no maquillar ni disimular la realidad, sino dejar un testimonio fiel de lo que padecemos, como en su momento supo hacerlo Leo con tanta dignidad.