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Alberto Barrera Tyszka

Un delirio en el lenguaje

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Los líderes del poschavismo van de mal en peor. Cada vez con más frecuencia, hasta la izquierda internacional se muda a la oposición. La carta de Luis Almagro los ha dejado sin otra posibilidad que farfullar insultos. Son los peores herederos de la historia. En dos años ya han dilapidado la popularidad que les dejó Chávez. Ante los ojos del mundo, la fantasía publicitaria de la revolución está dando paso a un relato siniestro donde hay más corrupción, autoritarismo y narcotráfico que democracia.

Comienzo a escribir estas líneas en la mañana del jueves cuando, todavía, ningún medio público, ni tampoco muchos medios privados, cómplices de la hegemonía oficial, ha decidido que la detención de los sobrinos de Cilia Flores sea una noticia. Se trata de una información que la mayoría de los venezolanos no debe saber. De un dato que no necesita respuesta. La nueva oligarquía sigue intentando desesperadamente prohibir la realidad.

Por reproducir noticias similares, Diosdado Cabello mantiene un demanda en los tribunales en contra de tres medios: El Nacional, Tal Cual y el sitio web La Patilla. La relación entre la producción de verdad y la imposición de silencio va adquiriendo en nuestro país una dimensión trágica. Es uno de los procedimientos más perversos de las tiranías modernas. Cabello, en su programa, se comportó y habló como si lo ocurrido no hubiera ocurrido, como si Cilia Flores no tuviera sobrinos, como si la DEA fuera un espejismo. Como si 800 kilos de cocaína fueran lo mismo que una bolsita de chicharrón. 

Pero sí arremetió nuevamente en contra de Luis Almagro. De frente a la cámara pero a kilómetros de distancia. Con mucha valentía, el diputado Cabello afirmó que el secretario general de la OEA había “tomado partido abiertamente” y que, por lo tanto, estaba “descalificado automáticamente” para ejercer cualquier tipo de actividad imparcial en las próximas elecciones venezolanas. Lo acusó de ser “vocero” de la oposición. Le propuso, con sorna, que viniera al país y que se inscribiera como candidato. Despachó la crítica de manera contundente. A su estilo. Con el mazo dando.

A Luis Almagro le faltó incluir en su carta un detalle: los nombres de nuevos centros de votación que ha instalado el CNE. Es otro ejemplo del vulgar ventajismo oficial en el proceso electoral venezolano. En la mayoría de ellos figuran palabras como “Hugo Chávez”, “Comandante eterno”, “Comandante Supremo”… Hay algunos que, incluso, son más descarados: “Centro de votación Nicolás Maduro”, por ejemplo. ¿A quién se le ocurre? ¿Cómo reaccionaría el PSUV si, en algún lugar del territorio, se hubiera abierto un nuevo centro electoral llamado “Henrique Capriles” o “Fuerza María Corina”?

No es la primera vez que el CNE participa de manera protagónica en la batalla de las palabras y el silencio. Toda la descarga de Diosdado Cabello contra Luis Almagro podría funcionar en este caso de manera perfecta. La semana que viene podría volver a aparecer en la TV, mirando de frente a la cámara, dirigiéndose a Tibisay Lucena. Increpándola. Cuestionándola por haber tomado partido abiertamente y, por tanto, no ser apta para llevar adelante cualquier mínima labor imparcial en las elecciones. Podría también invitarla a que, más bien, se lance como candidata, que asuma de una vez militantemente la vocería del poder. Según la lógica de Diosdado, el CNE está automáticamente descalificado como árbitro electoral.

Hay palabras que sirven para unos pero no para otros. Hay palabras que el pueblo no debe escuchar. Hay palabras que jamás se pronuncian. Hay palabras que se repiten hasta que no signifiquen nada. El poder también ha instalado su delirio en el lenguaje. “Nadie puede venir a enarbolar un sistema político, económico, de pensamiento único para imponérselo a otros”, dice ahora Maduro en la ONU. “Nos defendemos con la única arma que tenemos: la verdad”, repite. Como si él no fuera presidente. Como si no viviera en Venezuela. Como si no se llamara Nicolás Maduro.