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María Amparo Grau

La defensa de las ideas

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La importancia de la libertad de expresión en una sociedad democrática impone que su restricción sólo pueda admitirse de forma excepcional. También lo es la libertad de pensamiento, de conciencia y de profesar religión, esta última igualmente limitada en el sentido de permitir el respeto de las distintas convicciones.

El artículo de Marcos Vicenzino en CNN sobre el acto terrorista en el que resultaron asesinados, entre otros, varios caricaturistas de la publicación francesa Charlie Hebdo, atina al calificarlo como un “ataque directo a los cimientos de todas las sociedades democráticas”, porque la libertad de expresión es democracia y porque el terrorismo es un acto signado por la violencia y la intolerancia y como tal, antidemocrático.

La revista en cuestión se caracteriza por contener caricaturas sobre la religión y así las contiene sobre la musulmana, concretamente sobre Mahoma, muchas de ellas de tono bastante irrespetuoso, por ello el autor mencionado se pregunta: “¿El humor ofensivo de Charlie Hedbo es necesario?”

Con esta interrogante, que en modo alguno implica justificación al radicalismo violento y asesino que implica el acto terrorista ejecutado, se pone en el tapete la confrontación entre dos posturas frente a dos derechos en juego: libertad de expresión vs. libertad de religión. De una parte, es cierto que la libertad de religión no se coacciona por el hecho de que se caricaturice sus símbolos, principios o prácticas, pero, de la otra, también es cierto que tal proceder constituye un acto de irrespeto a la creencia del otro.

Es en este sentido, se contraponen sentencias del Tribunal Europeo de los Derechos Humanos, el caso Handyside (1976) que afirma que la libertad de expresión abarca “las informaciones e ideas que chocan, inquietan u ofenden al Estado o a una fracción cualquiera de la población” y el caso Otto Preminger-Institut contra Austria (1994), la cual consideró ajustadas a derecho las decisiones judiciales austríacas que habrían ordenado la retirada e incautación de la película Das Lebekonzi por considerarla contraria a la libertad de pensamiento, conciencia o religión, al contener representaciones provocadoras de objetos de culto religioso que insultaban a los católicos en sus sentimientos religiosos.

Hay sin duda espacio para el debate en este tema, y de allí que el mismo se haya planteado incluso entre los propios periodistas y los más importantes medios de comunicación, muchos de los cuales han considerado adecuado limitar la información sobre el tema de las caricaturas, al sólo hacer una descripción de las mismas, pero evitar su publicación, por considerarlas ofensivas para los musulmanes. Otros defienden la sátira como una forma de expresión sana para la vida política y cultural (Marlena Rey).

¿Puede hablarse del derecho a la irreverencia como una vez lo calificó Vargas Llosa? (El País, 12 de febrero  de 2006). El análisis de  Gonzalo Frasca en artículo de opinión para CNN es muy pertinente, sostiene el autor que Charlie Hebdo es hija del siglo de las luces francés, la defensa de las ideas ante todo, lo cual se contrapone a la cultura de la coexistencia pacífica basada en el respeto del otro y esa es la clave del punto que se debate.

En tal sentido, sostiene Frasca que la publicación se basaba en que no se puede convivir con fanáticos irracionales. Claro está que cosa distinta es que por más que se produzca una crítica u opinión irrespetuosa se de cabida a la agresión o violencia. En eso creo  coinciden todos, la violencia del agresor nunca puede atribuirse a la mera provocación  de la víctima, no hay sin duda proporcionalidad alguna entre el uso de las balas contra el uso del creyón caricaturista.

En el “todos somos Charlie” o “todos no somos Charlie” se expresan las dos posturas de este debate, la defensa de la expresión de las ideas ilimitadamente, o el del límite del respeto al otro, independientemente de que ambos grupos se encuentren en el slogan de “Todos rechazamos y condenamos el terrorismo”.

Finalmente, el tema se asocia a otro principio muy importante para la democracia y que debe aplicarse a la religión: la tolerancia, así, de la misma forma que la democracia propugna la libertad de religión, la religión debe compatibilizarse con la democracia. La misma tolerancia democrática que existe frente a la diversidad de las creencias religiosas debería darse en sentido recíproco en cuanto a que la religión no puede justificar la imposición de sus ideas en quienes no las comparten.

Bajo estos mismos principios un Estado intolerante a la crítica y a la sátira carece de sentido democrático.