• Caracas (Venezuela)

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Veo con sorpresa que en nuestro medio ha causado gran diversión, grandes risotadas y cogidas de cabeza la reciente iniciativa del siempre docto, el siempre ecuánime y ponderado presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, quien hace poco decidió crear el Viceministerio para la Suprema Felicidad Social del Pueblo, o algo así. En mayúsculas, claro, como corresponde a todo benefactor de la humanidad. La Humanidad.

Y digo que me sorprenden tantas burlas y tantos chistes, tantas bocas abiertas, porque en esta ocasión –no sé en las demás, pero en esta sin duda–, Maduro no hace más que sublimar una actitud típica de nuestra época, en la que incurren con orgullo y dogmatismo más personas que las que uno pensaría, incluidas muchas, muchísimas, que se creen sensatas y que acaso se rían del presidente de Venezuela por considerarlo un dictador y un déspota, un desatentado tiranuelo de los trópicos.

Se trata de la vieja y nefasta tradición de imponer las cosas por decreto, sobre todo aquellas que resultan más absurdas e inasibles, o más complejas y relativas, o más difíciles e indefinibles y caprichosas. La felicidad, por ejemplo. O la vida eterna. O la belleza o la verdad o la riqueza: cosas que todo el mundo querría tener, cómo no, pero que son tan personales y tan delicadas que ningún Estado (ni nadie) las puede volver obligatorias, porque entonces ha empezado la peor de las tiranías: la de las buenas intenciones.

La historia está llena de ejemplos así, como cuando los reyes españoles, entre los siglos XVI y XIX, escribían desde Valladolid o desde Madrid sus leyes y sus ordenanzas. Con ellas querían gobernar su enorme imperio (en el que nunca se puso el sol; tampoco la sombra), pero en muchos casos eran tan perfectas esas leyes, tan imposibles de cumplir, tan delirantes, que la vida de sus súbditos solo podía ocurrir por fuera de ellas: en la realidad, en el mundo y sus errores. Se obedece pero no se cumple.

El año pasado, en el pueblo italiano (claro) de Falciano del Massico, su alcalde, el cardiólogo Giulio Cesare Fava, prohibió por decreto morirse. Sí. El que quisiera hacerlo debía irse al pueblo vecino de Carinola, pues allí quedó el cementerio cuando los dos municipios, antes uno solo, se separaron en 1964. Así que el que estuviera pensando en pasar a mejor vida que se lo pensara dos veces. Alguien sugirió entonces que se estableciera una pena benigna para los infractores, como, por ejemplo, la pena de muerte.

En muchos países existen leyes que establecen una versión oficial de la historia y del pasado, con castigos severos para quienes se alejan en público de esa verdad por decreto. Y no hablo de Irán ni de Corea del Norte: hablo de Francia, de Alemania. Países que protegen la memoria para que la infamia no se repita jamás, pero que lo hacen coartando la libertad de pensamiento. Por eso, en 2008, se escribió el Manifiesto de Blois: una súplica de los mejores historiadores de Europa para que nadie imponga la verdad ni por muy justa que sea.

Nos burlamos de Maduro (todo nombre es también un enigma, decía Francisco Cervantes), pero vivimos en un mundo cada vez más represivo en el que muchos hacen lo que él hace y tantos le critican. Con gente diciéndonos a toda hora qué comer y qué beber y qué ver y qué hacer y cómo vivir mejor y ser más sanos y más bellos y más puros, más justos, siempre a la fuerza. La buena vida como un mandato inapelable y orgánico. La suprema felicidad, el infierno.

A veces veo por ahí a los pobres fumadores huyendo como unos renegados. Como si sus cigarrillos fueran teas libertarias. Quizás sí.

Los vicios son el último refugio de la libertad. No sé si la frase es de Sócrates o de Keith Richards.