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Eli Bravo

Mi debilidad ante la carne

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inspirulina 10-03-2013

inspirulina 10-03-2013

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He sido vegetariano al menos tres veces en mi vida. La primera resultó un fracaso, y no era para menos, ya que comía empanadas de queso y pasta con salsa de tomate en cantidades poco aconsejables. En esa época visité Buenos Aires y cometí la imprudencia de mantener la dieta. Tras dos semanas de tallarines y pizza margarita regresé a casa un poco más gordo y sin haber probado un bife de chorizo.

La segunda vez coincidió con mi ingreso a la universidad y me fue un poco mejor: al menos complementaba con granos y ya no comía tantas empanadas. Pero desistí tras una fuerte gripe que mis amigos atribuyeron a la falta de carne. Aunque para ser sinceros, la razón tenía que ver con mi vida de soltero: era más fácil cenar un sándwich de jamón.

El tercer intento fue casi perfecto y duró un año. Tenía para entonces 35 y ya conocía el tofu y la quinoa. Además, mi esposa Gabriela era también vegetariana y nos deleitábamos en festines de lentejas con coles rizadas. Hasta que llegó el día en que no pude resistir el sashimi y desde entonces comencé a ser pescetariano.

¿Qué es eso? Una persona que come vegetales y alimentos del mar (aparte de algas).

Me mantuve en ese camino por cuatro años con un desvío programado: al llegar diciembre me abría a las delicias de la cocina tradicional venezolana y devoraba pan de jamón, hallacas y pernil como cualquier otro ciudadano. Cuando el calendario marcaba 5 de enero cambiaba velocidades y volvía a “comer grama”, según mi padre.

Pero una noche acompañé a la familia a un restaurante argentino en Lincoln Road y el cuerpo me pidió una entraña. Llegó a la mesa cocinada a la perfección: sellada por fuera y roja en el interior. En ese momento decidí ser flexitariano.

¿Qué es eso? Una persona sin la voluntad para ser 100% vegetariano que no come carne en exceso. Y no vayas a pensar que es un eufemismo para decir carnívoro. En realidad es un término rebuscado para referirse a un omnívoro consciente, en mi caso, alguien que sigue la regla básica de una buena alimentación según Michael Pollan: come comida, no demasiado, mayormente plantas. Por comida, Pollan se refiere a productos frescos, no procesados. Por demasiado ya te imaginarás y por plantas, bueno, esos seres vivos con raíces y hojas (generalmente verdes).

Ya no dudo que una dieta vegetariana sería mejor para nosotros y el planeta, como decía Einstein, y que la obsesión global por la carne ha llevado la producción industrial de alimentos por senderos frankensterianos. Además, si tomamos en cuenta el maltrato a los animales, las inmensas cantidades de energía y vegetales necesarias para producir carne, y la factura que termina pasándole al corazón una dieta eminentemente carnívora, uno no puede sino decir “más espinacas, por favor”.

Pero también sé que somos omnívoros por naturaleza, aunque podemos modificar nuestra dieta por convicción. Y es aquí donde está la médula del asunto: si eres capaz de mantener tu plato de espaldas al reino animal, fabuloso. Pero si prefieres mantener un punto medio entre los impulsos y las convicciones, entonces escucha tu cuerpo y presta atención a lo que estás comiendo. Todo comienza por sentir los deseos, los efectos y la energía que te deja cada alimento. Esa es la mejor guía al momento de escoger entre aquello que te nutre y lo que simplemente te llena.

Y si vas a Buenos Aires ya sabes qué hacer.