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Raúl Fuentes

Por debajo de la mesa

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Entre los muchos recuerdos que conservo de mis años de publicista hay uno que, sin relación aparente con el asunto que pretendo abordar en estas líneas, me sirvió de inspiración para pergeñarlas. Trabajaba en una campaña para Viasa, empresa considerada, hasta su quiebra en manos de Iberia, como la aerolínea bandera de Venezuela, y revisando avisos de la competencia llamó mi atención un mensaje institucional de KLM el cual, haciendo referencia a la leyenda del holandés volador u holandés errante (The Flying Dutchman, en inglés) proclamaba: “Para los holandeses, volar es natural”. Evocando esa pieza publicitaria y mediante no se cuál mecanismo asociativo terminé pensando que, para los venezolanos, lo natural es olvidar. Prueba de ello es el respaldo que, como si aquí nada hubiese pasado en estos últimos y tormentosos años, se sigue brindando a gente que nos toma en cuenta solo cuando hay elecciones y trata de engolosinarnos para que obviemos los agravios de los cuales hemos sido víctimas y, así, proceder a electrodomesticar la memoria colectiva mediante un sostenido lavado de cerebro basado en la repetición sistemática de mentiras que, por enormes, tienden a ser creídas a pie juntillas por paniaguados que actúan como amplificadores de la farsa bolivariana.

En el Libro de la risa y el olvido (1978), Milan Kundera apunta que “la lucha del hombre contra el poder es la lucha de la memoria contra el olvido”. Mutatis mutandis, podemos asegurar que en Venezuela quienes detentan el poder fomentan el olvido para mantenerse donde están y, para ello, inventan una realidad alterna, con un pasado que no fue y un futuro que no importa; de este modo, la negación del ayer y el desdén por el mañana contribuyen a forjar una verdad oficial que ya ha comenzado a emponzoñar la enseñanza y amenaza con intoxicar el espectro radioeléctrico, como se infiere de lo dicho por Maduro cuando sostuvo –después de acusar a los medios de ser responsables del auge de la delincuencia– que haría uso de su habilitación para “construir una nueva cultura comunicacional televisiva y cinematográfica”.

“Es un exabrupto y una exageración tratar de hacer creer que regulando la televisión van a bajar los índices de inseguridad. Eso es irreal, es un engaño a la sociedad. Solo se busca trasladar la responsabilidad a otros actores para que el gobierno quede como que no es responsable”, sostiene, con toda razón, Andrés Cañizález. Es, además, sostenemos nosotros, un abuso de poder intentar manipular a los medios para utilizarlos como agentes eficientes de su cruzada en favor de la amnesia colectiva, una cruzada que procura, mediante la oferta de un diálogo con piquete al revés, que la oposición eche en saco roto el tortuoso e ilegítimo proceso a través del cual el chavismo entronizó al valido de los cubanos en la Presidencia de la República.

No ha transcurrido un año desde que, como producto de su celestinaje y en contubernio con la camarilla cívico-militar (más de esto  que de aquello) que parece gobernar, el Consejo Nacional Electoral formalizara la irregular asunción del señor Nicolás Maduro a la cima del poder y, sin embargo, nadie parece rememorar las triquiñuelas que la hicieron posible, comenzado por ellos mismos que si no beben para olvidar, parecieran olvidar para no beber y cuando se niegan a rememorar actuaciones que magnifican su resaca moral se comportan como el capitán Cabello quien, guapo y apoyado, amenaza con demandar a Carlos Genatios, por escribir, y a Tal Cual, por publicar, que el mandón del capitolio habría dicho: “Si no les gusta la inseguridad, váyanse”. No se acuerda el gallito de pelea de haber desafiado a la oposición de modo tan insolente; y, en pose de litigante de serial televisivo, advirtió al periódico y al articulista que los esperaría en la bajadita. Lo cierto es que, si no lo dijo, lo pensó y, es más, lo avaló al colocarse delante de una pancarta que contenía las palabras de la discordia.

La cultura de la omisión se ha instaurado en el país para facilitar el implante de una memoria histórica excluyente, signada por descaradas adulteraciones de los hechos y la glorificación desmedida de actos deshonrosos que, en cualquier nación civilizada, merecerían el desprecio y el repudio de la ciudadanía. Pero puede suceder –y aquí parafraseamos una greguería del gran Ramón Gómez de la Serna–  que teniendo tan mala memoria nos olvidemos de que la tenemos y entonces nos acordemos de todo; y, entonces, recordaremos que este 23 de enero pasó por debajo de la mesa.

 rfuentesx@gmail.com