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Eduardo Mayobre

El porqué de la debacle económica

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La lectura de un ensayo de Héctor Silva Michelena me sugirió una manera sencilla de explicar por qué nuestra economía ha caído en el barranco en donde ahora nos encontramos. El escrito se titula “Problemas de la ocupación en una economía petrolera” y es parte de un libro, publicado en 1967, titulado Aspectos teóricos del subdesarrollo.

En él se destaca la coexistencia de una industria petrolera dedicada al comercio exportador y de gran sofisticación tecnológica con una economía precapitalista, principalmente agrícola, en la cual impera la pobreza y la productividad del trabajo es prácticamente nula. Como la alta productividad de la industria petrolera significa que solo absorbe un porcentaje muy bajo de la fuerza de trabajo nacional, el resto permanece en la pobreza o depende de la utilización que se le dé al excedente que se deriva de la exportación de los hidrocarburos.

La respuesta a ese problema es la creación de una economía nacional, inicialmente destinada al mercado doméstico. Lo anterior requería una reforma agraria que superara las relaciones semifeudales que hasta entonces habían predominado en la agricultura, y la creación de actividades que ofrecieran trabajo a quienes se desplazaban del campo a la ciudad con el fin de huir de la miseria. Inicialmente, lo anterior se intentó mediante el estímulo a la construcción, útil o inútil, que emprendió la dictadura militar de la década de los años cincuenta. Adicionalmente se requería crear industrias que surtieran al mercado nacional y eventualmente pudieran exportar.

La reforma agraria iniciada durante el gobierno de Rómulo Betancourt logró parcialmente lo primero. Lo segundo se intentó mediante la política de sustitución de importaciones, iniciada también en ese entonces, que canalizaba el excedente petrolero hacia la creación de una industria nacional, en la cual se formaba una clase trabajadora que aumentaba su productividad y absorbía, aunque no totalmente, los contingentes campesinos que llegaban a las ciudades como trabajadores no calificados. Dentro de tal enfoque el traspaso del excedente petrolero a los sectores más desposeídos se hacía con la creación de puestos de trabajo que aumentaban la productividad de los obreros (en concurrencia con políticas de educación, salud y vivienda destinadas a hacer esto posible).

La llamada revolución bolivariana decidió eliminar este paso intermedio y distribuir el excedente petrolero directamente, con lo cual anuló la posibilidad del desarrollo de una actividad económica nacional y de un incremento de la productividad de la clase trabajadora del país. Dedicó el excedente petrolero (aumentando por los incrementos del precio del petróleo) a subsidios directos a la fuerza laboral improductiva y a importaciones de los bienes que producía la economía nacional.

Lo anterior ocasionó el desmantelamiento del aparato productivo nacional e hizo crisis cuando los ingresos petroleros no fueron suficientes para mantener un subsidio directo a la improductividad. Ese es el origen de la escasez y la inflación que ahora nos asedian. Con el agravante de que no solo se estimuló la improductividad en la economía doméstica sino que se redujo la productividad de la industria petrolera mediante el aumento en ella del empleo innecesario, la falta de inversión y el despido de los técnicos que conocían el negocio.

La utilización directa del excedente petrolero para subsidiar las necesidades de la población improductiva (concediendo que no haya sido desviado para fines menos presentables) condena a la perpetuación de la improductividad y al falso empleo así como al mantenimiento de la marginalidad. Eso no es socialismo sino brutalidad. Es la herencia del comandante eterno. La cual, ahora que los precios del petróleo dejaron de subir, se refleja en la escasez y la inflación que padece el ciudadano común y en la insolvencia que sufre el sector público. Sin contar con los desatinos de las políticas monetarias y fiscales.

La destrucción del aparato productivo nacional, incluyendo el petrolero y las industrias básicas, es consecuencia natural de la irresponsabilidad de sujetar políticas que debieran ser de Estado a las ansias de mantenerse en el poder del llamado comando cívico-militar que ahora lo disfruta.

La baja producción en las industrias básicas del Estado y en las del sector privado, expuesta en estas mismas páginas hace dos lunes por Pedro Palma, no solo afecta la capacidad de satisfacer nacionalmente las necesidades de la población, sino que disminuye las posibilidades de incrementar las habilidades productivas de una población que se ha movido entre la marginalidad y la ignorancia.

La utilización demagógica de los ingresos petroleros, desestimando la necesidad de crear y fortalecer una capacidad productiva en el país que pueda absorber a la población condenada al desempleo y el subempleo, puede servir de explicación para las dificultades que vivimos.