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César Pérez Vivas

Otros daños del modelo estatista

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Venezuela está presenciando los efectos económicos, sociales y políticos del modelo de economía estatista y rentista,  que la revolución bolivariana ha implementado, en estos ya largos quince años de hegemonía del poder.

Los estudiosos y analistas ponen de manifiesto, principalmente, los efectos macroeconómicos del modelo socialista; y en muchas ocasiones, dejan en un segundo plano otros efectos que igualmente, producen daños en diversos planos del tejido social.

Ha quedado demostrado, no solo en Venezuela, sino en otras naciones,  el efecto corruptor que una economía altamente estatizada e intervenida produce. La estatización o colectivización de los medios de producción y el comercio de bienes y servicios, dirigidos básicamente por militares o activistas políticos, totalmente ajenos a la tarea que dichas empresas significan; ha traído como consecuencia la destrucción de esas empresas, y ha generado una corrupción del tal magnitud, que todo lo ocurrido en más de un siglo de nuestra historia, se queda chiquito frente al monumental desfalco, sufrido por nuestra patria.

Hoy tenemos un país en bancarrota, un déficit fiscal cuantioso, una deuda externa monstruosa, una inflación única en el mundo, y la más dramática devaluación conocida en nuestra historia económica.

Pero hay otros daños que este modelo ha generado,  a lo largo del “proceso de cambios impulsado por el socialismo bolivariano”. Vale la pena destacar, la pérdida del amor al trabajo en importantes sectores sociales, y en consecuencia, el estímulo a la holgazanería.

Cuando un pueblo abandona el interés  por el trabajo, está irremediablemente condenado a la miseria. Solo con educación y trabajo es posible elevar la calidad de vida de una sociedad.

En su afán clientelar, en su populismo irresponsable, el chavismo ha venido sembrando en importantes sectores de nuestro pueblo, la idea de que los bienes y servicios son gratuitos, que las cosas no tienes valor o no cuestan nada, que todos tenemos “derecho” a recibir “la gota de petróleo”. Sin inculcar a esa misma gente, una convicción de lo que cuesta cada servicio, cada bien.

Sin pretender colocar de lado los deberes sociales del estado, sin dejar de valorar los derechos de los pueblos, y sobre todo el deber que tenemos de atender a los más pobres y desvalidos, debo destacar que aquí más que política social, lo que hemos tenido es un saqueo del dinero público, con el pretexto de cumplir con “las misiones”,  u otras formas de solidaridad humana.

Hoy en día, en Venezuela escasea la mano de obra en muchas tareas, no porque tengamos pleno empleo, sino porque mucha gente se conforma con una dadiva del estado, y no se le estimula a trabajar para mejorar su calidad de vida. Otros, porque prefieren dedicarse a trabajos “informales” o al margen de la ley, para poder completar los recursos necesarios para el sostenimiento de las familias. Ahí entra en zonas de frontera, terrestre y marítima, las miles de personas que se dedican a extraer del territorio nacional los productos que el estado venezolano subsidia, o son adquiridos con los dólares preferenciales otorgados discrecionalmente.

En esas regiones, se ha presentado un abandonado masivo de trabajadores en actividades como la agricultura, la cría, los trabajos de albañilería, mantenimiento, u operativo de empresas y establecimientos formales. El micro comercio y el tráfico de  gasolina produce hasta diez veces más que el salario mínimo, sin tener que estar bajo dependencia, cumplir horarios e instrucciones. He ahí la carencia de personas, para cumplir trabajos manuales en diversas áreas de nuestro quehacer económico y social.

Esta conducta genera una caída en la producción de alimentos. La agricultura y la cría están sufriendo la falta de mano de obra, que se agrava por la depreciación del bolívar frente al peso colombiano. Ello ha generado un regreso a territorio colombiano,  de los trabajadores de ese país que se sentían en el pasado,  atraídos a trabajar en nuestras unidades productivas por nuestra fortaleza económica. Pero además, ya hay una emigración tanto de mano de obra, como de profesionales venezolanos a Colombia, buscando ganar en pesos, lo cual les da una moneda con un mayor poder de compra que el devaluado bolívar fuerte.

Además del desapego al trabajo, en las ciudades del suroeste venezolano, se ha complicado la movilidad. Para surtir combustible se forman largas filas de vehículos, que hace cada día más difícil movilizarse en carreteras, pueblos y ciudades próximas a la frontera. Transitar por dichos asentamientos humanos  es andar en medio de un enjambre de motociclistas, que raudos se movilizan con su valiosa carga, generando riesgos y limitaciones de todo tipo.

Esta experiencia del socialismo bolivariano, debería ya, ser suficiente para enseñarnos otros efectos nocivos del estatismo y el populismo.