• Caracas (Venezuela)

Opinión

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El centro de las complejas causas que motivan el triunfo electoral del chavezismo cambia con el tiempo. Al principio se lubricó con el resentimiento social, hoy a su masa votante le resulta obligatorio evitar despidos y revanchas con sólo vestir de rojo y votar por el caudillo.

Son los millones de sobornados en la Venezuela del fracaso, muy necesitada, pero de mano abierta para recibir dinero, aparatos y promesas. Cómodo y rápido para sus jefes porque el petro-estado-rojo endeuda y vende el país con ese propósito del dame y toma disfrazado con el vocablo samaritano misión, ahora otorgado sin previa clasificación ni vigilancia administrativas.

El receptor aplica lo de “a caballo regalado no se le busca colmillo”. Va igual para el enorme grupo de empleados públicos que sobrevive de un sueldillo, la clase militar mejorada en todas sus escalas, incluido el armamento para la amenaza, y el estudiante de cualquier nivel en aulas oficiales. Dolorosamente es la damecracia, vocablo que en privado inventó la comunicadora y actriz Gloria Goldszmidt (Mirós), Z’L. Bendito sea su recuerdo.

En catorce años aumentó esta enorme población de víctimas sin futuro firme, prostituida a fuerza del regalo, pobre de espíritu porque anulada desde el miedo en sus querencias más íntimas, le robaron la posibilidad de educarse en libertad para adquirir oficios, profesiones y destrezas que conducen al orgasmo dignificante del logro y la independencia personal, bases de una personalidad sana y productiva. Ese inmenso placer que da la gratificación obtenida con libre escogencia, disciplina y alegría vital está en la raíz del crecer por dentro.

Este proceso pudrió la base moral desde el populismo sustentado en la entrega de una riqueza no trabajada, y tiene su modelo convicto y confeso en el chulo-castrismo cubano, que vocifera sin tregua su presunta dignidad patriótica y en la práctica subsiste a costa de las dádivas que le da cualquier imperialismo con tal de que no sea el yanqui porque eso le quitaría brocha y escalera sobre las que se sostiene el parásito dictador para pintar en paredones la imagen de su digna mendicidad revolucionaria.

Reeducar el alma de nuestro pueblo envilecido será tarea muy dura, difícil pero imprescindible para rescatar la democracia tal cual, sin cambio de vocales.