El Nacional

• Caracas (Venezuela)

Opinión

Héctor Faúndez

No da igual

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Falta mes y medio para el 7 de octubre, fecha en la que los venezolanos deberán elegir a quien va a dirigir el destino del país durante los próximos seis años.

Con Hugo Chávez y Henrique Capriles como los candidatos principales, los electores no tenemos muchas opciones. Sin duda, una elección presidencial no tiene por qué ser un acontecimiento histórico, ni mucho menos traumático; pero, en esta ocasión, es mucho lo que está en juego, y no es igual votar por uno o por otro.

Quienes nunca hemos militado en un partido político, quienes nunca hemos medrado en torno a los partidos políticos, o quienes no hemos hecho de la política una manera de ganarnos la vida, no ignoramos que la política es una actividad respetable, y que corresponde a los partidos políticos presentarnos un proyecto del tipo de sociedad que queremos.

Pero somos nosotros quienes tenemos que decidir entre las distintas opciones que se nos ofrecen; en democracia, el destino está en nuestras manos, y somos nosotros quienes tenemos que elegir el rumbo que queremos seguir. Por eso, no podemos ser indiferentes a lo que uno u otro candidato significan para Venezuela.

Las trayectorias de Chávez y de Capriles, así como la visión que ambos tienen del país, son muy distintas. El primero es un militar que aprendió a mandar y que quiere convertir a Venezuela en un cuartel; el segundo es un civil que nunca ha intentado dar un golpe de Estado, que no ha dado muestras de querer eternizarse en el poder y que entiende que el primer mandatario es un servidor público.

Mientras Chávez se formó en las intrigas de un grupo de militares, Capriles se formó en los valores de la democracia, y creció en la política participando en una elección tras otra. La elección es entre Chávez, que ya tiene catorce años en campaña, y Capriles, elegido hace seis meses, en las primarias de la oposición.

Nunca he estado cerca de ninguno de los dos, y nunca he hablado o estrechado la mano de ninguno de ellos; pero, por sus hechos y por sus palabras, ambos son suficientemente conocidos.

Más allá de sus propuestas, yo creo que está claro lo que uno u otro significan para el país. En lo personal, después de catorce años de gobierno, me niego a pensar que una sola persona pueda mantener cautiva a toda la nación, y que sea el único que puede decidir por todos nosotros.

Me niego a votar por el continuismo de un régimen que no ha resuelto los problemas del país, sino que los ha agravado. Me niego a votar por quien diariamente insulta a la mitad de los venezolanos.

Me rehúso a votar por quien, al mismo tiempo que ha aislado a Venezuela, la ha hecho más dependiente del exterior. Me niego a votar por quien ha dilapidado el dinero de todos los venezolanos, y por quien es el responsable de la inseguridad, la inflación, el desempleo y el deterioro de los servicios públicos.

No es igual votar por miedo que votar responsablemente; no da lo mismo un país de lacayos que un país de ciudadanos. Después de catorce años, Venezuela no es más segura, no es más próspera, ni es más respetada.

No es lo mismo la Venezuela en que vivimos que el país de fantasía que se nos describe en los discursos oficiales. No es lo mismo pensar y decidir con libertad, a que otra persona decida en nuestro nombre incluso los programas de televisión que podemos ver.

No da igual gastar el dinero en tanques y fusiles que invertir en salud y educación. Debemos estar contentos, pues se acerca la hora final.

Voy a votar con la esperanza de que se produzca el cambio que queremos. Voy a votar por un gobierno que podrá ser bueno o malo; pero tengo confianza en que será el gobierno de todos los venezolanos, que nos tratará con respeto, y que hablará menos y hará más.

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