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Beatriz de Majo

La “cumbre sushi”

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Shinzo Abe, el premier japonés, y Barack Obama se fueron en Tokio a comer sushi en el prestigioso restaurante Sukiyabashi Jiro –el mejor del mundo, según los entendidos–. Era esta una manera de escaparse del protocolo estricto y, sobre todo, de sostener una conversa privada, codo a codo, en una barra, sobre los temas de seguridad en Asia.

China evidentemente era unos de los dos platos fuertes de esta agenda íntima gastronómica. Los dos mandatarios abordaron temas trascendentes: las tensiones militares crecientes entre Pekín y Tokio y la eventual participación norteamericana si las cosas pasaran a mayores. El otro tema fue la materialización de un pacto comercial transpacífico entre Estados Unidos, Japón y otras 10 naciones, que se encuentra detenido por enfrentar no pocos escollos.

Pero volvamos a China. Lo que sabe de este intercambio entre los dos líderes es que Japón salió apuntalado en su relación con Norteamérica con la que mantiene una muy extendida y larga cooperación militar, pero al mismo tiempo, Abe reclamó del presidente Obama mayor independencia en los asuntos de seguridad que le atañen si le tocara reaccionar ante una eventual agresión militar de los chinos. 

Ocurre que las tensiones entre los dos grandes de Asia vienen escalando en las últimas semanas en torno al conflicto de soberanía que existe entre ellos por la territorialidad de un grupo de islas bajo disputa en el mar de China oriental, llamadas Senkaku por Japón y Diaoyu por China. Si la trifulca entre China y Japón se circunscribiera a estas dos naciones líderes únicamente, el desencuentro ya tendría una gravedad superlativa. Pero es que estos territorios se encuentran dentro del alcance de la alianza militar sino-estadounidense. La implicación de este hecho es que Estados Unidos se vería compelido a acudir en ayuda de Japón si China intentara, por la fuerza, apropiarse del archipiélago.

Lo cierto es que en materia militar chinos y japoneses adolecen de debilidades ostensibles: la marina japonesa es muy inferior en volumen y lleva más de 60 años sin actividad operacional. Pero por el lado chino el gigantesco proyecto de un comando interarmado para gerenciar la seguridad de sus mares mantiene un retraso colosal y cuenta con grandes detractores internos.

Obama, pues, evitó tomar partido en relación con los problemas históricos y legales que envuelven la propiedad de estas islas deshabitadas y las que China asegura que le fueron robadas por Japón en el siglo XIX.

No solo en Washington desean evitar desencuentros con China, sino que además la administración Obama afronta serias dificultades presupuestarias en el terreno de lo militar. Ello no impidió que el pacto militar con Japón fuera reiterado, y que los mandatarios expresaran el deseo mutuo de garantizar su continuidad y de fortalecer la cooperación naviera entre ambos.

A pesar de que es claro que una confrontación bélica entre las dos naciones asiáticas no está a la vuelta de la esquina, el “'tête à tête” entre Obama y Abe fue, sin duda, un delicado encuentro. Al final de la cena las relaciones americano-japonesas recibieron el espaldarazo que requerían, mientras las relaciones de Washington y Pekín fueron sabiamente salvaguardadas.

Quizá este resultado fue el que motivó a Obama a afirmar que el sushi que le acababan de servir era el “mejor que había comido en su vida”.