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Fausto Masó

La cumbre, una payasada mediática

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Con razón Chávez decía que América Latina pasa el tiempo de cumbre en cumbre, aunque él después organizara nuevas cumbres para el Alba o Unasur.

En las cumbres los presidentes se libran de sus pedigüeños, sus corruptos, su familia, y lanzan grandes discursos que nadie oye. Ahora, con la televisión en Panamá, a ningún presidente se le ocurrirá un gesto tan natural como hurgarse la nariz con los dedos.

En Asia, en África, en Europa, esas reuniones sirven para algo. En América Latina, fuera de las cumbres los países importantes dialogan con Estados Unidos, porque en realidad América Latina no existe en el mismo sentido que Europa o Asia. América Latina es un mal chiste. Desde la Independencia nos miramos el ombligo, convertirnos a nuestros libertadores en semidioses cuando fueron todo lo contrario, por lo general buscaban enriquecerse y lo lograron.

América Latina no pesa internacionalmente: la ignoran. Estados Unidos dialoga con México y con Brasil, los únicos países que le interesan. A Venezuela la tomaban en cuenta en otros tiempos, comparemos la postura heroica de Jaime Lusinchi en el caso del Caldas, con la deplorable reacción nacional ahora frente a Guyana que ya no solo se anexó el Esequibo, sino amenaza las aguas territoriales y cualquier día reclama le entreguen el estado Bolívar. Maduro envía una nota de protesta a la Exxon, como si la petrolera fuera un Estado: no se atreve a molestar a Guyana. A la oposición y el gobierno, la misma opinión pública, los intelectuales, los universitarios, le importan un comino la soberanía nacional, la pérdida del Esequibo.

En Panamá hay desesperación en conseguir una foto, un abrazo, un apretón de manos con Obama. ¿Se presentará Maduro con una carretilla cargando los 10 millones de firmas?

Cuba considera un logro entrar en la OEA. En otros tiempos Fidel Castro llamaba a la OEA el ministerio de colonias de Estados Unidos. Ahora Raúl Castro no se desvela porque lo vean en Unasur sino en la OEA.

Por los años sesenta el castrismo ordenaba poner bombas en la Argentina de Guido y Arturo Illia. En La Habana aprendían el arte del terrorismo argentinos como Santucho y Cook, o montones de venezolanos. El periodista Jorge Massetti organizaba una guerrilla en Salta al noroeste de Argentina, seguía el ejemplo del Che. Escribe Carlos Alberto Montaner: “En Uruguay, la Suiza de América, los tupamaros comenzó a robar armerías y bancos, y secuestró, asesinó y asaltó cuarteles, provocando la reacción violenta y, a veces, criminal, de los militares. El actual candidato a vicepresidente por el Frente Amplio, Raúl Sendic, nacido en 1962, acabó estudiando en Cuba del 80 al 84 (lo que acaso lo vacunó contra ese disparate) porque su padre, de igual nombre, fue la cabeza, el corazón y la primera pistola de aquella lamentable banda terrorista que tanto daño le causó al país, aunque hoy intenten reescribir esa trágica historia”.

Con una ceguera que no le han reprochado, Castro pidió que los Andes fueran una segunda Sierra Maestra; nunca había recorrido las selvas, las montañas latinoamericanas. Promovió la idea peregrina de que bastaba el coraje para imponer el socialismo. El Che declaraba: “No siempre son necesarias las condiciones para hacer la revolución, estas pueden ser creadas por el foco guerrillero compuesto por una élite restringida, debía crear las condiciones para formar el ejército de liberación integrado por campesinos”. Poco importaba que se tratara de un país petrolero en donde los campesinos habían emigrado a las ciudades, como Venezuela; o que los sindicatos campesinos (surgidos tras una revolución que en 1952 realizó una reforma agraria) hubieran firmado un pacto militar-campesino como en el caso de Bolivia.

A diferencia de los soldados batistianos, los latinoamericanos combatían, derrotaron con facilidad a los alzados, solo sobrevivieron los guerrilleros en Colombia que habían tomado las armas en 1949, mucho antes de que Castro asaltara el cuartel Moncada.

Ahora todos se dan besitos en Panamá en esta payasada mediática.

¡Pobre Raúl Castro! ¡Para lo que has quedado!