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Tulio Hernández

La cultura que triunfó

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Es una gran casualidad que Gabriel García Márquez y Cheo Feliciano hayan muerto el mismo día. Porque tenían muchas cosas en común. Los dos fueron desde muy jóvenes figuras excepcionales de las disciplinas que practicaban. Uno de la música, el otro de la escritura. Jóvenes también pasaron trabajo fuera de sus países natales. El primero en París, el segundo en Nueva York.  

Ambos eran, por nacimiento, pero sobre todo por convicción y el contenido de sus obras y acciones, profundamente latinoamericanos y apasionadamente caribeños. Y cada uno, a su manera, fue protagonista estelar de un gran momento de afirmación interna –al tiempo que universalización o, por lo menos, internacionalización– de la cultura latinoamericana. Una cultura que comenzaba a liberarse de los complejos coloniales y del peso del eurocentrismo que había condenado por larguísimos años a la América Latina y sus expresiones artísticas a la condición de sucursales menores de la civilización europea.

García Márquez fue protagonista de excepción junto con, entre otros, Vargas Llosa, Fuentes y Cortázar del fenómeno conocido como el boom de la literatura latinoamericana. Feliciano, junto con Celia Cruz, Ismael Rivera y Héctor Lavoe, entre otros no menos destacados, de la apoteosis de la salsa. Fenómenos ambos que despegaron casi simultáneamente en los años sesenta del siglo XX cristalizando plenamente en los setenta.

 El boom introdujo en el escenario internacional, especialmente en el europeo, una escritura de ruptura que a todos deslumbraba y borraba o tornaba secundarias las parcelas de las literaturas nacionales para crear una nueva identidad. Sus autores no eran ya colombianos, mexicanos o peruanos, hacían literatura latinoamericana.

La salsa, por su parte, una denominación que se atribuye al locutor venezolano Phidias Danilo Escalona, convirtió las músicas nacionales del Caribe, especialmente la cubana y la portorriqueña, pero también los sabores panameños, venezolanos y dominicanos, en un género nuevo que borraba fronteras y, como el boom, creaba unas nuevas identidades urbanas y antillanas que unificaban y le daban rostro común al pueblo latino que vivía dentro y fuera de Latinoamérica, especialmente en Estados Unidos.

Porque ambos, el boom de la literatura y el de la salsa, ocurren en el exilio. Fuera del territorio latinoamericano. Son fenómenos de emigrantes. El boom gracias a la confluencia de nuestros escritores, moviéndose entre Barcelona y París, con empresas y editores excepcionales que hacen económicamente posible la profesionalización de sus oficios y la masificación de sus obras.

La salsa, en cambio, impulsada por la fulgurante aparición de la Fania como sello disquero y empresa de espectáculos, tiene su epicentro en los barrios pobres de Nueva York en donde confluyen músicos de la diáspora caribeña que viaja a Estados Unidos huyendo de las tiranías y de la pobreza. O de las dos cosas a la vez.

Nuestra literatura como fenómeno local se hizo universal y García Márquez, con su obra cumbre Cien años de soledad, llegó a convertirse en una figura mediática global y uno de los más famosos escritores del planeta. Una especie de Pelé de las letras. La salsa, aunque también tuvo y tiene peso internacional, es un fenómenos más regional que ha derivado en otros géneros, pero igual sirvió de plataforma de lanzamiento para los latinos globales que, a lo Ricky Martyn y Shakira, vinieron después.

La semana que hoy concluye los funerales de ambos fueron festivos. Hubo mucho de gratitud colectiva por dos creadores que ayudaron a los habitantes de estos trópicos a celebrarse y comprenderse mejor a sí mismos. A García Márquez, en Ciudad de México, lo despidieron con mariposas amarillas y vallenatos. A Feliciano, en San Juan, con un rumbón y solistas de lujo como Gilberto Santa Rosa y Oscar de León. Vino a cuento en voz de Feliciano aquel verso que dice: “El que canta olvida su dolor”. Ahora solo nos queda eterno canto y un largo aplauso de gratitud para los dos.