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César Pérez Vivas

La cultura del trabajo

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Venezuela vive una crisis sin precedentes. El establecimiento del modelo socialista de corte cubano ha destruido la institucionalidad democrática, y con ella el aparato productivo de la nación.

A lo largo del siglo XX el país logró, en medio de sus marchas y contramarchas, construir una infraestructura para elevar su calidad de vida, establecer un parque industrial importante y desarrollar una agricultura y ganadería generadora de bienes y servicios de especial importancia.

A lo largo de dos siglos de vida independiente nuestro país garantizó la propiedad y la iniciativa privada. Si bien es cierto que tuvimos épocas de violencia en la que la propiedad fue vulnerada, también es cierto que el balance histórico da un saldo de respeto y garantía de ese derecho.

Todo ese esfuerzo generó en densos sectores de nuestro pueblo, en su inmensa mayoría, un apego al trabajo creador, vulnerado en varios momentos por el facilísimo fruto de la renta petrolera.

La cultura del trabajo fue echando raíces en nuestra sociedad. En la inmensa mayoría de las familias venezolanas se arraigó la convicción de que el trabajo creador, junto con el estudio, eran el camino a la superación y el progreso. Se dio una intensa movilidad social, que permitió la promoción de importantes contingentes sociales a mejores niveles de vida. Surgió una poderosa clase media, la cual ha sido cantera de hombres y mujeres de extraordinaria valía, no solo para nuestro país, sino para el continente en general.

Esa cultura del trabajo está siendo pulverizada por el llamado “socialismo del siglo XXI”. La cúpula roja, en su afán por eternizarse en el poder, ha venido promoviendo una cultura del facilísimo, de la holgazanería, del fraude y del desaliento.

En efecto, afanados por amarrar el apoyo político en importantes sectores sociales, alegando defender el derecho de los trabajadores, han promovido una legislación y una actividad administrativa para proteger las conductas de desapego al trabajo, de violación de los deberes del trabajador, de destrucción de los mismos medios de producción y herramientas del trabajo.

Garantizar los derechos sagrados de los trabajadores no puede convertirse en un ardid para amarrarle a los emprendedores personal que no trabaja, que daña los instrumentos de trabajo, que atentan contra las empresas y que en definitiva no contribuye con una labor honesta a la creación de riqueza. No  otro fin tiene el trabajo, crear riqueza para el bienestar de todos los agentes que intervienen en los procesos productivos. Solo creando riqueza es posible salir de la pobreza.

La legislación laboral y la línea de la administración en esta materia es clara: hostigar al patrono. Impedirle la gestión de sus establecimientos. Promover la impunidad en sectores laborales respecto a sus deberes.

Un ejemplo de ello es el infinito decreto de la inamovilidad laboral, solo vigente cuando se trata del sector privado o entidades de gobierno en manos de líderes de signo político distinto al del gobierno nacional. Cuando se trata de un trabajador al servicio de un ente publico controlado por el PSUV, no hay derecho laboral cuando se trata de excluirlo de la nómina. Pero no solo es por la vía de permitir el ausentismo laboral, la holgazanería y el saboteo en los empleos, como el régimen, desalienta la cultura del trabajo. Es con el modelo de economía estatista que logra similar resultado.

En las zonas de frontera las asimetrías generadas por el modelo de economía socialista ha desestimulado el trabajo productivo, para inducir a importantes sectores de la población a buscar sus ingresos con el comercio hacia el exterior de bienes y servicios que resultan atractivos para los países vecinos, como resultado de la brutal devaluación que ha sufrido nuestra moneda en estos años revolucionarios.

Los sectores productivos no logran estabilidad en sus trabajadores, pues varios de ellos reciben mejores ingresos dedicando su tiempo a una tarea para nada edificante.

En las empresas públicas lo importante no es producir. Lo fundamental es el activismo y el compromiso político. Detrás de él se esconde el ausentismo y la corrupción. De ahí la quiebra de casi todas las empresas del estado y el forjamiento de un gran contingente de personas desapegadas a las tareas del trabajo.

Otro factor coadyuvante en la destrucción de la cultura del trabajo es la  aplicación de prácticas populistas disfrazadas de programas sociales. En efecto, los llamados programas sociales de transferencia directa de fondos a la población, que no generan como contrapartida un compromiso de trabajo de los receptores, ha desestimulado el trabajo y ha creado un conformismo que no ayuda superar la pobreza.

La ayuda del estado es vital para promover a los sectores menos favorecidos de la población, pero ella debe ir acompañada de una política de estimulo y compromiso con el trabajo productivo y el ahorro. De lo contrario, las subvenciones no logran transformar la dura realidad de la pobreza estructural, logrando más bien el efecto de generar una cultura del ocio y el conformismo. Esta crisis nos debe obligar a relanzar la cultura del trabajo. No hay derecho a que 70% de los alimentos que consumimos tengan que importarse.

No es sano que impulsemos a la población a no respetar las reglas universales del trabajo. Es hora de cambiar el modelo rentista y parasitario creado por este socialismo ineficiente.