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Elías Pino Iturrieta

La cultura regulada

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Para que se tenga una idea más o menos cabal de la Ley de Cultura que la Asamblea Nacional aprobó, puede servir el ejemplo de lo que la “revolución” ha pretendido llevar a cabo en la parcela de la Historia. Sólo es una parte del empeño de manipulación intentado por los poderes del Estado para la mudanza de los recuerdos de la sociedad, pero remite a una intención de naturaleza general como la que ahora asumieron los diputados. Por consiguiente, un vistazo de lo que ha pretendido el chavismo con la república de Clío puede ilustrar sobre la aplanadora que quiere aplicar en el ámbito de la creación y la difusión artística e intelectual en sentido panorámico.

El gobierno de Chávez creó un Centro Nacional de Historia como “rector de la memoria de la sociedad”, es decir, como guía inapelable de las reminiscencias de cada uno en particular y de todos en términos colectivos. Lo que se debe evocar y lo que no se debe, la calificación de las añoranzas porque no estaban convenientemente ubicadas en nuestras alienadas cabezas, la necesidad de desterrar aquellas que el instituto considerase perjudiciales…, todo quedaba a cargo de un equipo de especialistas supuestamente profesionales y también supuestamente dispuestos a luchar por el imperio de la verdad. El Centro Nacional de Historia nos haría libres mediante una campaña de salubridad en torno a torcidas remembranzas, aseguró Chávez en una de sus peroraciones.

Se trata de convertir en verdad exclusiva y excluyente lo que el mandatario de entonces consideraba como versión indiscutible del pasado. Que los indios eran angelicales antes de la llegada de los macabros conquistadores, que el jueves santo de 1810 sucedió un movimiento cívico-militar, que Bolívar no fue mantuano sino pionero del socialismo, que Santander bailó joropo sobre la tumba del Libertador a quien mató el veneno de una temprana sucursal de la CIA, que Páez se portó como un delincuente en complicidad con la oligarquía, que Zamora jamás practicó la violencia, que Cipriano Castro merece los altares y que Maisanta, junto con el nieto, es el héroe repetido de Carabobo, por ejemplo. El Centro Nacional de Historia fue creado para convertirse en custodio de tales zarandajas, que respondían al capricho de quien solía confundir el pasado histórico con su autobiografía. Las zarandajas se han multiplicado en los discursos de los políticos y se han trasladado a los manuales de los escolares, por desdicha.

Como actividad profesional, la historiografía venezolana había transitado caminos propios. Después de sentarse en los pupitres de la universidad había estudiado en escuelas acreditadas del exterior y ofrecido numerosas producciones, a través de un magisterio reconocido aquí o en otras latitudes. Era una realidad sin la interferencia de juicios peregrinos, una orientación confiable en el área de su competencia. De nada valieron los trabajos para el gran “investigador” del siglo XXI, ni para sus acólitos. Vieron a la historiografía como un saber digno de desecho, que se debía reemplazar por los trompicones de un aventurero y por lo que él consideraba como verdad pese a la tarea de los autores de oficio. Para eso se establece, con plata del erario y mediante atrabiliario catedrático, el Centro Nacional de Historia.

La Cultura es el fruto de un devenir genuino y heterogéneo que también se debe someter a tutela, en función de los intereses de la “revolución”. No importan los senderos recorridos, el contraste del sonido de sus portavoces, las transformaciones a través del tiempo. No importa lo que ha sido hasta ahora. Debido a que la Cultura no fue lo que debió ser, según los redactores de la ley, el gobierno la va a regular para que se meta en el aro de la refundación. Así como en el caso de la historiografía, la operación depende de la clave de vocablos y expresiones como “multiculturalidad”, “herencia indígena”, “legado afrovenezolano”, “rescate de buenas tradiciones” y otras zarandajas adecuadas para la descalificación de lo hecho hasta ahora.

La luz de ese “pensamiento” conduce, según los oficialistas, a un rescate semejante a una epopeya. Se sienten felices porque, para maravilla superlativa, todo les parece muy “nuestroamericano”.