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César Pérez Vivas

La cultura autoritaria y represiva

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Si alguna característica ha quedado evidenciada de manera plena e indubitable en estos años del llamado “socialismo bolivariano”, es la existencia en la logia militar golpista del 4-F, y en sus cooperadores políticos, de un cultura profundamente autoritaria y represiva.

Han puesto en evidencia una forma de hacer política claramente antidemocrática. No solo por la ya demostrada ambición de eternizarse en el ejercicio del poder, y por su decisión de controlar,  no solo todo el poder;  sino por controlar la vida de la sociedad.

Una ambición de esa magnitud solo puede llevarse a la práctica si además se cuenta en la genética de sus promotores con una vocación  represiva.

Los elementos autoritarios y represivos citados han tratado de refinarse y solaparse en estos tiempos de comienzos del siglo XXI; pero igualmente dejan tal conjunto de evidencias, que dichos antivalores saltan a la vista con tal contundencia, que son imposibles de ocultar. Más claros se le perciben, si a la par lo que mueve la desenfrenada ambición de poder es un apetito voraz por los dineros que la riqueza petrolera y el control del estado les depara.

Este grupo político ha tratado de barnizar su verdadera cultura con el discurso del socialismo y de la “democracia participativa y protagónica”; no obstante, los hechos que son más expresivos que todas las palabras pronunciadas, han terminado por mostrar de cuerpo entero la verdadera personalidad de quienes ejercen la conducción de un Estado a todas luces autocrático.

Considerar y tratar al adversario y al disidente como enemigo. Llegar al extremo de montar escenarios violentos para imputárselos a ese “enemigo”, o simular hechos políticos o delictivos para acusar a quien legítimamente se opone, ha terminado siendo un formato que muestra un nivel de degradación ética, que puede abrir paso a nuevos comportamientos de mayor capacidad letal para una sociedad, que no sale de su asombro ante la creciente presencia en su seno de elementos disolventes y degradantes de la coexistencia pacífica y civilizada.

Los casos sobran para demostrar la creciente derivación de la cúpula roja hacia esa forma de ejercicio degradado de la vida política.

Los acontecimientos de este año son más que evidentes. La infiltración de la violencia en la marcha caraqueña a la Fiscalía el pasado 12 de febrero; la  posterior acusación a la oposición de la violencia generada ese día, así como el  encarcelamiento y enjuiciamiento de Leopoldo López, constituyen muestra indudable de esa conducta.

Lo mismo ocurre con los hechos de protesta desarrollados en el resto de la geografía nacional durante la primera parte del año, y la forma como el gobierno manejó los mismos, llevando a la destitución y encarcelamiento de los alcaldes de San Cristóbal y San Diego, Daniel Ceballos y Enzo Escarano.

El laboratorio más peligroso en materia de simulaciones y hechos montados  para señalar al “enemigo interno” ha sido el estado Táchira. Son tan abundantes los casos de violencia surgidos frente a los cuales no aparecen los responsables, que el tufo fascistoide que caracterizan tales eventos surge con una fuerza inusitada. Que un régimen policial como éste, auxiliado por el sistema cubano de inteligencia, no haya logrado ubicar y demostrar la responsabilidad del conjunto de hechos violentos que la sociedad tachirense ha presenciado este año luce, por demás, como elemento adicional de sospecha. El asesinato del joven estudiante Daniel Tinoco, el del conductor Wilfredo Rey, el incendio de la sede de la Corporación de Turismo del Táchira, la quema de 9 unidades de transporte en la urbanización Mérida de San Cristóbal, entre otros eventos ocurridos, sin que a la fecha se conozcan responsables, detenidos o enjuiciados, permitiendo que dichos caos pasen a la larga lista de delitos sin delincuentes y constituye una grave presunción de la existencia de “una sala situacional” o de un “cerebro del mal” especializado en montar esos eventos para sembrar el terror y acusar a la oposición.

En Táchira la persecución contra la dirigencia democrática en particular, y contra la población en general, se ha convertido en el eje central del gobierno del capitán golpista Jose Vielma Mora, mostrando a este personaje de la logia militar como uno de los fieles exponentes de la cultura autoritaria y represiva,  que característica al llamado socialismo del siglo XXI.

Es nuestro deber poner en evidencia este comportamiento, concientizar a la sociedad,  y luchar para derrotar esa desviación de la política.