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Tulio Hernández

El culto es tuyo

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Escribo este artículo con la laptop flanqueada por dos relojes y dos estampas. Un reloj es de correa negra. El otro, roja. Las estampas, multicolores.

El de correa negra lleva impresa en su esfera de fondo blanco la imagen de Hugo Chávez, escoltado a la izquierda por la del Che Guevara y a la derecha por Simón Bolívar. La de Chávez es una fotografía en traje civil. Corbata roja. Ya entrado en años y en peso. Pero aún no desfigurado por la enfermedad que vino después. La del Che, es el famoso retrato del “guerrillero heroico”, tomada por Korda, cientos de millones de veces vendido en las tiendas turísticas del mundo capitalista. Y la de Bolívar, todavía el gobierno no había encargado la versión pret-a-porter, es uno de los perfiles más conocidos, el pintado por Gil de Castro. EL reloj lo regalaban a los participantes del Foro Social Mundial realizado en Caracas en 2006, cuando la idea de una marea roja en América Latina estaba en pleno apogeo.

En el de correa roja, con la leyenda PSUV repujada sobre el plástico, Chávez está sólo. Se trata de la conocida imagen del teniente golpista anunciando el “por ahora”. Un militar joven, delgado, boina roja y traje de campaña. Como telón de fondo, ocupando toda la esfera, el estandarte tricolor y a un lado las siglas del 4F, el día del fallido golpe de Estado que anunció la entrada del chavismo en la política nacional.

Era uno de los tantos souvenirs que vendían los buhoneros en los alrededores del paseo Los Próceres durante los funerales de Hugo Chávez. Una amiga lo compró y me lo obsequió para que formara parte de una colección de fetiches políticos que pronto abandoné.

Las estampas ya son de otro nivel. En la primera, con un trazado mitad caricatura mitad arte popular, Bolívar con su vestimenta heroica le entrega su espada a Hugo Chávez, vestido de militar pero portando la banda presidencial. Mientras, detrás, un Jesucristo hippie, mitad real, mitad aparición, bendice el encuentro colocando sus manos divinas sobre los hombros de ambos hombres ahora igualados a próceres.

En la segunda, la fotografía, una versión chavista de La última cena, un mural pintado en la urbanización 23 de Enero, en otra época un bastión rojo, aparece Jesús acompañado a la derecha por Marx, Lenin, Mao, el Che, Fidel y Tiro Fijo y, a la izquierda, por Bolívar, Chávez, Simón Rodríguez, Andrés Bello y el cacique Guaicaipuro. No hay límites en el culto a Santo Chávez.

Cada quien tiene derecho de adorar a quien quiera o lo que quiera a su manera. En Argentina hay quienes veneran a Maradona y hasta existe una iglesia maradoniana. En su libro El Emperador, Kapuchinski nos muestra a un personaje, Haile Salasie, quien gobernó Etiopía como monarca absoluto por casi 50 años, quien se hacía llamar, y tratar como tal, el Rey de Reyes, el Elegido de Dios, Muy altísimo Señor, Su más Sublime Majestad, el descendiente directo de Salomón y hasta hombres geniales como Bob Marley se lo creyeron.

Lo que no debe ocurrir es que un culto de esta naturaleza, una opción individual, sea impuesto como razón de Estado. No en una democracia. Por eso es tan importante lo que comenzó a aclararse con el retiro de las imágenes de Hugo Chávez del Parlamento. La Asamblea Nacional es una institución que existe precisamente para dar cabida a la pluralidad de miembros de un país, por lo tanto no puede ser personificada por ninguna imagen que exprese una particularidad política y represente solo a una parte de la población.

Desde una perspectiva institucional, Hugo Chávez merece el mismo trato, ni más ni menos, que cualquier otro ex presidente venezolano de la era democrática. Quienes profesen otra cosa y lo homologan a Jesús o a Bolívar tienen derecho a hacerlo, pero no pueden someter, por la fuerza, a los demás a sus creencias.

Miro los dos relojes y me parecen graciosos. No siento veneración alguna. Como imagino no la sentirían muchos rojos ante una gigantografía de Betancourt, escoltado por Bolívar y Vargas, colocada en el Palacio Federal. El Parlamento para la convivencia ciudadana. Los santos para la fe individual.